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El desafío de la Tropa

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Ganador del 1er Concurso de Ensayos y/o Fotografía de PolitiKaUcab: Una mirada a la protesta.

Mayo/junio 2014

Autor: José Rolán

Estudiante del 8vo semestre
de Comunicación Social – UCAB

 

El desafío de la Tropa

En la consolidación de sistemas políticos, las élites gobernantes aspiran a normar los distintos elementos del corpus social mediante acciones de índoles semántica, política, económica, cultural y social. Todo este proceder tiene como principal objetivo legitimar el origen y los actos inherentes al sistema, es decir, aumentar la aceptación y reconocimiento de los gobernados para ampliar sus bases de sustentación.

A partir del fallecimiento del expresidente Hugo Chávez, la Revolución Bolivariana entró en un proceso de relegitimación centrado en la transferencia de capital político por parte del mentor del “Socialismo del siglo XXI” a su sucesor Nicolás Maduro Moros. Este cambio de mando suscitó un gran viraje con respecto al ejercicio del poder por parte del Gobierno venezolano.

Estas modificaciones fueron instrumentadas por medio de cuatro herramientas centrales: el aparato represivo del Estado, la difusión ideológica a través del Plan de la Patria, la implementación de la nueva geopolítica del Poder Popular Comunal y muy especialmente la figura del fallecido mandatario. El empleo de estos elementos por parte del Gobierno tiene distintos objetivos: el aumento del control social, la sustitución de la democracia liberal por un modelo centralizado y estatista y la manipulación del imaginario popular con el fin de incentivar el mito del primer presidente obrero chavista (planteamiento coherente para el militante revolucionario).

En este contexto, las protestas que iniciaron el 12 de febrero constituyen manifestaciones de desviación social, es decir, “la no conformidad a una norma o a una serie de normas dadas que son aceptadas por un número significativo de personas de una comunidad o sociedad” (Giddens, p. 151). ¿Qué normas? Las del nuevo sistema valorativo revolucionario anteriormente descrito. La élite que obtuvo el poder en 1998 ha pretendido instaurar una nueva ideología dominante. No obstante, este marco ideológico “chavista” se ha encontrado con lo que Gramsci denominaría movimientos contrahegemónicos, los cuales han mellado el proyecto bolivariano.

Ahora bien, estas manifestaciones de desviación social tienen un origen multifactorial que abarca los distintos espacios de la vida colectiva. Resalta aquí la profunda crisis económica que atraviesa la nación y que acentuó mucho más los conflictos sociales ampliándolos hasta la frontera de la anomia y la ingobernabilidad.

Precisamente, la amplitud causal y la diversidad expresiva de las manifestaciones resultan ser retos interesantes a la hora de abordar esta fenomenología desde una perspectiva más integral. Antes de describir las protestas, se debe hacer una reflexión crítica de sus motivaciones gestadas en la dinámica de la interacción social. De igual manera, existe la necesidad de establecer analogías con respecto a otros procesos de manifestaciones en la región con el objetivo de insertar la conceptualización de la protesta venezolana en un contexto global.

Sin el Maquiavelo de la boina 

Se planteó al inicio de esta discusión que a partir del fallecimiento del presidente Chávez, el Ejecutivo había efectuado un proceso de reingeniería en cuanto a su estructuración y procedimientos. “El gobierno de eficiencia en la calle” (un modus operandi mediático) abrió la brecha de una nueva forma de detentar y ejercer el poder por parte de Nicolás Maduro y su gabinete.

