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Las legalidad internacional no funciona con los tiranos

Tomada de DW

Trino Márquez

Cada cierto tiempo en las naciones aparecen seres anómalos que se convierten en pesadillas para sus países y, en algunos casos, para el planeta o, al menos, para sus vecinos. Aunque constituyen irregularidades, la lista es larga. Podrían llenarse algunos cuantos cuadernos con los nombres de los autócratas, déspotas, megalómanos e iluminados que se consideran predestinados para modificar el curso de la historia, recuperar antiguas glorias o alcanzar grandes objetivos que sus antecesores no pudieron lograr. Para cumplir su misión cometen toda clase de desmesuras.

         Vladimir Putin es el último de esa estirpe. Está destruyendo al pueblo ucraniano con una saña que  provoca consternación e indignación. El daño que le causa a ese modesto país carece de justificación. Ese dictador se cree la reencarnación de Pedro El Grande o, en época más reciente, de Joseph Stalin. La diferencia con el Hombre de Hierro –eso es lo que significa Stalin- consiste en que este hijo de campesinos georgianos, antes de extender  hacia Europa del Este los dominios de su imperio bajo la conducción del Ejército Rojo, estuvo precedido por los laureles que le proporcionó el haber formado parte del grupo de líderes victoriosos durante la Segunda Guerra Mundial. De no haberse producido esta confrontación, es decir, de no haber existido Hitler, lo más probable es que Stalin no hubiese pasado de ser el tirano que martirizó a la Unión Soviética desde la segunda década del siglo XX, cuando se impuso sobre Trotsky y el resto de la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética. Stalin hasta el final de la guerra mundial tuvo una política internacional discreta y hasta conservadora. Una de sus tesis centrales era la construcción del socialismo en un solo país. En este plano, se diferenciaba claramente de  Trotsky, quien defendía la idea de la revolución permanente, lo cual implicaba exportar la revolución bolchevique a todo el planeta y, por lo tanto, mantener una política exterior agresiva y expansionista.

Putin aspira a recrear la antigua URSS, pero sin estar precedido de ninguna gloria que lo convierta en ídolo de multitudes. A Putin no lo antecede ningún Hitler, ni ningún Tercer Reich o invasión previa. Ninguna batalla como la de Stalingrado. El asalto de Putin a Ucrania es el resultado del delirio de un hombre que sometió a las instituciones de la Federación Rusa –en primer lugar al Ejército Ruso- a sus intereses personales. A partir de la tortura, los secuestros, los envenenamientos y todas las demás formas de coerción utilizadas por los cuerpos de seguridad del Estado, Putin ha logrado imponerse sobre el conjunto de esa nación, que nunca ha sabido lo que es vivir en democracia.

Putin marcha en sentido contrario al que las sociedades civilizadas y democráticas aspiraron trazar con la creación de la Organización de Naciones Unidas en 1948, con los numerosos instrumentos legales aprobados o promovidos por ese foro posteriormente y con el esfuerzo de la Unión Europea para enjaular esa tendencia permanente del poder a desbocarse. Hasta el comportamiento de los ejércitos en la guerra fue sometido a un riguroso conjunto de normas por el organismo mundial. En el Estatuto de Roma, de la Corte Penal Internacional, aprobado en 1998, se contempla la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad y la violación de los derechos humanos. Con él, la ONU pretendía evitar, entre otros exabruptos,  que la obediencia debida, invocada por los miembros de los ejércitos y los organismos de seguridad para justificar los desmanes, se convirtiera en el refugio de quienes obedecían de forma ciega las órdenes de enajenados mentales llenos de poder

Todos los esfuerzos de la humanidad por realzar el papel de las instituciones republicanas y democráticas, por defender el derecho de la gente a disfrutar de una vida digna y libre, y de ejercer un amplio conjunto de derechos civiles que representan conquistas civilizatorias del género humano, se han estrellado frente a la determinación de ególatras como Vladimir Putin, con una visión personalista del poder, que desprecian la democracia liberal, la autonomía de los poderes públicos, la libertad de expresión e información, y la soberanía de los pueblos que se manifiesta a través de los organismos en los cuales los ciudadanos delegan su representación.

Esa desestimación por los valores de Occidente y, en gran medida del mundo civilizado, están expresándose con una furia descarnada en el conflicto de Ucrania. Estamos presenciando los reducidos límites de las instituciones internacionales para acabar o anular  la brutalidad de los dictadores contra los pueblos que se resisten a caer bajo su férula. La ONU y la UE, aparte de la solidaridad activa con el gobierno y el pueblo ucraniano, no han sido capaces de de detener la destrucción que Putin está causando  y el éxodo de millones de personas que quieren resguardarse  de la devastación que provoca la obsesión expansionista del gamonal ruso.

 La pregunta que queda en el aire es qué más debe hacer la humanidad para protegerse de psicópatas como ese. Lo que ha hecho  hasta ahora  es insuficiente. Los ucranianos son víctimas de esa limitación.

       

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