Columnistas

Los jóvenes derrotamos a Chávez (y nuestro rol en el presente)

1354800800_extra_bigPor: Freddy Guevara / 13 de febrero de 2014

Antes de 2007 la participación activa y masiva de los jóvenes en la política nacional era un sueño; es común escuchar “los jóvenes son el futuro”, pero ese año las calles gritaron tan fuerte que los jóvenes nos convertimos en el presente y la esperanza llenó las venas de todos los venezolanos. Contra todo pronóstico, cálculo y “sentido común”, logramos impulsar la única derrota que Hugo Chávez se llevó a su tumba. Los falsificadores de la historia y creadores de mentiras podrán inventarle cualquier título rocambolesco, pero jamás podrán llamarlo “el invicto”.

Ahora bien, lo que ocurrió después no es secreto para nadie. A pesar de los grandes esfuerzos y sacrificios, y de haber conseguido varias conquistas importantes, nadie puede decir que con las victorias obtenidas o la desaparición de Hugo Chávez se acabó el problema. Hoy más que nunca queda demostrado que no nos enfrentábamos a un hombre con poderes sobrenaturales, sino a todo un sistema opresivo y corrupto cuya única misión real es mantener los intereses y privilegios de una cúpula política, económica y militar en el poder. Un sistema que está dispuesto a hacer todo lo que tenga que hacer para mantenerse… mientras se lo permitamos.

No soy creyente de mesianismos personales ni generacionales, la salida de esta trampa sólo será conquistada cuando cada uno de los actores, líderes, sectores y movimientos asuma su respectivo sacrificio y rol histórico en la lucha por la libertad. Sin embargo, creo firmemente que así como quedó demostrado en el 2007, los jóvenes tenemos un rol fundamental que desempeñar en los tiempos que debemos hacer venir.

Si la inconformidad, innovación e irreverencia intrínseca de los jóvenes son necesarias para el desarrollo de la humanidad, en la Venezuela de hoy, más que necesarias, son urgentes.

Inconformidad, porque no podemos permitir que los venezolanos se resignen a vivir en una Venezuela de miedo, frustración y deterioro, en la que tengamos que “celebrar” que haya llegado la leche o la harina pan; a que estamos destinados a enfrentar con desventaja, represión e injusticia cada proceso político y electoral; o seguir permitiendo que el liderazgo democrático (incluyéndome e incluyéndonos) no esté a la altura del momento histórico que vivimos.

Innovación, porque no podemos seguir actuando con locura, tal como la definía Albert Einstein: seguir haciendo lo mismo, esperando resultados distintos. Si en el pasado aprendimos que los atajos inconstitucionales y anti políticos no son la vía, ya es hora de también aprender que no estamos enfrentándonos a una democracia y por ende que la salida no es exclusivamente partidista y electoral (y no por ello abstencionista, violenta e inconstitucional, tal como el Gobierno quiere hacernos ver y algunos en la oposición se han creído). La salida, a través de cualquier mecanismo constitucional y democrático, es la resistencia no violenta: la movilización masiva, irreversible, disciplinada y no violenta que despoja al Gobierno del apoyo y la obediencia popular que necesita para mantenerse en el poder.

Sin duda, una acción de ese tipo requerirá no sólo ampliar nuestra mayoría, sino también lograr conseguir la confianza de las bases de apoyo del sistema y de los actores necesarios, demostrándoles que nuestra lucha es justa, y que nuestra victoria no será su aniquilación o la de sus ideas, sino que por el contrario, será por la construcción de un nuevo sistema en el que sus ideas, derechos y aspiraciones no dependan de la simpatía o el favor de quienes estén en el poder.

¿Son ideas contradictorias?, en lo absoluto: cuando fuimos estudiantes demostramos que podíamos ser firmes en la calle y en la exigencia de nuestros derechos y a la vez ganar el corazón y la voluntad de los millones de venezolanos que hicieron posible la victoria del NO y el respeto al resultado. A pesar de que haya quienes quieran hacer ver a la exigencia de derechos en la calle como algo excluyente del diálogo, la experiencia de 2007 nos recuerda que calle y reconciliación pueden ir de la mano, pero que diálogo sin calle no trae resultados ante este tipo de gobiernos.

Y esto me lleva al último tema: la irreverencia, porque ahora no sólo toca seguirnos revelándonos frente a un sistema opresivo, injusto e ineficiente, sino que también nos toca ser irreverentes frente a las ideas y acciones que desde nuestra acera, consciente o inconscientemente, con buena o mala intensión, legitiman al Gobierno y refuerzan el status-quo del sistema de dominación actual.

Sé que el trayecto ha sido largo, y sé que muchos han perdido la esperanza, pero jamás olvidemos que en peores condiciones, contra un liderazgo mucho más fuerte y sin que aún existiera un espacio como la Mesa de la Unidad, logramos derrotar al sistema en su intento de reformar nuestra Constitución y, por sobre todas las cosas, demostrar la fuerza de la esperanza, la convicción y la voluntad. ¡Lo vamos a lograr!

 

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