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Democracia directa: de  la ekklesia de los antiguos  al referendo populista de los modernos

Tomada de Greelane.com

Nelly Arenas

Grecia antigua alcanzó con éxito un modelo de convivencia política que se convertiría en referencia obligada en la historia de la democracia. Ese modelo  ha sido reconocido por los estudiosos como el primer experimento  democrático en el mundo.  Tal  experimento se caracterizó, primeramente,  por el hecho de que la acción de gobierno fuese  ejercida directamente por los ciudadanos de la polis. En efecto, el eje del poder y decisión del sistema político ateniense era la ekklesia, asamblea que reunía al conjunto de ciudadanos y decidía sobre los principales asuntos de la ciudad, como los impuestos, el orden público, y las leyes, entre otros asuntos de interés común. Los cargos ejecutivos eran decididos por sorteo, no por elecciones, y se ocupaban por cortos intervalos de tiempo. Bajo el liderazgo de Pericles (461-429 a C), este modelo adquiere todo su esplendor al lograr plena vitalidad la experiencia ateniense. Ese primer patrón de democracia directa reposaba sobre la vida comunal, la cual organizó el conjunto de los roles sociales para otorgar prioridad al político. Según nos recuerda Rafael del Águila (1998), la identidad principal de cada ciudadano es la política y la libertad es percibida, no como un bastión de privacidad y de no intromisión, sino como aquello que dimana de la presencia cívica y la participación en el autogobierno de la  polis.  

Que la política fuera el comienzo y el fin de toda la vida del individuo,  a la postre hizo que la democracia ateniense decayera. “Si todo es político, nada es político”, diría Giovanni Sartori (1998: 304), en un intento por demostrar que la política no puede entenderse como un elemento intrínseco y universal de todo acto humano. Así concebida, insistiría, la política no es más que “una tautología monstruosa, vacía de sustancia.” Este principio quizá pueda explicar  la disolución de la democracia griega pues, atendiendo también a Sartori (1994:150), “el poder popular rápidamente se convirtió en un rodillo compresor que arrolló a la isonomia, [esto es la  igualdad de derechos civiles y políticos], y luego  a sí mismo. Al final todo lo que aclamaba la muchedumbre se convertía en ley, sin que nada lo circunscribiera, convirtiéndose en poder absoluto. Y así aconteció el fin.”

En La política (2000:237) Aristóteles llamó la atención sobre la responsabilidad de los demagogos en esta degradación. Muchas veces, señalaría, estos fueron culpables de la caída de la democracia. Cuando un mismo personaje era demagogo y general, el gobierno degeneraba fácilmente en tiranía, y casi todos los antiguos tiranos comenzaron por ser demagogos.

La experiencia griega sirvió a los romanos como antídoto para evitar la tiranía de las mayorías; de allí el diseño de la república. Por tal se entendía un régimen político en el cual, al  tiempo que se aseguraba la participación popular en el gobierno,  se exorcizaba el peligro que, para la libertad y la justicia, implicaba una democracia pura como la ateniense (Rivero, 1998). La fundación de la república  romana implicó la creación de un modelo mixto de gobierno delineado por un senado conformado por los patricios (aristócratas) y un cuerpo popular de contrapeso constituido por los plebeyos, cuya facultad fundamental era vetar las decisiones del senado. Este difícil equilibrio entre ambas clases, terminó por romperse  derivando finalmente en la dictadura vitalicia de Julio César. Este evento  puso punto final a la república.

