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La radicalidad del mal y el conflicto con Ucrania

Tomada de El País

Alex Fergusson

La radicalidad del mal fue un concepto elaborado por Kant (ver su texto “Metafísica de las Costumbres”), según el cual, en el humano existen predisposiciones hacia el bien, condicionadas por la sociabilidad política natural de nuestra especie. De allí viene la noción moral, y luego la religión, la razón y la ley. No obstante, aclaraba que el mal no viene de la ausencia de moral o del desconocimiento de la ley sino, por el contrario, de su conocimiento. El mal, entonces, deviene en “transgresión a la ley moral, a la ley religiosa y a la ley política”, y más allá, como destrucción intencional de todas las leyes y normas existentes o acordadas. 

En un reciente y excelente artículo (Ruleta rusa), Fernando Mires afirma que, con relación al devenir del conflicto con Ucrania, “…Lo peor puede suceder y ha sucedido cuando del poder humano se apodera la radicalidad del mal en toda su inconcebible dimensión…”. Al menos, eso es lo que nos mostraron las experiencias que nadie imaginó de la primera y de la segunda guerra mundial, incluidas Hiroshima y Nagasaki.

Según Mires, para Putin, el derecho, ya sea nacional o internacional, está subordinado a una instancia, a una razón superior, que no es otra que la del pueblo mítico o la Eurasia soñada, a la que Ucrania pertenece en forma natural, como parte de la Gran Rusia.

Así, guiado por este pensamiento, Putin no sólo ha irrespetado la integridad territorial de sus vecinos, contemplados en el marco internacional  y europeo, sino los contraídos por el propio Moscú respecto a la salvaguarda de la integridad de Ucrania: el Tratado de Minsk que formaliza la disolución de la URSS en diciembre de 1991; el Memorándum de Budapest de 1994 por el que Ucrania entregó sus armas nucleares a Rusia a cambio de una garantía de seguridad; y el Tratado de Amistad entre Rusia y Ucrania de 1997, donde ambas partes reiteraron dicho compromiso.

El hecho de que la concepción geopolítica del gobierno ruso no se encuentre ajustada al derecho internacional sino a una concepción mitológica de la historia, dice Mires, …dificulta enormemente la posibilidad para que las naciones occidentales puedan establecer con el régimen ruso una comunicación diplomática. Peor todavía si pensamos que Putin cree en el destino manifiesto de la gran nación rusa y que ese principio, al ser mítico, no es transable y tampoco politizable. Así que, negociar, no es su principal opción.

Cuando se cree con fervor cuasi-religioso, tal como ocurre con el oficialismo en Venezuela, que la Constitución y las leyes, los reglamentos o los acuerdos <por no decir la vida misma de las personas que los adversan>, son minúsculos comparados con los principios míticos de la patria socialista y bolivariana del siglo XXI, uno puede comenzar a comprender la naturaleza y magnitud de la psicopatología política con la cual nos enfrentamos, aquí y allá.

Para Putin, el mundo occidental y los que lo siguen son el enemigo a destruir, pues amenazan su sueño de recomponer a la Madre Rusia con todo su esplendor. Estas son razones que llevan a pensar que durante y después de la agresión a Ucrania, el mundo debe estar preparado para vivir lo peor, pues la guerra nuclear está dejando de ser una amenaza retórica. Esa es la particularidad de la actual guerra en Ucrania, es lo absolutamente inédito, más que la magnitud de la masacre que se está cometiendo en esta guerra desatada.

Consideremos que en los conflictos militares del pasado, ninguna nación amenazó con poner en juego el destino de toda la humanidad mediante una operación nuclear indiscriminada. Ahí yace el centro de la maldad radical a la que asistimos. Eso, definitivamente, traspasa todos los límites, pues el mundo está siendo chantajeado por un líder poseído por un mito, que actúa fuera de cualquier control, y que no rinde cuentas a nadie.

No estamos seguros si ya hemos traspasado las puertas que llevan a una tercera guerra mundial; lo único que sabemos es que no solo está en juego el destino de la corajuda Ucrania y el de los países vecinos, sino, entre otras cosas: el ordenamiento jurídico internacional; los acuerdos de posguerra, y los antinucleares; los de la protección a la población civil; el respeto a la vida y a los derechos humanos;  la integridad de Polonia, Finlandia, Moldavia, Rumanía y hasta de Suecia o los Balcanes. En fin, está en juego la seguridad mundial y con ella, el destino de la humanidad. Esa es la irrefutable y aterradora verdad de la guerra en Ucrania.

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