
Tomada de Viento Sur
José G Castrillo M (*) 22.10.26
Durante décadas, la teoría de las relaciones internacionales ha estado obsesionada con un fantasma del pasado: la llamada «trampa de Tucídides». La premisa, sugerida con insistencia desde la academia hasta los centros de mandos militares, sostiene que cuando una potencia emergente desafía el dominio de una potencia hegemónica, el conflicto bélico se vuelve casi inevitable. Sin embargo, aplicar ciegamente esta tesis a la rivalidad actual entre Estados Unidos y China es una simplificación sumamente peligrosa para la estabilidad estratégica
La realidad geopolítica del siglo XXI exige abandonar el mito de la hegemonía absoluta y asumir una verdad incómoda para ambas potencias: la estabilidad estratégica ya no se construirá sobre la victoria de un modelo sobre otro, sino sobre la difícil arquitectura de una «coexistencia competitiva y limitada».
En el marco de la llamada Guerra Fría, que dominó buena parte del siglo XX, la estabilidad estratégica se reducía a una ecuación relativamente clara: disuasión nuclear mutua, equilibrio de arsenales e instituciones de control de armas. Hoy, esa ecuación está rota. Washington y Pekín no solo compiten con misiles y fuerzas convencionales, sino en los pliegues invisibles del ciberespacio, el diseño de semiconductores, el dominio espacial y los algoritmos de inteligencia artificial.
Si aspiramos a evitar una confrontación catastrófica, en el marco de las diferencias naturales entre Washington y Pekín, se debe trabajar intensamente para cimentar una relación bilateral sobre cuatro premisas básicas:
1-El reconocimiento de la vulnerabilidad mutua.
Estados Unidos se ha resistido, de manera histórica, a admitir explícitamente una condición de Destrucción Mutua Asegurada (MAD) con China, temiendo debilitar las garantías de seguridad que ofrece a sus aliados en Asia. Sin embargo, el rápido crecimiento del arsenal chino ha convertido esa ambigüedad en un factor de desestabilización. Pretender la invulnerabilidad absoluta genera en Pekín el temor a un ataque preventivo o a una coerción irresistible, alimentando una carrera armamentista sin fin. Aceptar la vulnerabilidad mutua no es síntoma de debilidad, es el primer paso del pragmatismo en unas relaciones complejas de dos potencias geoestratégicas.
2- Gestionar la velocidad de la inteligencia artificial y los nuevos dominios tecnológicos.
El mayor peligro de una escalada militar hoy no radica en una orden previa y deliberada de atacar, sino en un error de cálculo impulsado por la tecnología. La integración de la inteligencia artificial en los sistemas de mando y control militar amenazan con reducir los tiempos de respuesta a una fracción de segundo, despojando al liderazgo político de la capacidad de pausar y deliberar. Firmar compromisos explícitos para mantener el juicio humano en la cadena de mando y establecer reglas de no interferencia en los satélites de alerta temprana y la infraestructura cibernética nuclear son urgencias de supervivencia global, no lujos diplomáticos.
3- La trampa del «desacoplamiento total.»
En el ámbito geoeconómico, la retórica política del desacoplamiento drástico es un pésimo cálculo estratégico. Cuando dos potencias entrelazadas cortan todos sus lazos comerciales y tecnológicos, eliminan el costo de oportunidad que impone la guerra. Si China y EE. UU. no tienen nada que perder económicamente el uno del otro, el incentivo para la contención desaparece. En el mundo interconectado y globalizado de hoy, esto no es nada fácil de ejecutar. Ambas potencias lo saben.
4- La diplomacia de crisis frente a la tentación de la opacidad.
Pekín ha privilegiado históricamente la opacidad estratégica como una forma de equilibrar la superioridad militar estadounidense, mientras que Washington exige una transparencia inmediata que China interpreta como espionaje deliberado. Romper este círculo vicioso requiere canales de comunicación militar a militar (teléfono rojo) que permanezcan abiertos sin importar el clima político de la coyuntura.
La comunicación en momentos de crisis no debe utilizarse como una recompensa que se otorga o retira según el estado de ánimo diplomático; es el cinturón de seguridad que evita que un roce naval en el mar de China Meridional o en el estrecho de Taiwán se convierta en una conflagración regional.
La gran tragedia de la política internacional contemporánea sería asumir que el conflicto es un destino trágico e inevitable. Ni Estados Unidos va a lograr contener indefinidamente la proyección china, ni China podrá desplazar del todo la red de alianzas y la influencia global de Washington.
El verdadero reto de hoy no es predecir la próxima guerra entre grandes potencias, sino diseñar los mecanismos políticos y diplomáticos que la impidan. La estabilidad estratégica del siglo XXI no está garantizada, será distante, tensa y permanentemente negociada. Pero si se logra institucionalizar la competencia bajo reglas claras, podríamos evitar que la trampa de Tucídides se materialice, con graves consecuencias para toda la humanidad.
(*) Politólogo/Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
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