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Los Caballos de Troya

Benigno Alarcón Deza

A partir del momento en que Maduro descubrió que podía perder una elección si la oposición se unía, como sucedió en 2013 y luego en 2015, ha venido imponiendo una estrategia de división y fragmentación, para la cual, si bien las contribuciones de la misma oposición no han sido menores, tampoco pueden subestimarse las condiciones de un juego que el gobierno manipula y que, en mayor o menor medida, determina el comportamiento de los actores

Cuando Chávez se presenta a la elección presidencial de 1998 compite con una diversidad de partidos venidos a menos desde finales de los años 80, cuando en el país se instala una tendencia antipolítica que encuentra una de sus mejores expresiones sociológicas en el éxito de la novela “Por Estas Calles”, trasmitida por Radio Caracas Televisión, y en el triunfo de Caldera tras su discurso de defensa a los golpistas desde el Congreso en 1992 y su renuncia a COPEI, partido que fundó y lideró hasta que comprendió que sería un lastre para su reelección en 1993.

La diversidad de tesis, partidos y liderazgos es condición natural de la vida democrática, aunque la experiencia internacional comparada nos demuestra que la fortaleza de una democracia es proporcional a la de sus partidos, y la fortaleza de los partidos, y por lo tanto de la democracia, es inversamente proporcional a la fragmentación del electorado cuya proliferación se facilita, en muchas ocasiones de manera interesada, para mantener a un gobierno en el poder.

Es así como Chávez, un outsider que encarnaba el antipartidismo mucho mejor que Caldera, por haber irrumpido por la fuerza contra las cúpulas partidistas y gubernamentales en 1992, gana sin mayor dificultad la elección de 1998 al enfrentarse, nuevamente, a los partidos que representaban un “establishment” político desgastado y dividido tras la victoria pírrica que desplazó del poder a quien Chávez no pudo derrocar por las armas: el presidente Carlos Andrés Pérez.

A partir de allí, las condiciones que resultaron favorables a la democracia, como la tendencia a participar masivamente en procesos electorales, se tornó a favor de Chávez, quien irrumpiría después de su elección contra la institucionalidad democrática, que no encontró defensores en un país, que por admiración, miedo o falsas expectativas del cálculo individual conveniente, se acomodó a la nueva realidad postrándose a los pies del comandante, quien llamó primero a la aprobación de una Asamblea Constituyente y finalmente a la aprobación de la Constitución de 1999, para luego convocar nuevas elecciones, con partidos tradicionales divididos, para eliminar los balances y contrapesos institucionales, y reemplazar a los adversarios por sus aliados en el control del poder legislativo, así como en los gobiernos regionales y municipales.

A partir de allí, cada intento fallido de la oposición por derrotar a un adversario como Chávez, en principio subestimado, profundizó la división entre líderes y partidos, sobre todo cuando algún proceso electoral les guiñaba el ojo con la fantasía de que quien ganará más curules, gobernaciones o alcaldías, tendría lo que necesitaría para volver a ser grande y fuerte para competir con el gobierno naciona, de tú a tú. Esta ilusión, alimentada desde el mismo gobierno como parte de una estrategia de clientelismo competitivo sirvió bien a Chávez durante años, y hoy vuelve a servir a los intereses de Maduro.

Es así como a partir de la elección parlamentaria de 2020, y las regionales y municipales de 2021, la estrategia de intervenciones judiciales e inhabilitaciones de partidos y potenciales candidatos pasa a segundo plano, lo que no implica su erradicación, para centrarse en la destrucción de la unidad opositora a través de la fabricación de nuevas oposiciones. Algunas de esas oposiciones son producto de la cooptación de actores entre los partidos que conformaron la unidad, y otras, del financiamiento directo o mecenas dependientes o vinculadas al gobierno, y la generación de condiciones electorales que contribuyen a exacerbar la competencia entre liderazgos nacionales, regionales y locales, impulsados por la ambiciones individuales y los fracasos colectivos de la unidad opositora.

