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De 1997 hasta hoy, es una sola diáspora

Tomado de Primicia

Alonso Moleiro

Las primeras versiones de la diáspora la engrosaban filas de profesionales insatisfechos con sus posibilidades futuras en una sociedad que acentuaba sus rasgos anárquicos y se había enamorado de una promesa populista. Los tramos actuales lo integran personas sencillas, al límite de las necesidades, estafadas por las autoridades de un Estado millonario, desprovistas de ingresos y garantías elementales para sobrevivir

La embestida de la Guardia Costera de Trinidad y Tobago en contra de inmigrantes venezolanos que procuraban ingresar ilegalmente, en la cual ha resultado asesinado un niño de un año y hay varios tripulantes desaparecidos, es el eslabón más de una dolorosa digestión que tiene casi 25 años en desarrollo.

La diáspora es un proceso de sangrado nacional de proporciones históricas, que tuvo, en principio, una gestación lenta, y que ha tomado cuerpo como un huracán en los años de la hegemonía chavista, una vez se consolidara al proceso de decadencia nacional y quedara modificada la percepción que tienen los ciudadanos venezolanos sobre las posibilidades de su propio país.

 La migración masiva de personas termina siendo el retrato más fidedigno de la zona de oscuridad a la que nos trajo la distopía comunal revolucionaria. Constituye la cara opuesta de los tiempos luminosos y cooperativos de la inmigración del perezjimenismo y la democracia, aquel laboratorio cultural y humano en el cual se gestó nuestra clase media profesional.  

 La actual expansión en marcha de la ciudadanía venezolana por todo el hemisferio, e incluso más allá,  es, por el contrario, la mancha negra del fracaso nacional. La fuerza bruta del madurismo ha terminado con la ilusión de seguridad que proporcionaba a todos la riqueza petrolera.

A confines impensados han ido a parar las tensiones no resueltas de la vida nacional, las fallas de nuestro sistema educativo, la falta de escrúpulo de nuestras autoridades, la corrupción desbordada como tara cultural, el hampa como problema social,  las enfermedades crónicas, el desamparo y la ausencia de salario. Con la marcha de la diáspora parece que se esfumara también la esperanza nacional.

Las primeras versiones de la diáspora la engrosaban filas de profesionales insatisfechos con sus posibilidades futuras en una sociedad que acentuaba sus rasgos anárquicos y se había enamorado de una peligrosa y potencialmente tóxica promesa populista. Los tramos actuales de la diáspora la integran personas sencillas, al límite de las necesidades, estafadas por las autoridades de un Estado millonario, desprovistas de ingresos y garantías elementales para sobrevivir.

El discurso de la diáspora ha venido mutando, matizando y actualizando sus fundamentos. Aquellas parejas recién casadas que en 1999 decidieron irse de Venezuela “por falta de futuro”, o por las pocas posibilidades para adquirir una vivienda propia, trocaron por familias constituidas aterrorizadas ante el asedio del hampa; hartas de tener que lidiar con servicios públicos insuficientes, en un contexto corrompido en el cual menudea el maltrato, la estafa y la sensación de impunidad.

La tragedia que vivimos hoy, sin soluciones en el corto y el mediano plazo, es el mismo problema que tuvimos ayer, cuando era un epicentro en gestación ignorado por la fanfarronería radicalizada.

Lo habitual en el pasado era que el chavismo, Hugo Chávez o Maduro, la clase política revolucionaria hoy usurpando funciones en el poder, se burlara de la emigración, de sus inquietudes, planteamientos y contenidos. Los reclamos de la diáspora eran, a los oídos autosatisfechos de estos personajes, bostezos burgueses, quejidos terminales de personas que no habían advertido su papel ante el advenimiento de una nueva sociedad. Por entonces tocaba reírse en cadena nacional del “me iría demasiado” de la juventud del 2012.

En varias ocasiones, la clase política chavista invitó a marcharse del país a aquellos ciudadanos que no estuvieran de acuerdo con el modelo de desarrollo socialista o los postulados bolivarianos.  Se supone que este era un problema de «los intereses de clase.»  Las despedidas eran exclusivamente por  avión, a España, Portugal, Bogotá,  Panamá o Miami.

Hoy, cuando las marchas son forzadas en largas caminatas, cuando las necesidades insatisfechas hacen posible que miles, y hasta millones de personas lleguen por cualquier medio a la frontera del Río Grande, a Belice, o la República Dominicana, a Ecuador, Bolivia o Chile, o se arriesguen a morir en altamar con destino a Curazao o Trinidad, tiroteados ante personas hostiles,  el discurso chavista evade el problema, lo triangula, lo ignora, con total ausencia de vergüenza y escrúpulo moral.

La diáspora es la expresión social, el testimonio colectivo de multitudes de venezolanos que se quedaron sin contrato, en la calle, en el desahucio, sin garantías, despedidos, desconocidos, expatriados, sin país.

La dirigencia bolivariana y revolucionaria, extraviada  y narcisa, dispuesta a escuchar únicamente los postulados de su credo fanatizado,  especula con las causas y regatea sus propias responsabilidades.

Así muestran con enorme elocuencia uno de los atributos por excelencia de cualquier planteamiento rupturista, autoritario o unidimensional, independientemente de sus niveles de crueldad: la total ausencia de credenciales éticas, la inexistencia de una solución de continuidad entre los hechos y la verdad, la evaporación de cualquier tentativa de responsabilidad colectiva y de virtudes republicanas frente a la población.

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