Algunos rasgos de autogobierno, no obstante, sobrevivieron en la edad media materializados en los consejos municipales de algunas ciudades libres en Italia, Francia y Alemania. Sería el principio republicano, sin embargo, el que dominaría durante milenios. La democracia, como intervención directa de todos los ciudadanos en el gobierno, se perdió en la espesura de dos mil años. Habrá que esperar hasta el siglo XVIII cuando haga su reaparición como ideal político de la mano de Jean-Jacques  Rousseau.  En  El Contrato Social,  su obra más emblemática, Rousseau  propone la democracia ateniense como un proyecto político impostergable. “El soberano,  que no es sino un ser colectivo, no puede ser representado más que por sí mismo” (1988:25), será una de sus ideas capitales.  Esto quiere decir, en  otras palabras,  que el cumplimiento de la “voluntad general”, se riñe con las mediaciones representativas. Como indica María José Villaverde (1988), a  la Europa de la ilustración el filósofo  ofrece, como alternativa a sus problemas, el regreso del pueblo reunido en asamblea; la vuelta  a la Polis. La utopía rousseauniana, argumenta Villaverde,  pretende empeñarse en un modelo  de sociedad  que la marcha sin retorno del capitalismo vuelve inviable.

A pesar de que en Marx no existe una teoría normativa sobre la democracia, es posible registrar, según los estudiosos, una coincidencia con Rousseau en su crítica a la representación política.  Los ideales de libertad, justicia e igualdad no pueden concretarse a través del sufragio en opinión de Marx y Engels, pues el capitalismo produce desigualdades de clase e impone limitaciones a la libertad de los individuos.  De allí que Marx vislumbra el desplazamiento del Estado democrático liberal por una estructura de comunas. Las  comunidades más pequeñas que administrarían sus propios asuntos elegirían a sus delegados con el fin de que estos las representaran ante unidades administrativas más grandes, como los distritos y las ciudades,  las cuales a su vez escogerían candidatos para administrar extensiones aun  mayores; esto es, en el plano nacional (Held, 1997).

 Tanto las apreciaciones de Rousseau como de Marx, trascendieron la tinta de sus textos tiñendo las ideas sobre igualdad y democracia e   inspirando el trazado de sistemas políticos a lo largo del tiempo.  No por casualidad, El Contrato Social ha sido señalado como uno de los libros de cabecera de Fidel Castro.  Del mismo modo, mucho de los movimientos populistas actuales se han alimentado de tales ideas, actualizando así la ilusión de democracia directa.     

Populismo y participación: el referendo.

En efecto, entre las tendencias principales que distinguen la política de nuestra época, Sartori (1998:300) pone el punto de atención en “un primitivismo democrático simple que propugna la democracia directa y participativa contra el control y la representación”.

Esta tendencia, acentuada en las últimas décadas, sin embargo, no es nueva. Ella ha acompañado a la democracia liberal desde mediados del siglo XVIII. La democracia liberal, tal como la conocemos hoy,  es  resultado de la decantación del debate sobre la posibilidad o no de replicar formas organizativas de la democracia directa, tal y como la concibieron los griegos y, en menor medida, los romanos. Este debate pasaría por el filtro de la experiencia  proporcionada por la revolución francesa, la cual se inspiró  en buena medida, en las ideas igualitarias de  Rousseau. Tal experiencia estuvo marcada por la acción de Robespierre al instaurar el reino del terror en nombre de la libertad y la participación de los ciudadanos (García Guitián, 1998).  

Como hace notar Mascareño (2011),  la onda expansiva de la participación,  como instrumento para profundizar la democracia, se ha colocado en el corazón de los discursos redentores de nuestra época echándose a andar en todo el mundo innumerables experiencias animadas por esa filosofía.  En los años sesenta tiene lugar el lanzamiento de la denominada democracia participativa impulsado por la práctica de pequeños grupos de activistas de vanguardia (Sartori, 1994). Europa y Estados Unidos serían los escenarios  de esta acción.

En América Latina, desde los setenta, los ideales participativos han sido, en algunos sectores,  desiderátum para recomponer la democracia perdida por obra de las dictaduras militares las cuales sofocaron las libertades ciudadanas  en varios países de la región.  

 Goldfrank (2007) ha llamado la atención sobre cómo muchos partidos de izquierda, en vez de negar la importancia de las instituciones democráticas como lo habían hecho en el pasado,  repensaron la democracia e hicieron de su radicalización su objetivo fundamental. Se pensaba en algunos casos, señala, que esta participación configuraría estructuras paralelas en los gobiernos locales donde accedieran tales partidos, las cuales constituirían “embriones revolucionarios” destinados a impulsar la revolución. 

