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La sociedad rusa: la nostalgia del pasado

Radio Televisión Martí

Alex Fergusson

La prolongación de la actual situación por la invasión rusa a Ucrania y la crisis que deriva de ella, ha suscitado un especial interés por saber acerca de las poco conocidas circunstancias de la vida económica, social, política y cultural en la que se ha desarrollado la sociedad rusa en los últimos cien años. Entonces, nos preguntamos ¿cómo es el pueblo ruso y en qué tipo de sociedad viven su vida?

El punto de partida es entender que la sociedad rusa se construyó, en medio de una crisis social histórica, como una síntesis de tres modelos: el del imperio de los zares y sus tradiciones, el político-represivo de la era stalinista y el de estímulo socioeconómico centrado en la producción y el consumo, pero no democrático, de la era post-stalinista, incluida la actual era de Putin.

Más allá de sus virtudes y defectos, la sociedad rusa consiguió desarrollar el potencial sociocultural e intelectual del país, aunque básicamente en el ámbito técnico y de la industria militar, basándose en su producción petrolera y en la agricultura ucraniana. Sin embargo, la caída del imperio zarista en 1917, no significó la desaparición de su cultura personalista, autoritaria y opresiva <recordemos, solo como referencia, a Pedro El Grande y a Iván El terrible>. Por otra parte, la desaparición de la Unión Soviética y de su “Estado Social” tampoco fue destruido totalmente luego de la perestroika, y pese a los bruscos giros de las reformas que le siguieron.

Hoy, la sociedad rusa se debate en medio del auge petrolero y de políticas estatales que han profundizado los desequilibrios entre las capitales y las provincias, entre la añoranza de su pasado imperial, la resignada comodidad del stalinismo y la urgencia de un repotenciamiento sobre nuevas bases, pero no necesariamente democráticas, pues ese concepto nunca ha estado en el imaginario del pueblo ruso. Sin embargo, eso aún está por dilucidarse.

Si bien la sociedad soviética desarrolló, instruyó e impuso de modo sistemático y forzado su modelo ideológico-político de humanismo comunista, al mismo tiempo reprimió severamente las iniciativas autónomas, alentándolas solo dentro de límites muy restringidos, creando una sociedad de rehenes capaces de cambiar la libertad por el orden.

El Estado social ofrecía un cierto proyecto de desarrollo basado fundamentalmente en la capacidad productiva, pero reprimiendo, al mismo tiempo, aquellas fuerzas sociales, en particular a la mujer y la juventud, que podían darle a ese proyecto un mayor impulso y garantizar su máxima efectividad , y a la vez llevarlo más allá del marco previamente establecido. Los resultados fueron devastadores.

El descontento de los ciudadanos respecto de las formas de actuar del gobierno y su creciente desconfianza hacia la propaganda oficial, pusieron en duda todos los elementos de la ideología dominante, inclusive los de carácter moral. En el último periodo de la URSS, echó raíces la negación de los paradigmas morales difundidos y una actitud de protesta contra todo lo que emanaba del Estado. La situación era agravada por la falta de libertades civiles y políticas, así como por los efectos de una sociedad que alentaba motivaciones y orientaciones consumistas, pero que no era capaz de satisfacerlas. El ciudadano soviético, agotado por el desorden cotidiano, el déficit de mercaderías y el control burocrático y represivo por parte del Estado, se convirtió en un consumidor frustrado que añoraba la independencia e identificaba en su pensamiento, la libertad política y espiritual con la posibilidad de consumir sin límites y viajar.

Así pues, la sociedad soviética, con las represiones políticas, el hipercontrol social, la escasez económica, su baja productividad, la incompetencia burocrática de la dirigencia, su hipocresía y sus privilegios obscenos, el voluntarismo político, la desorganización cotidiana, la corrupción y la desigualdad creciente, especialmente de la mujer, funcionó en franca contradicción con el ideario humanista superior, proclamado por la propaganda oficial.

Hoy, treinta años después del fin de la URSS, cuando los derechos sociales, tanto de palabra <en la ideología de las reformas> como de hecho, en la política efectiva, son tratados como servicios, y su prestación gratuita son garantizados por el Estado, aunque solo de un modo limitado, continúa en el pueblo ruso la añoranza de su pasado imperial, pero al mismo tiempo, del Estado social que desapareció junto con la URSS.

Cuando el país se recompuso del shock de los años 90 e ingresó en la era del «bienestar petrolero», resultó que las instituciones heredadas, habían sido considerablemente dañadas como consecuencia de la falta crónica de recursos y la mala administración. En la sociedad, creció entonces, el descontento con la educación, la medicina, la vivienda y la infraestructura urbana y casi todo lo demás.

La llamada «época de estabilidad» en el ámbito de la política social que le siguió, puso de manifiesto la contradictoria combinación de tendencias. Por un lado, una estrategia neoliberal de comercializar la esfera social y reducir los bienes accesibles y gratuitos a la población y, por otro lado, la realización de inversiones ocasionales pero importantes en aquellos sectores cuya situación despertaba el descontento de la población. El propio círculo vicioso.

La reducción y comercialización de la vida social como consecuencia de las reformas neoliberales, mostraron su cara más penosa en las provincias rusas. Si para Moscú y San Petersburgo la consecuencia fue una baja en el nivel de vida de determinados grupos sociales, en la provincia, esa política se convirtió en la ruina para la mayoría de la población.

Así pues, Rusia sigue hoy con el rostro vuelto hacia el pasado glorioso de la Madre Rusia zarista, pero también y en particular, hacia el Estado social soviético. Hacia él dirigen sus pensamientos los rusos que viven día a día los resultados de reformas que restringen de manera constante el acceso a los bienes sociales y afectan su calidad de vida.

En consecuencia, el futuro para Rusia está marcado por la incertidumbre, pero donde el componente democrático no se vislumbra. El Estado ruso parece no querer y, además, no poder ocuparse de una sociedad que requiere decisiones económicas y de organización política que son necesarias, pero que resultan incompatibles con la filosofía y la esencia de la actual dirigencia, heredada del pasado, y que no tiene talante democrático.

Lo que aún no se vislumbra con claridad es la voluntad de una política social que dé respuesta a los desafíos contemporáneos y adelante las transformaciones requeridas para la creación de nuevas condiciones económicas, políticas y culturales indispensables para estos tiempos.

La elite dirigente rusa, bajo la mano dura de Putin, aún no parece comprender la situación y, a la luz del conflicto con Ucrania, sentirse más a gusto con la vuelta al mito de la Rusia Grande del pasado. Estamos, entonces, ante un pueblo que busca y no termina de encontrar su identidad perdida, anclado en la nostalgia del “glorioso pasado de la Madre Rusia”, tal como podría ocurrirle a la sociedad venezolana <un ejemplo reciente, que se une a los cambios hechos en casi todo, está en los cambios arbitrarios de los símbolos de la ciudad de Caracas>. Si la crisis política, socioeconómica y cultural, se prolonga más de lo que la mayoría espera y anhela, podríamos acabar perdiendo la conciencia histórica y nuestra identidad como pueblo.

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