A propósito de lo explicado, Jorge Gelman (2009) en su libro Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los estancieros, describe la modalidad de dominación que ejecutó el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas a mediados del siglo XIX cuando conformó su sistema político. Este modelo es designado con el vocablo “bonapartismo” o “cesarismo”. A continuación se presenta su definición:

“Se podría decir que recién en ese momento(1838-1840) se fortalece un proceso de creciente autonomía del Estado en relación con las élites, un sistema que se asemeja a lo que se ha llamado ‘Cesarismo’ o ‘ Bonapartismo’, que se apoya cada vez más en una organización estatal poderosa con capacidad de reclamar el monopolio de la coerción y ejercerlo, a la vez que al alejarse de las élites, debe apelar más fuertemente a fuentes de poder alternativo entre los sectores populares, los grupos de ‘indios amigos’ y en especial a redes clientelares muy cercanas al propio gobernador, cuyo lugar en el esquema de poder se define por esa relación personalizada, por los servicios prestados en la defensa del federalismo rosista y no por su simple pertenencia a un determinado sector social o político”. (p. 13).

Guardando diferencias epocales, es posible designar al chavismo como una versión de bonapartismo o cesarismo sobre la base de los elementos expuestos anteriormente. Uno de los ardides utilizados para fomentar la conformidad (seguimiento de normas dictadas por la Revolución Bolivariana) es precisamente el diseño de programas clientelares que le garanticen el respaldo de  un significativo número de habitantes de sectores populares a la gestión de Maduro.

Por su parte destaca aquí el autoritarismo como ejecución de poder. De este caso existen numerosos ejemplos históricos, de reiterada frecuencia en los regímenes militares. La administración Perón, para ilustrar con mayor precisión, es similar con respecto a la intencionalidad del chavismo de generar un Estado corporativista que asimile a toda la sociedad y concentre todo el poder.

Por otro lado, destaca en el cuadro político la sustitución del Estado Liberal Democrático (conocido en la jerga de las corrientes marxistas como Estado Burgués) por una República Comunal. En otras palabras, se pasa de un sistema político calificado constitucionalmente como descentralizado y conformado por municipios y estados a un nuevo paradigma organizativo que defiende a las comunas y al autogobierno como pilares fundamentales del Plan de la Patria.

Todo este conjunto de consideraciones políticas están vinculadas a las protestas y a sus motivaciones. Principalmente, porque la ausencia de independencia de poderes es una de las banderas que enarbola el movimiento social disidente en Venezuela. Estos grupos políticos y sociales repudian la creciente concentración de poder por parte del presidente de la República.

Destaca, además, la designación de militares en cargos de relevancia y la proscripción de facto de algunos derechos constitucionales, como lo es el mismo derecho de protestar frente a la autoridad. El aparato represivo del Estado y paraestatal se convierten ahora en fuente esencial de dominación y control político y social.

El ensamblaje de todo este cuadro político brevemente esbozado ha alimentado la protesta y al mismo tiempo la ha inhibido y reducido. Las calles venezolanas claman por la democratización de la República y son silenciadas por el ensordecedor golpe de una geopolítica extraconstitucional gestada para sofocar cualquier desviación social con respecto al fin revolucionario.

Sobre la mitología revolucionaria 

Recurso esencial para ganar el conflicto es lo que Bourdieu llamaba “capital simbólico”, es decir, reconocimiento o aceptación por parte de la población de los mensajes emitidos por los agentes en conflagración. La disputa por capital simbólico es una lucha perceptual, semántica, ideológica. Se trata de lograr imponer una visión de los hechos.

En este ámbito, el Gobierno ha calificado de violentas las manifestaciones suscitadas a partir del 12 de febrero. Además, ha intentado posicionar el término “fascismo” como epíteto para referirse a los “contrarrevolucionarios” y configurar de cara a los militantes chavistas la imagen de asesinos intolerantes dispuestos a todo para ponerles punto final a la Revolución, al legado del Comandante Chávez y a todas sus filas de leales.