Esa radicalización pasaba, no obstante, por principios colectivistas negando así la primacía que la democracia, en su expresión liberal, otorga al individuo  como manifestación suprema de su libertad.  

Hay aquí un hilo conductor que enlaza míticamente la democracia de los griegos, los principios rousseaunianos, y los marxistas, en el plano de la ausencia de identidad particular en cada individuo, así como en  el ideal de participación directa.  

En el momento en que la ola de populismos arropa la política en algunos países latinoamericanos, ya la mesa de la participación popular está servida, no solo porque ya se venía dando una  discusión en el ámbito mundial, sino también en virtud de algunas experiencias en funcionamiento como el presupuesto participativo de Porto Alegre en Brasil.   

Sin lugar a dudas Hugo Chávez y el chavismo, encabezaron este auge populista de participación a principios del siglo XXI. La “democracia participativa y protagónica”, una de las principales ofertas políticas del movimiento bolivariano, se formalizó constitucionalmente en la Carta Magna sancionada en 1999. No sin razón, los delegados a la Asamblea Constituyente recibieron, cada uno, copias de fragmentos de El Contrato Social. Más tarde, el régimen chavista intentaría implementar un Estado comunal, cercano a la proposición de Marx antes aludida.  Tal  modelo no ha podido cristalizar en Venezuela, como Chávez lo hubiese deseado. El entusiasmo por estas iniciativas, no sólo animó a una importante porción de venezolanos sino a militantes y simpatizantes de la idea participacionista en casi todo el mundo.

Otros países como Bolivia y Perú, también ensayaron fórmulas participativas. En este último, desde la década de los 90 y, frente al colapso de su sistema de partidos, comenzó a implantarse la idea de diseñar mecanismos de democracia directa a fin de ampliar los espacios de participación ciudadana.  Con la llegada al poder de Evo Morales en Bolivia, se estableció un “modelo radical etnicista y populista de democracia participativa”, según René Mayorga. La idea de superioridad de la democracia participativa sobre la representativa explica la creación en ese país,  de instrumentos de control  por parte de las organizaciones sindicales e indígenas sobre el Parlamento y el resto de instituciones representativas,  (Mayorga en Mascareño 2011:198).

Las constituciones escritas en el marco de lo que se conoce como Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano (NCL), todas ellas de corte populista, privilegian la democracia directa sobre la representativa. De esta manera,  consagran  varios mecanismos de participación, entre ellos, el poder de convocar asambleas constituyentes así como la consulta referendaria, la más socorrida de esos instrumentos.  En este sentido, Venezuela y Bolivia nos muestran  los mejores ejemplos.

Empero, el referéndum,  no ha sido una herramienta privilegiada solo por los populismos latinoamericanos. Gobiernos populistas de Europa también han echado mano profusamente de este recurso al animar a los electores a intervenir directamente sobre alguna decisión de importancia a través de su comparecencia en las urnas. De este modo evaden la acción del Parlamento, espacio por excelencia de la representación democrática. Así, en 2020, el partido italiano  Movimiento 5 Estrellas, promovió la reducción del tamaño de las cámaras parlamentarias  en más de un tercio lo que se concretó mediante consulta popular. De acuerdo con Rosanvallon (2020:169), los populismos presentan al referéndum ‘’como uno de los medios más evidentes y pertinentes para devolver su encanto a la democracia y ofrecer una respuesta al agotamiento universalmente comprobado de los procedimientos e instituciones representativos-parlamentarios tradicionales’’. Sin embargo, en atención a este mismo autor, este instrumento tiene una cantidad de implicaciones que, al contrario,  generan efectos negativos desde el mismo punto de vista de profundización de la democracia que se propone.  Entre esos efectos, Rosanvallon (pps 181,182) puntualiza, como asunto nodal, una concepción inmediata y espontánea de la expresión popular la cual “secundariza” la deliberación. Se impide así la generación de una ciudadanía sensible y reflexiva dando lugar a simplificaciones que “oscurecen las condiciones de producción de lo social y el reconocimiento de las divisiones reales que lo constituyen.” El recurso del referendo lleva a la reducción y desvalorización al poder legislativo con lo cual se fortifica el presidencialismo. Del mismo modo, Sartori (1994: 80-82) destaca como puntos negativos de este instrumento,  el hecho de que este  propicia una “democracia de suma nula” por cuanto, al tratarse de escoger entre dos opciones, sí o no, el ganador se lo lleva todo y el perdedor lo pierde todo. De esta manera la tiranía de las mayorías se impone, en desmedro de la democracia.

