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Trabajo Especial: Alarma en la frontera

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Elsa Cardozo – 31 de agosto de 2015

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La frontera es ese ámbito en el que no solo se diluyen los límites entre nacionalidades y países, sino la distinción entre las políticas nacionales, tanto interior como exterior. Cuánto más viva es la vida fronteriza, más necesaria es la concertación entre los vecinos, en todas las escalas y ámbitos, para potenciar lo positivo de la intensa interdependencia y para hacer manejables, hasta reducir a su mínima expresión, los aspectos más oscuros de un espacio que puede ser fértil para la cosecha de ilícitos de toda naturaleza.

En la actual crisis en la frontera que Venezuela comparte con Colombia se conjugan los aspectos más negativos de la disolución de límites con la ausencia de concertación de políticas. No es un asunto que apenas perturba la periferia de dos países: es un problema de fronteras, en todos los sentidos de lo fronterizo. De allí la alarma entre quienes viven de cerca la gravedad de la situación y entre los gobiernos, organizaciones internacionales y no gubernamentales que la comprenden y así lo han manifestado. De allí también la necesidad de resonar esa alarma para quienes aún no la escuchan.

Aun si el incidente del 19 de agosto en torno a cuyas circunstancias hay tantas dudas hubiese tenido la gravedad que el gobierno venezolano le atribuyó, la decisión de cierre indefinido de las fronteras que ya se extiende a diez municipios es una respuesta tan desproporcionada e ineficiente como abigarrados han sido los discursos, motivaciones y justificaciones que han acompañado al decreto de estado de excepción y a la arbitrariedad prevaleciente en las medidas de desalojo, deportación y expulsión de colombianos. Es así como, ante el primero y principal participante de la vida fronteriza, la reacción del gobierno venezolano ha sido esencialmente inhumana, por las adjetivaciones ofensivas y por los inocultables excesos de los procedimientos empleados, en violación del marco legal nacional e internacional en materia de derechos humanos.

Nada de lo dicho niega que esa frontera es problemática, que si en ella se multiplican las posibilidades de lo mejor de la integración, también crecen las amenazas de consolidación de una suerte de “tierra incógnita” en la que reina lo ilegal, domina lo delincuencial y se diluye lo más esencial de la institucionalidad. Pero hay buenas razones para poner el foco de atención sobre el lado venezolano de la frontera, desde donde por acción y omisión se han venido alimentando esos peligros desde hace tres lustros. La larga lista puede resumirse en tres conjuntos de incentivos perversos que se refuerzan entre sí: la economía de regulaciones, subsidios y control cambiario que alienta operaciones de toda índole al margen de la ley; las actitudes gubernamentales ambivalentes, cuando no justificadoras de la insurgencia guerrillera y su violencia, mientras que las acusaciones concentradas en los paramilitares y sus alianzas transfronterizas nunca han sido debidamente investigadas; todo ello agravado por el silenciamiento o descalificación gubernamental de las graves denuncias de corrupción que manchan a quienes deberían ser guardianes de la seguridad pública en la frontera. Ante ese cuadro, casi sobra decir que los mecanismos acordados binacionalmente hace cinco años para atender binacionalmente los asuntos económicos y de seguridad dejaron de funcionar hace un buen tiempo.

A lo anotado sobre las opacidades que cubren la frontera se suma lo que la crisis actual revela sobre el presente político venezolano. En ella se mezclan la política nacional y la exterior de un Gobierno que afronta graves dificultades económicas pero no está dispuesto a asumir la responsabilidad de los ajustes necesarios; que ha perdido los apoyos requeridos para mantener el control de la Asamblea Nacional y se resiste a aceptar que el proceso electoral sea objeto de observación internacional integral; que no habiendo sabido frenar la escalada de inseguridad ciudadana que azota a Venezuela ensaya operativos tan aparatosos y violentos como ineficientes.

En suma, la alarma que se encendió en la frontera suena y resuena en toda Venezuela, en esa otra frontera donde la democracia se disuelve.

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