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La Narrativa

Tomada de Venezuela Unida

Benigno Alarcón Deza

“Si Usted quiere algo distinto, si no está conforme con el régimen bajo el que vive en Venezuela, tiene que irse a otro país”,  y “si no quiere o no puede por alguna razón, entonces lo mejor que puede hacer es mimetizarse, adaptarse para sobrevivir, ocupándose de su propia vida, de su trabajo, de su familia, de las cosas en las que sí pude incidir directamente, y no ponerse a intentar cambiar cosas que Usted no puede cambiar”. Porque “Usted, o mejor dicho nosotros, no podemos cambiar el país ni el gobierno”. “Lo único que puede hacer es adaptarse para sobrevivir.”

“Si a su abuelo o a su padre no le alcanza el pago de la jubilación o no lo atienden en un hospital, resuelva como pueda, pero no se ponga a protestar porque Usted y su padre, o su abuelo, terminarán presos”, aunque lo único que hayan hecho sea colgar una pancarta. Y ni hablar de protestar. “Las protestas no sirven para nada.”

Si Usted depende en alguna medida de la “generosidad” del Estado porque este es su empleador o su benefactor de alguna manera, y es tiempo de elecciones, “recuerde que los ojos del Estado, o sea los ojos del Comandante Eterno, lo vigilan y lo ven todo”. “Ellos saben por quién vota”, y Usted no puede cambiar nada votando porque “el Consejo Nacional Electoral oficialista es quien cuenta los votos”.

“En estos tiempo es mejor no meterse en política, esconderse, encerrarnos en nuestras vidas, ocuparnos de nuestras familias, ignorar lo que pasa afuera, e incluso no ver las noticias para conservar la salud mental”. En otras palabras, mimetizarse, como hacen los animales, para no ser devorados por un Estado todo poderoso.

Esta narrativa, que se impone por el miedo, además goza también de incentivos positivos, porque hoy adaptarse para sobrevivir es mucho más fácil que ayer. Hoy, “ya no hay hiperinflación”, “los anaqueles están llenos”, hay dólares por todas partes”. En otras palabras, “Venezuela se arregló”. “Y si estos avances han sido posibles en medio de las sanciones, gracias a un gobierno fuerte, imagínense el país que tendríamos si nos quitan las sanciones”. Entonces más bien deberíamos unirnos y protestar, pero no en contra del gobierno de Maduro, sino contra Guaidó, los gringos y sus sanciones.

Hace unos diez años, en una visita que hacíamos el Instituto Kellog en la Universidad de Notre Dame, gracias a la amable invitación del profesor Michael Coppedge, un muy respetado investigador dedicado al estudio de la democracia y buen conocedor de la política venezolana, quien organizó para nosotros una vista de estudio y discusión sobre el caso Venezuela con un muy prestigioso equipo académico de ese instituto, fuimos advertidos, por primera vez, sobre la importancia de LA NARRATIVA en el caso venezolano.

El llamado de atención venía del profesor Samuel Valenzuela, quien daba al término una importancia que para nosotros había pasado hasta entonces inadvertida. Creíamos comprender el peso de la comunicación como nuevo campo de batalla para el régimen, pero la narrativa había pasado por debajo de nuestro radar de prioridades. Hoy, cuando se impone una nueva narrativa que nos habla de la inutilidad de luchar y de la necesidad de “acomodarnos”, de “adaptarnos para sobrevivir”,  de “convivir” con el gobierno y tratar de jugar ‘inteligentemente”, o de aprovechar el momento porque “Venezuela se arregló“, resulta innegable su importancia estratégica en esta especie de guerra híbrida entre autoritarismo y democracia, sobre todo en un momento en el que los que los regímenes iliberales se vuelven más sofisticados y comienzan a ganar espacios en todo el mundo.

Los efectos de la narrativa oficialista, introducida a nuestro sistema social y político por diferentes medios, están a la vista. En nuestros últimos estudios, tanto cualitativos (grupos focales) como cuantitativos (encuesta nacional), algo más de la mitad de la población se confesaba incapaz para cambiar la realidad del país, reconocía su impotencia  para lograr un cambio, después de haberlo intentado todo, y la necesidad de conformarse con intentar cambiar su realidad personal, para lo cual tiene dos alternativas, irse o adaptarse para sobrevivir, y si bien hay casi una mitad que se niega a aceptar esta situación, la casi totalidad de este grupo tampoco siente que tenga el poder o los recursos para cambiar la realidad y coloca la responsabilidad del cambio sobre los hombros de terceros (la comunidad internacional, los militares, grupos armados, etc.).     

Estas narrativas van moldeando un escenario desalentador y paralizante para quienes aspiran a un cambio político pero no saben qué hacer, no solo por lo que la gente cree que haya de cierto en estas narrativas, sino por la necesidad que tienen hombres y mujeres que viven en sociedad de adaptarse al comportamiento del rebaño. Independientemente de que Usted crea o no que el gobierno es invencible, usted no actuará si cree que su entorno no piensa como Usted, porque ello aumentará sus dudas y actuar fuera del rebaño implicaría mayores riesgos y sería un sacrificio inútil. Es así como en nuestros estudios cualitativos es común que la gente culpe a otros de no haber logrado un cambio porque los otros tienen miedo, porque no salen a la calle, porque no votan, o porque se conforman con las dádivas que les da el gobierno. Pero pocos asumen la responsabilidad de su propia contribución al mimetizarse entre el comportamiento del colectivo. Y es que el problema no tiene que ver solamente con que sepamos lo que hay que hacer sino cómo coordinar la acción colectiva.

