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Aprender a retirarse

Alonso Moleiro

Los políticos de este tiempo deberían saber cuándo deben retirarse. O, al menos, deberían tener claro cuando ha terminado la hora del protagonismo al tomar decisiones. Lo habitual, particularmente en este lado del planeta, es que la política, y los cargos que sobre ella se ejerzan, tengan un sesgo vitalicio, una inconfesada aspiración de perpetuidad a partir de los desvaríos del ego y las citas personales con la historia.

En las verdaderas democracias, así como la alternabilidad en el ejercicio del gobierno, hay un haber que no se discute: los políticos tienen perfectamente claro cuándo ha llegado el momento de ceder el paso a nuevas situaciones. En Europa y Estados Unidos es muy común que los políticos tengan profesiones y sean capaces de volver a la actividad privada cuando las cosas no han resultado.

La renuencia de muchos políticos a asumir cuándo ha terminado la misión debe guardar una relación directa con la influencia leninista del centralismo democrático en las estructuras de muchos partidos de estas décadas. También, por supuesto, con taras culturales, insuficiencias en el desarrollo cívico, apego a los cargos, burocratización de los objetivos.

La práctica de la democracia como principio propone de forma natural la transparencia en la toma de decisiones, la rendición de cuentas, la confrontación de tesis y la formación de tendencias. Los cargos, y los políticos, están sujetos a la dinámica electiva. La democracia, en sí misma, es movimiento, cuestionamiento, rotación, debate, circulación. La verdadera democracia no conoce puntos de reposo. Como dijo Henri Lefebvre, la democracia es “el movimiento hacia la democracia.”

Las organizaciones políticas con pertinencia y futuro son espacios que sobrepasan la voluntad de un Secretario General. Los partidos políticos no son un fin en sí mismo. Deberían ser cuerpos vivos, instrumentos orgánicos con horizontes realistas, lugares en los cuales puedan convivir la disciplina y el compromiso programático con la libertad de conciencia. Los partidos políticos, como pilares del ejercicio democrático, deberían ser centros de pensamiento, cajas de resonancia de los anhelos de una nación. No franquicias personales, tarjetas al mejor postor u oficinas para relacionarse con el poder. Cuando un partido se convierte en un fin en sí mismo entra en la zona de la decadencia.

Desde la subjetividad de sus confines, un “partido” es una organización que intenta hacer una interpretación totalizadora de las tensiones y aspiraciones de desarrollo de una nación.

Los partidos cerrados, sometidos a la estática de las autocracias, se van embruteciendo progresivamente. La ausencia de debate va castrando la creatividad; la falta de promoción de cuadros aleja a las mentes más aventajadas; el temor a las novedades marchita el debate. Las tesis políticas se vuelven materiales predecibles cuando se consolida el divorcio entre la militancia y las instancias directivas.

La crisis de los partidos políticos venezolanos sobrepasa el universo del oficialismo chavista. El PSUV es un partido estático y opaco, sin debates orgánicos, sin libertad de conciencia y con una mesa directiva incapaz de pensar con cabeza propia, muy pobre en términos intelectuales y de formación política. Sus cuadros dirigentes son particularmente precarios, y sus fundamentos programáticos, insulares e insuficientes.

El volumen e influencia del PSUV que todavía recogen las encuestas queda salvaguardado, no sólo atado a la memoria del huracán político que fue Hugo Chávez, sino porque vive conectado al globo de helio del poder, con lo cual puede administrar recursos, ofrecer cargos, captar voluntades y ejercer una intermediación con la población necesitada sin andarse tomando molestias adicionales. El PSUV es un gigante de papel que jamás ha sabido qué significa pasar a la oposición, y emprender una tarea de reconstrucción de tejido, porque tal circunstancia es imposible en el régimen político actual.

Los partidos de la oposición venezolana, con sus excepciones, tampoco ofrecen un panorama particularmente halagüeño. Baste únicamente señalar cómo, a pesar de flotar en la gigantesca marea de enorme descontento popular antichavista, no terminan de crecer, ni despegar en forma particularmente notoria sus valores y visiones ante la población.

También aquí abundan los cargos crónicos, las trampas estatutarias, las componendas del sectarismo, los saltos de talanquera, los enfrentamientos irracionales, los vicios crematísticos, el cacicazgo tercermundista.

Los vicios culturales que hundieron el sistema democrático fundado en 1958 para abrirle paso a estos caóticos 20 años sin Estado de derecho.

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