
Tomada de El Periódico
José G. Castrillo M. (*) 30.09.26
El presidente de China, Xi Jinping, realizó una visita a Estados Unidos los días 23, 24 y 25 de septiembre, con el propósito de sostener un diálogo al más alto nivel entre los mandatarios de dos naciones cuya relación es compleja: socios comerciales, competidores tecnológicos y rivales geopolíticos.
Este sería el segundo encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en lo que va de 2026, luego de la visita que el presidente estadounidense realizó a Pekín en mayo. El objetivo de estas cumbres es reducir las tensiones en una relación marcada por disputas en diversos frentes: comercio y aranceles, inteligencia artificial y semiconductores, conflictos geopolíticos —como los de Irán y Ucrania— y la cuestión de Taiwán.
Donald Trump recibió al mandatario chino con una ceremonia de alto nivel protocolario, que incluyó una recepción en la pista del aeropuerto militar Andrews y un despliegue de honores militares. Este tipo de gestos refleja la importancia de la diplomacia presidencial y de las señales de reconocimiento mutuo en las relaciones entre jefes de Estado. Halagar al homólogo, en el marco de la diplomacia presidencial, constituye una herramienta para facilitar el diálogo y generar condiciones favorables para la negociación.
Es un secreto a voces que la rivalidad entre estas dos naciones se ha intensificado durante las últimas dos décadas. Estados Unidos continúa siendo la potencia dominante del orden internacional, mientras que China se consolida como una potencia emergente con creciente influencia global. Cuando examinamos la historia de las relaciones entre grandes potencias, encontramos que, si esta dinámica de rivalidad no se gestiona con prudencia, puede desembocar en una confrontación. Es lo que se conoce como la trampa de Tucídides.
En cada uno de los temas de la agenda bilateral, ambos actores procurarán obtener el mayor beneficio posible. Por ello, las negociaciones estarán marcadas por avances, retrocesos y concesiones mutuas, en procura de alcanzar acuerdos satisfactorios.
La administración Trump, recurriendo a la presión y a las amenazas como instrumentos de negociación, buscará que China ceda ante sus exigencias. Por su parte, Pekín, consciente de su creciente protagonismo en el orden internacional emergente, apelará a la paciencia estratégica y a la adopción de contramedidas para responder proporcionalmente a las acciones punitivas de Washington.
Trump, condicionado por la proximidad de las elecciones de medio término del Congreso estadounidense, procurará alcanzar victorias tempranas en su rivalidad con China para presentarlas como éxitos políticos ante su electorado. Sin embargo, esta estrategia podría encontrar límites en la disposición de Pekín a negociar bajo presión.
China, con una tradición de planificación estratégica de largo plazo, abordará los asuntos de su agenda con mayor flexibilidad temporal, evitando precipitar decisiones. La gestión de los tiempos constituye, por tanto, una diferencia importante entre ambos actores.
Algunos temas serán prioritarios, mientras que otros podrían postergarse. Lo que resulta evidente es que los resultados de las negociaciones podrían ser asimétricos para ambas potencias. Si analizamos esta relación desde la teoría de juegos, encontramos distintos escenarios posibles.
El dilema del prisionero: cooperación frente a desconfianza
Estados Unidos y China pueden obtener beneficios significativos de la cooperación. Sin embargo, los incentivos individuales para incumplir los acuerdos o adoptar medidas unilaterales pueden erosionar la confianza y comprometer la estabilidad de la relación bilateral, conduciéndola hacia un escenario de mayor tensión.
El juego de la gallina: al borde del abismo
Ambos actores pueden escalar las tensiones económicas, tecnológicas y militares para obligar al otro a ceder. Si ninguno modifica su posición, el resultado puede ser una confrontación de consecuencias devastadoras para ambos. En este escenario, ceder primero podría interpretarse como una pérdida de credibilidad o de influencia estratégica. Una colisión de intereses de esta naturaleza tendría consecuencias catastróficas.
La caza del ciervo: cooperación y acción colectiva
Este modelo plantea que, para alcanzar la mayor recompensa, los actores necesitan coordinar sus acciones y confiar mutuamente. Cuando esa confianza falla, cada uno puede optar por una recompensa menor, pero individualmente más segura. La cooperación permitiría alcanzar beneficios compartidos y contribuir a la estabilidad internacional. La recompensa mayor sería, precisamente, construir un marco de estabilidad estratégica que reduzca los riesgos de confrontación y favorezca la prosperidad global.
Estados Unidos y China tienen una responsabilidad especial en la preservación de la paz internacional. Una confrontación militar entre ambas potencias tendría consecuencias que trascenderían sus fronteras y afectarían a toda la humanidad, dada la profunda interdependencia económica, tecnológica y política que caracteriza al sistema internacional contemporáneo.
El diálogo estratégico es un imperativo político para evitar que la rivalidad entre estas grandes potencias comprometa la estabilidad y la paz mundial.
(*) Politólogo /Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
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