Para ejemplificar este dilema supongamos que un delincuente armado con revolver de cinco tiros es rodeado por 200 personas después de cometer un delito. El delincuente sabe que está en desventaja y su desventaja aumenta cada vez que dispare contra alguno de sus captores. Sus captores saben que el delincuente no puede ganar un enfrentamiento contra 200 personas, pero la ventaja que puede suponer el ser mayoría desaparece si nadie está dispuesto a correr el riesgo de atrapar al delincuente porque todos están convencidos de que para atraparlo es necesario inmolarse, y quien lo haga perderá la vida.

La realidad es que para atrapar al delincuente no es necesario que todos, o sea los 200, decidan hacerlo, ni tan siquiera se necesitan 100, y tampoco 50, solo se necesita que una pequeña porción de ese grupo, por ejemplo un 5% que equivale a 10 personas, tome la decisión de actuar coordinadamente para convencer al delincuente de que no hay salida y disparar solo agravará las consecuencias para él. En otras palabras, un pequeño grupo, actuando coordinadamente puede convencer a un delincuente armado de que oponerse por la fuerza puede ser mucho más costoso para él que negociar su salida.

Pero nada de esto sucede por azar. El ser humano cuando es colocado bajo ciertas circunstancias es condicionado a responder de determinadas maneras, sobre todo si se trata de una respuesta colectiva en la que la corriente nos arrastra y hay menos oportunidad para reflexionar, decidir y actuar de manera individual. No importa si la narrativa la consideramos cierta o falsa, sino la actitud que la gente asume ante ella, y lo que nosotros mismos hacemos en base a lo que suponemos que otros harán, adaptándonos a lo que suponemos será el comportamiento colectivo, aún sin estar muchas veces de acuerdo.

La realidad es que el poder de las narrativas es inmenso porque ellas determinan, en buena medida, las actitudes que la gente asume ante los desafíos que se le imponen. A modo de ejemplo recordemos el caso de Barinas.

Sin caer en el extremo de quienes pretenden comparar lo que sucedió con una futura elección presidencial, si resulta pertinente apreciar en su justa medida lo ocurrido entre el 21 de noviembre de 2021 y el 6 de enero de 2022. Barinas ha sido gobernada por la familia Chávez desde antes de que Chávez ganara la presidencial de 1998, lo que alimentaba una narrativa sobre la imposibilidad de que la oposición le arrancara al chavismo nada menos que la tierra natal de su líder fundamental.

El mito de la imbatibilidad de los Chávez en su propia tierra se quiebra con el triunfo de Freddy Superlano sobre Argenis Chávez el 21 de noviembre por un número de votos que nunca quedó del todo claro pero que se supone que anduvo por el orden de los trescientos. Derrota que el oficialismo no aceptó, produciéndose el hecho inédito de su inhabilitación por el Tribunal Supremos de Justicia tras la elección, convocándose a una nueva elección mes y medio después. En la elección del 6 de enero el candidato oficialista, Jorge Arreaza, con todo el apoyo del gobierno nacional, no solo borra la estrecha ventaja de unos 300 votos que supuestamente obtuvo la oposición, sino que multiplica la suya por 100, aumentando su votación en más de 30.000 votos, y aún así pierde al encontrarse que la votación de la oposición, sin los recursos del aparato estatal, aumenta en más de 50.000 votos.

Entre el 21 de noviembre y el 6 de enero no hubo cambios objetivos en la situación que puedan explicar este resultado. El padrón electoral era el mismo, las condiciones electorales eran incluso peores, ante la ausencia de los observadores internacionales, las asimetrías en los recursos y la exposición mediática se habían profundizado, a lo que se sumaba la determinación del gobierno nacional para revertir el resultado de la elección al costo que fuese necesario; pero la nueva elección no solo solo favoreció nuevamente a la oposición, sino que amplió su ventaja de 300 a unos 50.000 votos. Lo único que cambió entre el 21 de noviembre y el 6 de enero fue la actitud de la gente como consecuencia de que el mito de la imbatibilidad de los Chávez y del gobierno se había roto y había sido sustituida por una nueva narrativa: ‘Los Chávez y el gobierno eran derrotables”, y fueron derrotados.

Hoy la gran mayoría democrática del país necesita de una nueva narrativa que empodere a la gente, que genere expectativas positivas sobre nuestras posibilidades de lograr un cambio democrático. Una narrativa que nos recuerde que los ciudadanos somos titulares de derechos, y que los derechos no son concesiones graciosas del gobierno a los ciudadanos, pero si no los ejercemos y defendemos, los perderemos irremediablemente. Si Usted se conforma con menos, tendrá cada vez menos.

Una narrativa que nos recuerde que los países se transforman por causas sino por causantes, por la determinación de sus pueblos. Los países se transforman por la acción colectiva de sus ciudadanos y sus liderazgos. 

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