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El Juego del Calamar venezolano

Tomada de MedioTiempo

José Ignacio Guédez Yépez

Presidente de la Asociación Causa Democrática Iberoamericana

Para quienes no han visto la serie más famosa de la plataforma Netflix “El Juego del Calamar”, procedo a intentar resumir brevemente su argumento: se trata de un juego donde los participantes renuncian voluntariamente a su libertad y se pelean a muerte entre ellos, hasta quedar un único sobreviviente, que gana una cuantiosa recompensa económica equivalente al número de cadáveres de los perdedores. La estrafalaria historia permite varias interpretaciones en cuanto al fondo del mensaje, en el marco de la crítica social, económica y hasta política. Y aunque sus creadores coreanos no tengan idea de lo que pueda estar pasando al otro lado del mundo, es imposible verla sin reflexionar sobre la realidad venezolana actual, que es diferente (y peor) a todas las anteriores (incluyendo la etapa chavista clásica).

Recluir a cientos de participantes en una cárcel, racionarles la comida y obligarlos a competir entre ellos sabiendo que los perdedores son fusilados en el acto, sin duda es una exageración fantasiosa, pero no ilógica. Por el contrario, tiene un fundamento humano espeluznante. En Venezuela, por ejemplo, poco a poco se impone el paradigma chino de que se puede prosperar y vivir bien sin libertad ni democracia, en la medida que nos adaptemos a las reglas de la dictadura. Ya no vemos la realidad como una tragedia o como algo que hay que cambiar, sino que se avala voluntariamente. Y además se hace convencidos de una eventual recompensa económica, bajo el mito cada vez más popular del crecimiento económico y el emprendimiento. En la serie, después de cada jornada, baja del techo de la cárcel una alcancía gigante que se va llenando de dinero, lo que incentiva a los sobrevivientes a seguir participando.

Los participantes van perdiendo la sensibilidad y dejan de importar los caídos, se van acostumbrando a la violencia y se van haciendo cómplices de sus captores. Es un ejemplo perfecto de una tiranía criminal legitimada por la complicidad de los oprimidos y explotados.  En vez de unirse para enfrentar a los guardias con máscaras y fusiles, se enfrentan entre ellos por mera ambición. En el caso de la Venezuela actual vemos cada vez más seguido linchamientos en redes sociales donde se aplaude que el régimen tiránico persiga a otro ciudadano víctima de la desgracia por la posverdad. Le disparan en la cabeza al participante de al lado, y se siente satisfacción. Así de perversos podemos llegar a ser los seres humanos en situaciones extremas. Y si los guardias se llegaran a quitar las máscaras, viéramos caras muy familiares que creíamos de nuestro lado.

Es la pérdida total del valor de la vida, es la rendición absoluta ante un poder supuestamente invencible, es la renuncia a la libertad, es la lucha entre las víctimas y la impunidad del victimario. En el caso de la última competición del Juego del Calamar venezolano, las elecciones regionales, vemos cómo algunos las consideran grandiosas a pesar de los presos políticos, los inhabilitados, la violación a la ley en el caso de sustituciones y la descarada “prórroga” no oficial que mantuvieron los centros indefinidamente abiertos para hacer la magia de siempre. No les importan los caídos (por el contrario los culpan de su propia muerte) y se convirtieron en los guardias del autor del fraude, fusilando el voto de los venezolanos. Por su parte, los sobrevivientes de dicha prueba ya se preparan para la próxima, y así hasta que quede uno solo y se dé cuenta que el juego no tiene fin y vuelve a empezar de cero.

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