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¿Y los rusos no juegan?

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Luis Medina – 6 de mayo de 2016

Corrían días de junio de 1958 y Suecia realizaba la primera justa universal del fútbol asociado. Brasil obtendría la primera de las 5 estrellas que hoy luce su penta laureada camiseta. El tercer choque del combinado brasileño sería contra la entonces muy temida, así en lo político como lo deportivo, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la U.R.S.S.

A cuarto cerrado, Vicente Feola, técnico carioca, en una pequeña pizarra pergeñaba a sus dirigidos toda suerte de ataques y avanzadas. La nota de su anticipación al juego seguía, poco más, poco menos, el siguiente tenor: “Gilmar saca de portería y se la pasa a Bellini, éste la lleva hasta el mediocampo y se la entrega a Zagallo, quien debe pasarla a Dida y se la triangula a Garrincha, y Garrincha la centra al área chica para Pelé y ¡Gol!…”.

Al rato ya alcanzaba una decena de jugadas y en todas el combinado auriverde perforaba la red de los soviéticos, en lo que auguraba más bien un partido de baloncesto por lo abultado que sería el marcador. Justo en eso, Garrincha, inmortalizado por Jorge Valdano en su libro como el “Ángel de las piernas torcidas” y tan famoso por su gambeta magistral como por sus precarias dotes intelectuales, en el atropellado portugués de su natal barrio carioca de Magé, le espetó: “Oh, Daniel, ¿Y los rusos no juegan?”.

descargaDurante los convulsos tiempos de la conocida Guerra Fría, el episodio daría origen a una enseña que tomó casi cuerpo de paradigma cada vez que alguien simulaba escenarios victoriosos y planificaba venturanzas sin advertir que el contrario no está paralizado en la cancha e inmóvil deja al oponente jugar a placer. “Los rusos también juegan”, solía decirse cada vez que el optimismo cegaba la sindéresis de planes plagados de entusiasmo y puestos a distancia de la obligada revisión de las fortalezas y radio de acción del adversario.

El episodio no ha sido validado históricamente, pero tampoco desmentido por alguno de sus protagonistas o testigos. Y como dicen los italianos: “Se non è vero è ben trovato”. Si no es cierto, está bien contado. Verdad o leyenda urbana, su vigencia, qué duda cabe, es inocultable. El otro equipo también juega. Y en nuestro caso lo hace muy rudo.

Tiene los árbitros. Todos. Modifica las reglas, recorta o amplía los tiempos. Reduce o ensancha las medidas de la cancha. Fija el calendario, la localidad y sus horas. Lo único que no tiene a su favor es la hinchada. Sólo le quedan “los barras bravas” cada vez más “ultras”, pero cada vez más escasas también. Eso, por muy venturoso que luzca el tiempo de juego, impone no pagarlo al descuido.

Cimagesonviene no soslayar todas las ventajas que posee el gobierno. Sobre todo, sabedores como estamos de que transitamos en el descuento. Harto conocido es que árbitro, mesa técnica y equipo contrario visten la misma casaca y defienden los mismos colores. Intentarán, por tanto, llevar el tiempo extra a límites indecibles. Nos pondrán dos arquerías mientras reducen la de ellos a la mitad y colocan tres porteros protegiéndola. Aumentarán su plantilla a 20 jugadores al mismo tiempo que expulsan nuestros delanteros. Contra todo despropósito habrá que luchar. Ellos también juegan, y ni por asomo lo hacen bajo el “fair play”. Al cierre del partido, y eso sí que lo han olvidado ellos, en este caso el público marca, defiende, ataca y hace muchos y muy buenas anotaciones. La tribuna marcara goles. Para lo que estamos jugando, las gradas también cuentan…

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