A propósito de esta afirmación, Pablo Giussani (1984) describe al grupo extremista de izquierda argentino Montoneros y asevera lo siguiente:

“El narcisismo revolucionario necesita, en adición a su imagen, situaciones exteriores que la justifiquen. Su obsesiva visualización de la realidad como fascismo responde a la urgencia por disponer de un contorno de estímulos a los que solo pueda responderse con conductas iconográficamente satisfactorias, con movimientos fijables en un póster de tema heroico. En otros términos, el narcisismo revolucionario necesita, de un modo visceral y componente de su propia identidad, situaciones de violencia. Violencia practicada y violencia padecida. Heroísmo y martirio”.  (p. 47).

En el fragmento confluyen distintos aspectos constitutivos de la mitología revolucionaria. La imperiosa necesidad de redimir la imagen del mártir revolucionario defensor de las masas empobrecidas ha llevado al Gobierno a orquestar todo su aparato comunicacional en función de producir una narrativa en la cual los oficialistas son supuestamente víctimas de la violencia fascista; así como calificar a las legítimas protestas como “guarimbas de clases pudientes”.

Nada de lo descrito es accidental: toda la praxis gubernamental se corresponde a una configuración ideológica. Ese contraste social es propio de la lógica de la lucha de clases, patrimonio indiscutible de la lógica revolucionaria. Es un intento de minimizar demandas legítimas para circunscribir las manifestaciones a expresiones de intereses de una supuesta burguesía antinacional y servil al imperialismo norteamericano.

Mientras tanto, la oposición utiliza reducidos espacios en la plataforma 2.0 para difundir sus mensajes que relatan los severos problemas que atraviesan los venezolanos. Con impacto muy reducido y sin una coherencia y cohesión en su sistema de mensajes claves, la oposición aspira a contrarrestar el posicionamiento que el Gobierno pretende crear en torno a la disidencia. De igual manera, por esta vía se informa a la colectividad sobre las violaciones a los derechos humanos y las próximas acciones de calle a tomar. 

El Foro Rojo 

En una entrevista realizada por el periodista argentino Jorge Lanata, el sociólogo Zygmun Bauman expresó que “básicamente, el poder que influye en el presente, el poder que condiciona nuestra prosperidad, funciona en un nivel global”. Desde un principio se manifestó que era preciso situar la protesta venezolana en un marco un tanto más globalizado y proponer el esfuerzo de hacerla trascender sus barreras espacio-temporales.

A finales de la década de los 80, cuando la URSS sellaba su definitiva decadencia, en América Latina empezaba a gestarse el intento de articular a las izquierdas del continente con el propósito de combatir al capitalismo y la nueva hegemonía norteamericana. El Foro de Sao Paulo congregó a partidos comunistas, socialistas, obreros y movimientos antiimperialistas desde Río Bravo a Tierra del Fuego bajo la premisa de unificar esfuerzos para tomar el poder democráticamente por la vía electoral.

En ese sentido el Foro de Sao Paulo fue evidentemente exitoso: gran parte de las naciones latinoamericanas han sido gobernadas en la última década por organizaciones que integran esta red izquierdista. No obstante, se debe resaltar que pese a los puntos en común (lucha antiimperialista, rechazo al neoliberalismo) la coalición continental es amplia y diversa en cuanto a su espectro ideológico.

Se trae esto a colación debido a las similitudes existentes entre gobiernos militantes de la causa del “Foro Rojo”, más específicamente los de Argentina, Brasil y Venezuela. Desde el punto de vista político, en los tres casos existió una pretensión muy visible de transferir capital político por parte de los mentores (Néstor Kirchner, Lula Da Silva y Hugo Chávez) a los sucesores o “elegidos para continuar la senda de transformaciones” (Cristina Fernández, Dilma Roussef y Nicolás Maduro).

Estos países han atravesado coyunturas de inestabilidad (en diferentes grados) y épocas de protestas debido a la ausencia de liderazgo propio de sus mandatarios. Estos tres presidentes recurren a las imágenes de sus predecesores carismáticos para obtener dividendos políticos, lo cual no es más que la constatación de una imperiosa dependencia.

