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En China y más acá: lo esencial, lo inocultable

Handout / OHCHR / AFP

Elsa Cardozo

Tan polémica y objetada como fue desde su anuncio la visita de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos a China, por insistente invitación de su gobierno, su consideración no deja de ser importante y útil para comprender que las trabas políticas a la cuestión de los derechos humanos no son ni deben ser freno para su seguimiento, denuncia, y exigencia de responsabilidades. Es decir, en lugar de poner tanto énfasis en la crítica a la visita, lo que corresponde es colocar el foco sobre el anfitrión: no hacerle el juego. China es parte y hasta faro de regímenes políticos que utilizan los principios de no intervención y autodeterminación como escudo para ocultar y justificar sus abusos más extremos. Por tanto, detenerse en consideraciones sobre el anfitrión, las condiciones de la visita y la polémica que la acompañó no es evasión sino muy directa y oportuna reflexión sobre lo que es tan cercano, presente y sufrido por los venezolanos.

El propio Xi Jinping insistió en la video conferencia con Bachelet en su concepción sobre los derechos humanos, centrada en el desarrollo económico y social “en el contexto de la historia y la cultura de China”. Es lo que repite una y otra vez el texto del libro blanco “Prosperidad moderada en todos los aspectos: otro hito alcanzado en los derechos humanos de China”, publicado en agosto del año pasado, según el cual esa “prosperidad moderada” es la clave del “progreso integral para garantizar los derechos humanos universales en el país” y, además, constituye una nueva contribución a la causa mundial de los derechos humanos”. Esa orientación es la misma que está presente en otro libro blanco publicado en diciembre bajo el título “China: democracia que funciona”. Allí se defiende la llamada “democracia de todo el proceso” en la que se diluyen los derechos civiles y políticos, a la vez que se sostiene que si un país es o no es democrático es algo que debe ser juzgado por su pueblo y no dictado por un puñado de extraños. En estas materias, a la vez que objeta expresamente elementos tan básicos de democracia como el principio de una persona un voto y el de la competencia entre partidos, también reclama que para el logro de desarrollo humano y coexistencia pacífica todos los países deben promover la genuina democracia. Esta parece referirse a la que el citado documento describe: en su reescritura de la historia del régimen del Partido Comunista Chino y en su propuesta de democratización de las relaciones internacionales. Esta última pasa por cambiar el propósito y los instrumentos de las instituciones de protección de los derechos humanos y por eliminar cláusulas y condicionalidades democráticas internacionales.  Modificar el sentido del multilateralismo es parte del discurso en todos los ámbitos internacionales, muy especialmente en materia de derechos humanos: para reducir su alcance integral, su protección internacional y la responsabilidad de protegerlos nacionalmente.

Viene al caso recordar las iniciativas del gobierno chino para retardar la preparación y presentación del informe de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos sobre la violación de derechos humanos en Xinjiang, un trabajo iniciado en 2018 cuya presentación había sido anunciada desde septiembre del año pasado y sigue a la espera.

Por lo poco recién dicho y lo mucho ya sabido, la invitación a la señora Michelle Bachelet desde 2018 no fue propiamente un gesto de apertura. Y por lo que sabemos del trabajo de la Oficina de la Alta Comisionada y de las complejidades políticas y perseverancia del trabajo de su Oficina y del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (y los venezolanos algo de eso sabemos), tampoco debió ser ingenua la decisión de aceptar la visita: no era difícil anticipar las restricciones y el control de movimientos y contactos, ni el manejo a conveniencia del sentido de la visita y de la información sobre las declaraciones, como en efecto sucedió pese a los muchos y largos preparativos. Xi  Jinping creó y aprovechó la oportunidad para reiterar ante Bachelet que “China ha encontrado con éxito un camino de desarrollo de los derechos humanos de acuerdo con la tendencia de los tiempos y la realidad nacional”, y que “los derechos humanos del pueblo chino están garantizados como nunca antes”, según difundió la nota de prensa de la agencia oficial de noticias.  Allí se expuso en detalle el discurso del anfitrión y se redujo a pocas palabras de agradecimiento, asentimiento y felicitación lo dicho por la visitante, luego clarificado por la Oficina del Alto Comisionado de la ONU.

Fueron también difundidas en detalle las palabras del consejero de Estado y ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, centradas en que el intercambio debería servir para que “se aclare la información errónea y se desmientan los rumores y las mentiras a través de los hechos y la verdad”. Sobre resto de la visita la información más difundida destacó su entrada a un supuesto centro de detención en Xinjiang, enfatizando en que ya estaba inactivo y que las autoridades locales habían asegurado que el sistema  de «campos de internamiento para formación profesional», como los llama el gobierno,  ya había sido «desmantelado».

El balance ofrecido al final por la Alta Comisionada fue muy poco explicativo de aspectos y declaraciones específicas de su gira, apenas recogidos en el texto de sus palabras ante los estudiantes de la Universidad de Guangzhou o lo que resume una poco difundida nota de la agencia EFE. Al final del viaje, su respuesta de que “las visitas oficiales de un Alto Comisionado son, por su naturaleza, de alto perfil y simplemente no conducen al tipo de trabajo detallado, metódico y discreto de una investigación”, no satisfizo a quienes esperaban detalles, denuncias y exigencias al gobierno de China en la rueda de prensa en Beijing.

Tres breves comentarios finales pueden contribuir a ganar perspectiva para no perder de vista lo esencial y lo inocultable antes, durante y después de la visita. No solo sobre China.

Los viejos y nuevos regímenes totalitarios y autoritarismos afines suelen insistir en la defensa del multilateralismo y el respeto al derecho internacional, pero para convertirlo en traje a la medida de sus intereses y proyectos. Lo hacen desde dentro de las organizaciones internacionales. El caso es que al gobierno chino le importa protegerse, ocultar lo condenable, y por eso ha hecho todo lo posible por cerrarse al escrutinio internacional. Lo ha hecho con sus propias iniciativas, pero también alentando y aprovechando el silencio y el escepticismo de otros.

Es común en esos regímenes la acusación sobre la instrumentalización política de la causa de los derechos humanos, cuando en realidad lo que promueven es su sometimiento a las razones políticas de sus gobiernos, es decir, la negación de su alcance global e indivisible. Tanto así, que la intolerancia a la evaluación y la crítica comienza “en casa”.

No menos importante es que las violaciones de derechos humanos son inocultables, como lo evidencian tantos informes, denuncias, testimonios. Así lo recordaron, en los mismos días de la visita aquí comentada, los trabajos de respetables organizaciones no gubernamentales y, especialmente, la publicación del reporte de Archivos Policiales de Xinjiang, que son apenas una muestra de hechos y verdades ya inocultables.

Esos son tres de los aspectos en los que, sin innecesarias elucubraciones que debiliten la defensa de los derechos humanos, es fundamental insistir en China y más acá.

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