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Lecciones del Danubio

Tomada de La Vanguardia

Andrea Povarchik Percoco 27.05.26

A veces, las lecciones más trascendentales vienen de los lugares más inesperados. Esos lugares que, desde este lado del mundo, parecen lejanos y con poca relación directa -por no decir ninguna-. A veces, incluso, vienen del Danubio.

El Danubio, como cualquier cuerpo de agua, puede ser interpretado de distintas formas en función del ojo que lo observe. Para algunos, es un simple afluente; para otros, una corriente que lleva en su cauce la historia de una civilización milenaria, atravesando de norte a sur un territorio lleno de historia y cultura. Agua, que, como todo, es refrescante y a la vez sofocante.

Independiente del tamaño y la cantidad, el agua siempre ha sido un elemento caracterizado por su fluidez, movimiento y constante cambio. Ya lo decía Heráclito, filósofo de la Antigüedad, cuando reflexionaba sobre el proceso incesante de transformación. “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, es una analogía célebre pero necesaria para simplificar lo imperioso e implacable del cambio. Pensemos qué es del agua inerte: es de calidad nimia, volviéndose un foco  potencial de riesgo para la salud y el funcionamiento de un sistema que nos arropa a todos.

A veces, la política es como el agua. En momentos es cómoda, buscando siempre los caminos de menor resistencia para seguir el llamado “camino natural”; en otros, de torrente tan poderoso que transforma lo que había mantenido su forma desde hace largos períodos. Pero, así como el agua, una vez estancada, puede ser corrosiva para el ser humano. Ejemplos de esto hay varios, no hace falta más que levantar la mirada hacia nuestros horizontes para hacer cuenta de esto. Ciertamente, algunos casos son más notorios que otros, pero siempre igual de ofensivos contra aquel ethos del hombre y su búsqueda incansable por la libertad.

Sin embargo, sí tenemos que notar una diferencia con el agua: no todo en la política es natural. Kofi Annan, ex secretario general de la ONU, remarcaba con frecuencia que, aunque parezca contradictorio, la democracia no es algo inherente a la naturaleza del hombre, no es un estado heredado, por lo que, más que algo natural, es un ideal. La realidad es que esta afirmación tiene más sentido de lo que se anticipa. Venga conmigo. Piense que las pasiones humanas sin desenfreno son, realmente, lo nativo, por lo que su ejercicio crítico, controlado, tolerante y empático es lo que demanda trabajo y esfuerzo consciente. Ahora bien, como amable alerta, le invito a combatir el impulso de precipitarse a concluir que esto último implica la falta de libertad, ya que, por el contrario, expone un escenario donde ésta es voluntariamente puesta al servicio de un bien mayor -colectivo, si se quiere- que nos arropa a todos. Nos permitimos ejemplificar: imagine la represa de un conjunto hidroeléctrico. Ciertamente, es simple notar que es una construcción humana. Sin embargo, no es azarosa ni caprichosa, ya que sirve a un fin mayor: alimentar una planta que surte, a su vez, de electricidad a una ciudad. De igual forma, la democracia, como sistema de valores, contiene a las pasiones humanas para ser canalizadas a través de una forma de vida que aúna al bien común. De nuevo, no es una hazaña sencilla, pero sí una necesaria.

Este año, la lección del Danubio fue pública y notoria: tras años inmóvil, el afluente corre de nuevo con agua fresca. Enfocándonos más allá de los juicios de valor -que quedarán en la reserva de quien escribe- lo que destaca no son los personajes, nombres y figuras que conforman el proceso húngaro con destino esperado a una democracia, sino la gesta cívica que, como turbina, removió el pantano para abrirle camino a nuevas aguas. Ciertamente, todavía es temprano para determinar categóricamente la calidad de dicha agua, pero el simple hecho del movimiento es digno de resaltar.

