Columnistas

Formas de no pensar

caricatura5Por: Sebastián de la Nuez / Junio 2013

Todas las discusiones, proclamas, normas, disertaciones y reacciones en torno a lo que por lo común llamamos libertad de expresión convergen en una sola idea: la noticia es un valor que repercute. La información que encierra cada titular es un arma poderosa para el bien o para el mal. Nunca es aséptica. No hay noticias envasadas al vacío. Su contexto se delata aun cuando no esté expresado con palabras. Las noticias tienen un ámbito, una estela, un enjambre de hechos alrededor. Nunca vienen solas. Llegan, te estremecen, te preocupan, te alarman o te movilizan. O te pasan por el lado dejándote indiferente, lo cual, por lo general, no es culpa del receptor sino de la forma en que son transmitidas las noticias. La plataforma es importante. El empaque es importante. La historia contada como debe ser es importante.

Hay una premisa al hablar sobre libertad para construir noticias y transmitirlas sin cortapisas en la Venezuela actual: los militares no saben lo que es libertad de expresión. No están hechos de esa materia. No saben lo que es seleccionar. No saben lo que es elegir. Y cuando se trata de noticias, el ser humano está eligiendo todo el tiempo: elige si lo impacta o no su contenido o sus eventuales consecuencias; elige, incluso, si aquello que está leyendo, viendo o escuchando es digno de creerse o no. Eso no va con la mentalidad militar. Al menos, no con aquellos militares formados dentro de la doctrina más cerrada, quizás la más tradicional en Latinoamérica. El militar no está hecho para recibir un cúmulo de informaciones. Está hecho para recibir la información pertinente que le permitirá ejecutar determinada orden. Por supuesto, hay excepciones.

La libertad de expresión viene de la mano con el ejercicio de ciertas virtudes ciudadanas. No es una autopista en un solo sentido. Hay unos individuos dedicados, por oficio o por vocación, a generar informaciones a partir de dinámicas sociales, hechos accidentales o procesos económicos y/o políticos que siguen según sus propias herramientas y normas o conforme a una escuela. Generalmente, a esos señores los llaman periodistas, pero también analistas o articulistas. Ahora ha surgido la categoría de «infociudadano». Pero a lo que iba: son individuos sobre los que recae, mayormente, la responsabilidad de hacer circular la información, digamos, la más común, la que alcanza cierta solicitud en las principales ciudades del país, por colocar el asunto dentro de unos límites geográficos. Puede hablarse de un sistema. Aunque esto es mejor tema para comunicólogos, este sistema necesita una balanza, un equilibrio, una voluntad tácita de consenso en torno a unos entendimientos fundamentales. Y necesita virtudes en los ejecutantes de lado y lado. Porque siempre hay varios lados alrededor de una noticia. Como los hay alrededor de un medio de comunicación. O de una red social.

La necesidad del equilibrio implica valores y virtudes compartidos, o al menos cercanos, entre los actores del sistema. A partir de esos valores y virtudes se logra un clima para el libre juego de las opiniones y para la mejor circulación de noticias plurales, variopintas y aun contradictorias bajo el principio de que ya el receptor sabrá obtener sus propias conclusiones, eligiendo aquellos contenidos que juzgue más verosímiles. El profesor español Ángel Rodríguez Luño redondea esta idea así: «Las virtudes son necesarias para perfeccionar la libertad, porque quiebran en buena parte esa cierta indiferencia de la voluntad, que se ve, además, solicitada por los bienes aparentes que le presentan las personas desordenadas. Aunque la libertad esencialmente no puede perderse nunca, disminuye por el pecado y se acrecienta por la virtud.»

El caso Venezuela revela una ecuación, de entrada, que complica las cosas: a mayor afán de poder, de perpetuarse en el poder y burlar la voluntad del electorado, menores virtudes en juego, y por lo tanto, mayor desbalance, mayor desequilibrio.

El sistema roto o el desequilibrio en acción (entre teoría y virtud, entre un lado de la noticia productor de hechos, Estado-Gobierno, y los clusters de información que intentan actuar en libertad) es revelado de manera sistemática por el Instituto Prensa y Sociedad, de reconocida solvencia en la tarea de documentar los casos contra el pleno ejercicio del periodismo, que es, como se sabe, el mayor baremo para medir eso que genéricamente llamaríamos grado de libertad de expresión con el que cuenta un pueblo para verse, contarse y examinarse a sí mismo.

Dice el Ipys que las acciones de intimidación, las agresiones y amenazas de investigación penal contra periodistas han marcado el panorama en Venezuela durante los primeros seis meses de 2013. Reportó este instituto, del primero de enero al 26 de junio de 2013, 170 alertas, lo que significa un aumento de 47% de los casos en comparación al mismo lapso del año 2012, que registró 90 incidentes.

Una conclusión clarísima: hay violencia contra la Prensa acicateada desde el alto Gobierno. Las diversas modalidades de violencia se han sofisticado. El Ipys mantiene corresponsales en ocho regiones diferentes del país. No caben todas las incidencias acumuladas y denunciadas en este espacio (por eso, el lector puede visitar la página respectiva del Ipys), pero baste Zulia como ejemplo. Allí, en lo que va de año, se han registrado detenciones arbitrarias, procesos judiciales (o amenazas de emprenderlos) contra periodistas que no han prosperado; amenazas de muerte dirigidas a equipos reporteriles de medios privados; intimidaciones a medios asociados a la televisión por suscripción. «Además, llamó la atención el entorpecimiento de la labor periodística durante el proceso electoral más reciente», reporta el corresponsal.

En todas las regiones se reportan restricciones de acceso a la fuente oficial, especialmente en lo que atañe a informaciones de sucesos y salud.

El Gobierno del PSUV ha logrado el desequilibrio como norma. Que los medios privados se queden en la antesala de los ministerios o de cualquier ente oficial se ha hecho reglamento, ley no escrita ni aprobada. A ellos no se les declara. No son invitados a las ruedas de prensa. Claro que esto está cambiando, tras los acercamientos del Gobierno de Nicolás Maduro a los medios bajo la excusa de llamarlos a la reflexión. En realidad la jugada oculta mucho más. Han sido noticia últimamente, por cierto, las ventas de grandes marcas de TV y Prensa hasta ahora críticos o moderadamente críticos. Pero esto es materia como para otro artículo.
En todo caso, hay, las ha habido durante catorce años, opacidad y represalia como reglas ante la expresión independiente de ciertos medios de comunicación, de ciertos periodistas y/u opinadores.

Los profesionales dedicados a recoger y hacer circular información puede que cometan desequilibrios, y aun abusos, en el ejercicio de sus funciones. Son, quizás, errores aislados. Pero el Estado-Gobierno tiene el desequilibrio por política. Jamás es una reacción aislada y espontánea. No. Siempre es forma de ser y ejercer el poder. Forma y costumbre para no pensar. En definitiva, forma y política de no dejar pensar.

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