Además, la inversión social y las amplias transferencias de renta a sectores desfavorecidos mediante planes gubernamentales son para los tres casos las fuentes de respaldo a la gestión del Gobierno. Sin embargo, la insatisfacción de demandas sociales, mayormente provenientes de los estratos medios, ha desembocado en episodios de confrontación y aumento de protestas callejeras en contra del desempeño de la administración pública.

Esta comparación busca resaltar que actualmente Argentina, Brasil y Venezuela están atravesando coyunturas de descontento, agitación y protesta social. No obstante, se debe destacar que las intensidades son distintas, así como el tratamiento que le ha dado cada uno de estos gobiernos a las señales de rechazo.

Cerraron los cuadernos y abrieron las calles 

En 2014, al igual que en otros momentos históricos, los estudiantes se convirtieron en el sector social que lideró las protestas. Específicamente, el estado Táchira fue el epicentro del ciclo de manifestaciones. En esa región detonaron fuertes acciones de calle a raíz de abusos de autoridad y violación de derechos a jóvenes universitarios.

No obstante, sería el 12F la fecha en la que se nacionalizó la protesta. Este día coincidieron los estudiantes con sus exigencias al Estado sobre mejoras en las condiciones de vida y la solicitud de renuncia al presidente de la República por parte de algunos sectores de la Mesa de la Unidad Democrática, entre los que se encontraban Voluntad Popular, Antonio Ledezma y María Corina Machado. “La Salida” fue el parto de una expresión de descontento que se materializó en las grandes ciudades de Venezuela.

Se podría decir que esta combinación de elementos, mensajes y lógicas discursivas les pudieron haber restado efectividad a los planteamientos que cada una de las partes formulaba públicamente. Es una crítica válida, pues había significativos sectores populares que desconocían el motivo de la protesta en concreto: si se organizaba con el fin de hacer que Maduro dimitiera o para que se resolvieran problemas nacionales que perjudicaban a la colectividad.

Los integrantes del Movimiento Estudiantil han declarado en reiteradas ocasiones su objetivo: “Democratizar a Venezuela y reconciliar al país”. Una finalidad que ha dictado distintas estrategias para lograrlo que van desde la solicitud de renovación de los Poderes Públicos que tienen sus períodos vencidos hasta el desarme de grupos parapoliciales afectos al oficialismo y que han atacado las manifestaciones juveniles en conjunto con los cuerpos del Estado.

Cabe destacar que enarbolar la bandera de la reinstitucionalización del sistema político es una muestra de la madurez de la dirigencia estudiantil. Situar la Constitución como norte es un principio que contrarresta la acción negativa de algunos grupos que pregonaban la antipolítica y soñaban con alguna asonada militar o una intervención extranjera.

Los estudiantes comprendieron que el compendio de transformaciones que requería el país se podría materializar en un mediano o largo plazo y no cedieron ante la inmediatez o el desespero. Incluso tuvieron la fuerza para ejercer presión sobre otros factores de oposición que se vieron en la necesidad de moderar su discurso y enfocarlo más en problemas económicos y en la liberación de los presos políticos.

La economía lacerada 

Sin duda alguna, el agravamiento de la crisis política se debió en gran parte a distorsiones macroeconómicas de inmensas magnitudes. Todos los indicadores emitidos por el Banco Central de Venezuela constatan el debilitamiento de la economía y el sector productivo venezolano. Inflación de 56% en 2013 y promedios de escasez que rondan el 30% son sinónimos de grandes penurias que enfrenta la población en su cotidianidad.

El resultado de 15 años de persecución al sector privado se ha traducido en extensas colas para adquirir los productos básicos, así como la inocultable existencia de anaqueles vacíos. La ausencia de competitividad, de una oferta robusta de bienes y servicios, impacta negativamente en la calidad de vida de los venezolanos. De hecho, las últimas encuestas revelan que la inseguridad (problema principal para la mayoría desde 1998) ha sido desplazada por la escasez como la peor dificultad con la que lidia la sociedad.

