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El gran mito

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José Bucete – 22 de enero de 2016

A lo largo de la historia mundial, los seres humanos han tenido la necesidad de ir creando figuras que trasciendan en el tiempo, simple seres humanos, mortales, convertidos en inmortales.

Durante mucho tiempo el gobierno ha creado en el imaginario de todos los venezolanos cuentos de cuentos para trasladarnos a las famosas historias mitológicas que conocemos de la antigua Grecia o del bien añejado imperio romano.

La creación de personajes, la magnificación de escenarios, de anécdotas. Elegir con pinza fina momentos que, por muy cortos, parecen ser el epicentro de un gran evento. La inmortalidad de momentos, la misma inmortalidad de personajes, han sido durante estos años de gobierno revolucionario aspectos claves de lo que vivimos hoy en día,CKs_83WWUAA0hk7 a pesar de estar atravesando la crisis más grande de nuestra historia contemporánea, crisis que por demás va en todos los sentidos: económica, política, social (acentuado en la carencia de valores éticos y morales que mueven y encuentran a una sociedad). Retratar en todo sitio imágenes relacionas al líder, sus frases “memorables”. Llegar al punto de compararlo con la gesta del Libertador Simón Bolívar o, peor aún, llegar a catalogar al líder como “supremo”, no solo para la exaltación, sino para llegar a la comparación con el único ser realmente supremo: Dios. Tanto es el afán de exaltación que luego de muerto, aún el líder “vive”.

Ni se diga del mesianismo redentor, donde gracias al líder hoy tengo lo que tengo, poco, mucho, bueno o malo, al final debo agradecerle: si ocurrió algún cambio sustancial en mi vida, no es porque yo pude superar las barreras y soltar las ataduras que me impedían avanzar y progresar, no, es solo una cuestión de que “gracias” al líder pude hacerlo, cuando no es que me dio lo que ahora tengo. Si se está en un momento de gran abundancia, no es gracias a la providencia y proveeduría de Dios que nos ha alcanzado, es gracias a la generosidad del máximo líder.

Otro gran mito es: el líder indestructible, invencible y por supuesto, infalible. A ese líder no hay quien le gane una elección, por tanto el que le hace oposición a él y a su modelo, no puede ser considerado adversario sino enemigo. La construcción de relatos de culpa, la creación de nuevos y cada vez más frecuentes “enemigos”, asocian la culpabilidad con cualquier otro menos él, por ejemplo: ministros, alcaldes, gobernadores, oposición, son los principales culpables de los desaciertos, y por ellos es que atravesamos tantas dificultades.

Ahora bien, no se crea que esto es algo nuevo, tan innovador que a ningún otro régimen en el mundo se la haya ocurrido semejante idea: mitificar escenarios, episodios de la historia y por supuesto al líder en cuestión. Todo lo contrario, existe una especie de tozudez de estos regímenes de usar las mismas tácticas, por ende cometer los mismos errores y terminar todos de la misma manera. Vayamos acá mismo, en el sur de nuestro continente, a Argentina, una nación que, luego de 43 años, se resiste al desaparecimiento de la imagen de Perón, tanto así que aún hay una clase política que sigue viviendo de él, convirtiendo más que un estilo de política, una religión política.

Al final de cuentas, todos estos mitos se desvanecen en el tiempo, por muchas razones, pero las principales son razones sociales: el hambre, la desesperanza, la rencilla, las colas, la inflación, el desabastecimiento, la corrupción, injusticia, impunidad, los muchos privilegios para una élite gobernante muy pequeña y reparto equitativo de miseria para las grandes mayorías, y paramos para no hacer la lista tan larga. Venezuela no es una excepción, todos los regímenes o revoluciones terminan casi de la misma manera, con algunos ingredientes distintos, tiempos distintos o escenarios distintos, pero dejando por legado lo mismo.

Desmitificar lo vivido también es parte del proceso que se abre paso. Desmitificar los instantes de historia y seguirlos dividiendo como buenos o malos. Seguir viviendo en la sombra de un 11 de abril, que para algunos fue un golpe bueno y para otros fue malo, y la oscura sombra de un 13 de abril que no reivindica el orden constitucional, sino a una persona; sobre este tema podemos hacer un foro de debate, pero la idea es avanzar.

Exorcizar la historia para no seguir viviendo de leyenda en leyenda, sino volver a lo que debe ser como país civilizado que somos: seguir escribiendo las páginas de nuestra historia y que dentro de ellas se encuentren los mitos, pero nunca en viceversa.

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