Pretendiendo encarnar la voluntad general, los populistas, sobre todo en las filas de la izquierda, recurren al referendo convertido casi siempre en plebiscito, como vía para legitimar su liderazgo autoritario.  He aquí el elevado costo que trae consigo para la democracia, la simplificación referendaria.

Frente a la simplificación que comporta esa práctica, tan enaltecida por los populismos de estos tiempos, está planteado como desafío para la sobrevivencia de la democracia,  “(…)  el establecimiento de un sistema de mediaciones lo suficientemente complejo con el fin de permitir la expresión de la mayor cantidad de voces posibles (…)” (Peruzzotti, 2008:120). Como ha insistido Daniel Innerarity (2020:11), “La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad.” El populismo, a través de su instrumento privilegiado, el referendo, justo nos promete una democracia inmediata rehuyendo de la complejidad inherente a la sociedad actual.  La democracia, sin embargo, no se alcanza intentando una nueva ekklesia,  regresando a Rousseau, o reviviendo a Marx. Intentarlo no solo expresa un anhelo fantasioso sino que, mucho peor, porta el riesgo,  presente siempre, de reedición de sistemas sociopolíticos negadores de la libertad como lo fueron los totalitarismos del siglo XX.  

  

Bibliografía

Aristóteles, 2000 La política Ediciones Universales, Bogotá.

Goldfrank, Benjamín (2007) “La democracia participativa y la izquierda latinoamericana” Nueva Sociedad 212.

García Guitián, Elena (1998) “El discurso liberal: democracia y representación”  del Águila, Rafael, Vallespín Fernando y otros, La democracia en  sus textos Alianza Editorial, Madrid, pp 115-124.

Held, David (1997) La democracia y el orden global Edic. Paidós, Buenos Aires. 

Innerarity, Daniel (2020) Una teoría de la democracia compleja, edic. Galaxia Gutenberg, Barcelona.

Mascareño, Carlos (2011) “Representación y participación: ¿modelos de democracia contrapuestos en América Latina? En Mascareño Carlos y Montesinos Egon (coords.) Democracia representativa vs representación Cendes- Universidad De Los Lagos, Caracas. pp 183-209.

Peruzzotti, Enrique (2008) “Populismo y representación democrática” en de la Torre Carlos y Peruzzotti, Enrique (editores) El retorno del pueblo Flacso Ecuador, pp 97-124.   

Rosanvallon, Pierre (2020) El siglo del populismo Edic. Galaxia Gutemberg, Barcelona.

Rosseau, Jean Jacques (1988) El contrato social Edic. Altaya,Barcelona.

Rivero Angel “El discurso republicano” del Águila Rafael, Vallespín Fernando y otros, La democracia en sus textos Alianza Editorial, Madrid, pp 49-69.  

Sartori Giovanni (1998) “El coste del liberalismo” en del Aguila Rafael, Vallespín Fernando y otros. La democracia en sus textos Edic. Alianza, Madrid.

———————- (1994) ¿Qué es la democracia? Edic. Altamir, Bogotá. 

Villaverde, María José (1988) Estudio preliminar en El Contrato social, Ediciones Altaya, Barcelona.

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