En el último trimestre de 2013, el Gobierno pretendió solventar los problemas estructurales que posee la economía venezolana a través de una agresiva campaña mediática. “La Guerra Económica” fue un ardid comunicacional y político utilizado por Maduro para hacerse con la mayoría de alcaldías y votos en las elecciones municipales del 8 de diciembre de 2013. La fiscalización excesiva y fijación ficticia de precios en el último trimestre repercutieron negativamente al mercado.

La situación de la economía venezolana en el gobierno de Maduro es un tópico del cual es posible escribir numerosos ensayos y con información más especializada. Para los fines del análisis de la protesta en 2014, es relevante aseverar que este ha sido uno de los factores determinantes en el incremento del malestar y la agitación social. 

El desafío de la Tropa 

El argot militar está muy internalizado en los seguidores de la Revolución Bolivariana, tanto así que muchos se autodenominan “Tropa”. La desaparición física de su líder, aquel portador de carisma que cautivaba al pueblo, ha generado implosiones dentro del propio chavismo que ponen en riesgo la continuidad del modelo en los términos bajo los cuales Chávez conducía la Nación.

Por otro lado, el Movimiento Estudiantil debe cobrar todavía más conciencia del rol histórico que desempeña en esta crisis nacional. Los dirigentes universitarios deben conformar un muro de contención que aleje a la antipolítica mesiánica y mágico-religiosa. No son pocos los deseosos de participar en aventuras inmediatistas que pongan en mayor peligro la ya erosionada estabilidad social. La juventud debe ser enfática en la reconquista de los derechos fundamentales, en la institucionalización del país, en la construcción de democracia. Desviar esa lucha sería un error provocado por la incomprensión del momento.

Las grandes dificultades que se presentan para continuar la lucha son el aumento desmedido de la represión y la contracción del espacio público para ejercer lo que Habermas denominaba “acción comunicativa”. El Gobierno impulsa una aguda polarización para eludir la actividad dialógica inherente a todas las sociedades democráticas en donde la política es un instrumento para administrar el conflicto social natural.

En consecuencia, el establecimiento hegemónico de los mensajes del Ejecutivo dificultan las actividades de los partidos y dirigentes opositores y sus intentos por entablar contacto con las bases populares que disienten del chavismo. Sin duda alguna, cada día hay más sectores sociales que inician acciones de protestas. El mayor reto es articular a todos estos grupos y movilizar el descontento en función de que Maduro disminuya su asedio a las libertades básicas.

Finalmente, en Venezuela hay un sistema político gravemente afectado por sus profundas contradicciones. La interacción social ha sido desconectada en sus numerosos nodos para que los valores tradicionales y sus ideologías ya no sean más replicados. El país con las reservas petroleras más grandes del mundo carece de esquemas normativos, de referentes valorativos; la nación como elemento cohesivo está en fase de amputación.

Para todos los seguidores del expresidente Chávez (millones de venezolanos) mantener su proyecto en pie se está tornando una quimera. El complejo cuadro social, económico y político motiva al modelo a mostrar sus reflejos autoritarios. Entonces, la militancia chavista debería reflexionar sobre qué enmiendas podrían introducirse en el Socialismo del Siglo XXI para propiciar la confluencia de un clima democrático de entendimiento, un entorno productivo y de crecimiento y la preservación de la defensa de la justicia social como pilar fundamental ideológico. Ese es un mensaje para todos ellos; ese es el desafío de la Tropa.

Fuentes Consultadas:

  • Gelman, J. (2008). Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión. Sudamericana: Buenos Aires.
  • Giddens, A. (1982). Sociología. Alianza Editorial: Madrid.
  • Giussani, P. (1984). Montoneros: La soberbia armada. Sudamericana: Buenos Aires.
  • Lanata, J. (2012). 26 Personas para salvar al mundo. Sudamericana: Buenos Aires.

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