La marejada tiene un efecto expansivo, movilizador, que se debe a una narrativa novedosa, diseñada tomando en cuenta elementos de la cosmovisión húngara que habían quedado relegados por las formas anteriores. La orquesta electoral fue de tal magnitud que se gana la mayoría de dos tercios en el parlamento con el 77% de participación.

Recuperar lo que es suyo fue una de las ideas base de esta campaña. Este tipo de narrativas, si bien nacionalistas, se basan en el argumento de enraizar de nuevo lo perdido, en el sentido de pertenencia, balanceado con la aspiración del porvenir, dejando de lado ideas victimizantes o vengativas con el objetivo de dar génesis a formas nuevas basadas en lo originario, pero con la suficiente flexibilidad y tolerancia hacia lo aspiracional e innovador.

Pero, ¿cómo se llega a este punto? y ¿qué se necesita para lograr encauzar todos los esfuerzos a un mismo objetivo democrático? No existe razón para evadir la certeza de que son preguntas complejas con respuestas que dependen, en gran medida, de escalas de grises y especificidades, por lo que no siempre es prudente generalizar. Afortunadamente, para esto existen los símiles.

 Desmantelar sistemas asentados como el que se instauró en Hungría hace 17 años es una tarea titánica, pero como el agua, hacerse con los caminos de menos resistencia es la clave para generar goteras. Casos como estos, estructurados en función de redes clientelares y corrupción, evaden la idea de que la población exhausta y socavada se puede revelar, pero parte de la belleza de la política es que existen las sorpresas; poco -por no decir nada- está escrito de forma cien por ciento monolítica. La erosión producto del paso del agua puede parecer una actividad inocente, con poco efecto más que inconvenientes puntuales. Pero, es justamente a través de pequeñas fisuras que los sistemas se agotan. Sin embargo, es indiscutible que para combatir al Leviatán hay que hacer preparativos que permitan, dado el momento, la avalancha a la que sucumba.

Fíjese en algo interesante que esperamos sirva como punto de reflexión. En Hungría, la maquinaria clientelar de movilización de votos llegó a su límite, sin romperse, sino volviéndose obsoleta. Quien detentaba el poder no perdió su base, sino que esta se vio sumergida en la ola de ciudadanos que alguna vez se pensaron eternamente pasivos. A pesar de que la posibilidad de que esto ocurriera se avizoraba meses antes de la elección, ciertamente, el fantasma del trauma electoral se asomó, sumado a una maquinaria monopólica de las comunicaciones que sólo mostró la cara invencible del régimen, afincándose en la idea de que mientras más rural o pequeño el distrito o asentamiento, mayor era su poder sobre el individuo, dejando escepticismo en algunos sectores. Pero, el movimiento del agua, a veces, es silente y no se hace notar, sino cuando el tsunami arropa.

En lugares así, en los que la garra es punzante e impetuosa, la real autoidentificación política y la opinión estaba reservada para el susurro en pequeños círculos de gran confianza. A pesar de ello, la movilización camuflajeada con caras de póker, lenguajes símiles al sistema imperante y una falsa actitud derrotada, defendió lo que es suyo, siendo precisamente en estos distritos donde el Leviatán fue herido de mayor gravedad. La masa ahora crítica se convirtió en la marejada que atravesó la muralla supuestamente impenetrable, encauzada por la idea de que antes que de un bando o de otro, todos son hijos del Danubio.

Así, bajo este principio de hacerse con lo suyo es que se cerró la brecha entre líderes aspirantes y ciudadanos, haciendo que éstos últimos asumieran un papel protagónico de su propia historia, no únicamente espectadores relegados. “Es ahora o nunca” era de las frases que más se leían en todo el territorio; el mal del aislamiento se purifica ahora con aguas unificadoras que desvanecen el asimiento psicológico del régimen sobre la población. La monumental avalancha dio, entonces, espacio para nuevas corrientes dejando a su paso un renovado sentido de activismo responsable y pertenencia consciente.

Que ese aguacero acarree las lecciones del Danubio a otras latitudes más cercanas y nos empape con ese fresco sentido. 

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