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El quiebre de la Venezuela democrática, de CAP I a Caldera II. La democracia agotada en 1978

Tomada de Tiempo de Política

Andrés Cañizález

@infocracia

Los 20 años de vida en democracia, en Venezuela, se cumplieron el 23 de enero de 1978. Fue un momento de revisión y evaluación crítica, más allá de las celebraciones que realizó la clase política que encabezaban Acción Democrática y Copei. Tras dos décadas de vivir con el modelo democrático, se hacían evidentes las señales de su agotamiento. La narrativa democrática de 1958 se quedaba, lamentablemente, sin fuerza entre muchos venezolanos.

La necesidad de revisión y una suerte de refundación del sistema, que empezaba a plantearse entre estudiosos y analistas de la época, no tuvo eco alguno entre quienes ejercían el poder.

Tal como analizaba en enero de 1978 el jesuita Arturo Sosa, el sistema democrático venezolano había tenido una palanca en la economía petrolera. El modelo de 1958 constituido a partir de un pacto de élites, no fue sólo político, sino que también incluyó al empresariado privado. La población percibía que en democracia se podía progresar, ascender socialmente. Junto con la modernización que vivió Venezuela en los tres primeros lustros de democracia, también se consolidó una clase media.

La bonanza petrolera que coincide con la llegada de Carlos Andrés Pérez a su primera presidencia (1974-79), hace colapsar al sistema e incentiva entre los venezolanos las aspiraciones de consumo, que esperan alcanzar niveles de enriquecimiento sin que ello esté relacionado con su esfuerzo o productividad. Comienza a vivirse, ya en el tramo final de CAP I, “una inmensa trabazón social de sostenibilidad del modelo”, según Sosa.

El modelo democrático para el imaginario popular no sólo era un sistema de libertades y derechos políticos, sino que se identificaba también con bienestar económico y posibilidades de ascenso social.

Ya en aquel 1978, el socialcristiano Luis Herrera Campins encabezó su campaña electoral, que le llevó a la presidencia para el período 1979-1984, con la incisiva pregunta: ¿y dónde están los reales? No era baladí interrogarse sobre adónde había ido a parar la riqueza generada por el boom petrolero a partir de 1974.

Que después de la borrachera de los petrodólares de CAP I, el voto popular haya beneficiado a un adversario político como Herrera Campins, quien se preguntaba adónde había ido a parar la riqueza, desnuda las dinámicas limitantes que se vivieron y que erosionaron fuertemente la credibilidad en la democracia. La pobreza creció cuando había más ingreso, la corrupción cundió cuando los presupuestos públicos se cuadriplicaron, y esta combinación –junto a otros factores- comenzó a fermentar el malestar social.

“Bien que mal en estos 20 años de democracia había tareas señaladas y vividas con ilusión: la reforma agraria, la industrialización, la expansión educativa, la ampliación de los servicios públicos y en el orden político, el afianzamiento de la democracia amenazada por las armas. Ya al final del período de Rafael Caldera (1968-74) esas banderas lucían agotadas”, sostenía un editorial de la revista SIC en enero de 1978.

Ante tal agotamiento, señalaba la publicación del Centro Gumilla, el gobierno de CAP I se planteaba como una última oportunidad para refundar la democracia, para reconectar a la población con la clase política. Tras las nacionalizaciones del hierro y del petróleo, que eran aplaudidas, se precisan como elementos muy negativos de la gestión de Pérez: “la tramoya de las palabras, el escándalo de los negocios, el insulto nacional de una mayor concentración de la riqueza”.

Adelantaba SIC, por su parte, que un triunfo electoral de Herrera Campins sería producto de “los desastres del gobierno” de CAP I, tal como sucedió finalmente en las urnas. No hubo señales de autocrítica de la dirigencia adeca de entonces sobre aquellos resultados. “Las elecciones han sido un gran carnaval, un largo y costoso carnaval”, editorializaba la revista de los jesuitas en aquel 1978.

“Descubrir el significado de un momento clave de nuestro proceso histórico-político, como el 23 de enero de 1958, tiene especial importancia en la situación actual de Venezuela, cuando la mayoría de la población no ha tenido como experiencia vital ningún otro modo de vida que el nacido de esa fecha”, advertía por su parte Elena Plaza.

No era un asunto menor, obviamente. La gesta heroica, que tuvo distintas etapas y estampas, de la lucha contra la dictadura y el costo humano que ello tuvo (asesinatos, encarcelamientos, exilios), era algo difuso ya para la mayoría de los venezolanos en aquel 1978.

En los textos de analistas y estudiosos se percibía un llamado, una cierta urgencia, para que la clase política se reconectara con el espíritu primigenio de la democracia.

“En Venezuela los numerosos hombres honestos y capaces que trabajan en los partidos son quienes pueden y deben renovar la política y dar asideros reales a la esperanza de la mayoría. Porque la política sin partidos es dictadura”, insistían desde SIC. No era un llamado aislado, ni una voz solitaria.

Fuentes:

Centro Gumilla (1978) “Año electoral”.  En: SIC. Vol. 41. N° 401. pp. 9-10. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Plaza, Elena (1978) “¿Por qué el 23 de enero?”.  En: SIC. Vol. 41. N° 401. pp. 11-14. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Sosa, Arturo (1978) “Alternativas históricas del 23 de enero”.  En: SIC. Vol. 41. N° 401. pp. 15-17. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

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