Esta estrategia de división y fragmentación, que pretende mantenerse de cara a la elección presidencial de 2024, difícilmente logre tener tan largo aliento, considerando que buena parte de la oposición y sus electores comprende hoy mejor que nunca sus consecuencias, por lo que reclaman unidad, y tienen conciencia sobre la necesidad de confrontar a Maduro con una candidatura única.

Aunque existe un importante nivel de consenso en torno a la conveniencia de que una candidatura única sea electa en una primaria, es importante comprender que la unidad perfecta a la que aspiramos nunca se logrará porque no todas “las oposiciones” son oposiciones. La realidad es que entre las oposiciones hay actores que juegan fuera de la unidad porque no creen en ella, lo cual puede ser legítimo, pero hay otros que juegan contra la oposición y a favor del gobierno, porque se han constituido en “Los Caballos de Troya” del régimen para dividir, dispersar el voto y convertirse en minorías electorales irrelevantes.

Mientras que las oposiciones que se han separado de la Unidad porque no creen en ella o por las adversidades entre liderazgos, que aunque es un fenómeno común nunca debería estar sobre el objetivo de lograr el cambio político, no deberían ser motivo de preocupación porque son verdaderas oposiciones democráticas, que necesitan de la unidad tanto como los partidos de la MUD, por lo que no tengo dudas de que serán los primeros interesados en demostrar su liderazgo en una primaria, como ya lo manifestase María Corina Machado, a quien podemos considerar una fiel representante de la oposición que no forman parte de la MUD.

Si es cierto que la primaria pareciera el mejor camino hoy para alcanzar la unidad en torno a un líder, lo que no pude cometerse es la estupidez de convertir la primaria de la oposición en una elección análoga a la del gobierno, o sea, una en la que la oposición excluye candidatos para medirse entre compañeros, inhabilitando a los adversarios, lo que solo abonaría al fracaso de construir una unidad democrática, y daría la excusa a los otros opositores, reales o no, para presentarse como alternativa a una candidatura unitaria.

Pero aunque la primaria se haga de manera abierta e inclusiva, tampoco habrá una unidad perfecta porque no faltarán quienes se lancen por su cuenta, con diversas excusas o como los candidatos electos en “otra primaria”. Lo que tampoco debería preocupar a la oposición democrática, ya que tal actitud hace fácil diferenciar a la oposición democrática de “otras falsas oposiciones» o “Los Caballos de Troya” que cooperan con la estrategia divisionista del gobierno, porque han sido cooptados y desean participar en el reparto de recursos y poder.

La gran diferencia entre las oposiciones radica en el simple hecho de que las oposiciones democráticas, incluidas aquellas que no participan en la unidad, nunca jugarán a reconocer o fortalecer al gobierno liderado por Maduro, ni atentarán contra el éxito de un cambio político. Mientras que las “Los Caballos de Troya” u “oposiciones oficialistas” preferirán siempre el éxito del gobierno, nunca serán inhabilitados ni sus partidos intervenidos, serán recibidos y posicionados por los medios de comunicación controlados por el oficialismo o sus aliados, y con frecuencia serán recibidos y mencionados como opositores en los discursos de los principales voceros del régimen, y su recompensa se traducirá, por lo general, en mayores cuotas de participación en lo político y económico, para ellos y sus mecenas.

Cuando presentamos nuestros escenarios para el 2022, nos equivocamos al subir nuestra apuesta al revocatorio como punto de inflexión entras las oposiciones verdaderas y falsas, porque suponíamos que durante los doscientos días que aproximadamente duraría el proceso se exacerbarían las diferencias, y subestimamos la posibilidad de una muerte súbita del referéndum revocatorio ante la amenaza que implicaban sus niveles de apoyo, sin que nadie asumiera su defensa. Hoy pareciera que es la primaria la que se constituirá en el punto de inflexión en la lucha por el liderazgo y la sinceración sobre quién es quién entre “las oposiciones”.

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