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Abraham Lowenthal: “La transición implica aceptar cambios y sacrificios”; por Hugo Prieto

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En los años 70, Suramérica estaba plagada de dictaduras militares. Sólo había dos países donde la democracia había sobrevivido. Venezuela y Colombia. La realidad política ha cambiado y la pregunta que nos podríamos hacer en Venezuela, luego del naufragio del sistema de partidos políticos, es: ¿qué nos paso?

La respuesta a esta interrogante pudiera ser el silencio. O un monumental expediente que formule cargos a los militares que el 4-F destruyeron la democracia en Venezuela. Lo cierto es que hoy estamos viviendo una pesadilla. Un país donde el Presidente de la República dice que no va haber elecciones, aunque la Constitución contemple lo contrario. Un país quefunciona perfectamente sin Poder Legislativo.

Los únicos que podemos escudriñar sobre estos dilemas somos los venezolanos. Esto es, por mandato del derecho internacional, una tarea soberana e indelegable. Abraham Lowenthal, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la Universidad del Sur de California, es un conocedor a fondo de la política latinoamericana, de las relaciones hemisféricas y de la gobernanza democrática. Es coautor, junto a Sergio Bitar, un conocido amigo de Venezuela, del libroTransiciones Democráticas, cuya presentación tuvo lugar en Caracas el miércoles pasado.

Antes de comenzar la conversación, Lowenthal advierte que no va a emitir juicios sobre la crisis política venezolana. A pesar de su dilatada carrera académica, de su capacidad didáctica, no quiere incurrir en el despropósito y en la impostura de proponer alternativas o sugerir salidas al hueco donde estamos metidos. De mi parte, por razones obvias, no haré preguntas que lo impliquen en un asunto que no le concierne. ¿Qué utilidad tendría esta entrega a los lectores? El libro recoge, luego de un breve pero sólido análisis político de cada país, entrevistas a los ex presidentes de Brasil (Fernando Cardoso); al de Chile (Ricardo Lagos) y al de México (Ernesto Zedillo). Todos ellos lideraron transiciones de regímenes autoritarios para construir procesos democráticos, en algunos casos en estados de trance, que culminaron exitosamente. Hay otros países incluidos en el libro, pero la propuesta a Lowenthal es que evaluemos los casos mencionados. A fin de cuentas compartimos una cultura, una geografía, una historia en común y también la curiosidad de explorar el arduo camino que conduce a la libertad.

Las transiciones son procesos políticos que, por lo general, son lentos. La de Brasil, que se hizo a partir de una agenda electoral, tardó 20 años; la de Chile, donde la más feroz represión fue moneda corriente, duró 10 años y la de México, un país que conoció “la dictadura perfecta” como alguna vez la calificó Vargas Llosa, duró 20 años. El caso de México es muy curioso, porque la transición se hizo desde adentro, desde las propias entrañas del Partido de la Revolución Institucional, acostumbrado a ejercer el poder. ¿Sería muy ingenuo esperar que una transición se haga de la noche a la mañana?
Ha habido procesos de transición en otros países —de Asia, de África, de Europa— gobiernos autoritarios hacia la democracia. Voy a comenzar por el clima y el ambiente de los círculos que estudian estos fenómenos, estos procesos políticos, tanto en Washington como en los círculos académicos de Estados Unidos y Europa. Hay un grado de pesimismo después de lo que ocurrió con la primavera árabe. Hay quienes dicen que los ejemplos reseñados en el libro fueron los casos fáciles, mucho más difíciles son los casos actuales, en el Medio Oriente, en Cuba, en Venezuela, en Myanmar, en Zimbabue. Si miramos en detalle, se advierte que en ninguno de los nueve países incluidos en el libro, la transición fue un proceso fácil. No fue, como cabría suponer, un proceso inevitable. Fue sorprendente. Y no fue rápido. Tomó mucho tiempo, hubo muchos reveses, zigzags. En un momento dado, quizás alguien que tome una foto, podría decir que la transición no está ocurriendo en Venezuela. Que no ha sucedido “algo” que sugiera que la transición iba a ocurrir. Pero con un poco de perspectiva histórica, uno puede decir que las transiciones comienzan, incluso, antes de que la gente tome conciencia de ello, porque a veces son conversaciones en secreto, son actitudes cambiantes dentro de algunos sectores del gobierno. Nadie anuncia “He decidido salir del autoritarismo”. Nadie lo dice a la luz del día, pero definitivamente ocurre. Estos procesos toman su tiempo.

Por razones históricas, la forma de gobierno en América Latina ha sido republicana y el sistema político la democracia. Pero cuando no existe separación de poderes, y esto lo dice el ex presidente Zedillo, fracasamos; cuando no hay democracia, también fracasamos. Puede ser que en Asia o en África no sea así, que el autoritarismo haya tenido éxito. Sin embargo, este continente no termina de deslastrarse del proyecto autoritario. Hay cierta pulsión política, psicológica. En ciertos momentos, reaparece el líder salvador. ¿Por qué se da ese fenómeno?
Otra vez quisiera subrayar la perspectiva de tener una mirada de mayor alcance, de mayor tiempo histórico. Durante años me he dedicado al estudio de estos temas, fui director del Centro Woodrow Wilson. Allí hicimos un proyecto, “Transiciones desde el autoritarismo, perspectivas para la democracia”, que lanzamos en 1979, con énfasis en América Latina. En ese momento, Venezuela y Colombia eran los dos únicos países con gobiernos democráticos, los demás —todos, sin excepción— tenían gobiernos autoritarios, unos más, otros menos. En los círculos académicos, había gente que decía: mira, este proyecto es un ejercicio wishful thinking (cuando el análisis es una simple expresión de lo que tú deseas). Ustedes hablan de un mundo que no existe, porque los latinoamericanos son autoritarios por naturaleza, entonces es excepcional que haya democracia; pensar que estos gobiernos autoritarios van a desaparecer es un sueño. En mi intervención, dije que el proyecto no era wishful thinking, sino que estaba definido por bases normativas, que no se había hecho a partir de deseos, sino a partir del análisis, de cómo se podría cambiar un gobierno de naturaleza autoritaria por uno de vocación democrática. En la actualidad, son muy pocos los países de América Latina que tienen gobiernos abiertamente autoritarios, son gobiernos básicamente democráticos. Aunque unos funcionan mejor que otros. La democracia es compleja y la tentación de acumular más poder es universal. Eso vale para los africanos, los rusos, los chinos, los ingleses, para cualquiera. Lo que habría que enfatizar es que la forma autocrática de gobierno, que prevaleció durante tanto tiempo en América Latina, tiene sus grandes fallas. Uno de los mecanismos de la democracia es el feedback y cuando un gobierno no lo hace bien, la tendencia es buscar a la oposición. Siempre va a haber dificultades. No hay una fórmula mágica para resolver los problemas políticos. Pero las formas de participación más amplias y el funcionamiento de instituciones que controlen los poderes, además de los mecanismos de chequeos, funcionan mejor que otros.

En las transiciones de estos tres países latinoamericanos, las organizaciones sociales jugaron un papel relevante. Por ejemplo, en el caso de Chile hubo una alianza de sindicatos, gremios profesionales, organizaciones en pro de los derechos de la mujer. A su vez había una alianza de partidos políticos. Pero ambas cosas eran autónomas. Aunque compartían puntos de agenda y trabajaban por un objetivo común. ¿Cuál es el peso que juegan las organizaciones sociales en los procesos de transición?
El papel que juega la sociedad civil, a través de sus organizaciones, ha sido muy importante. Los sindicatos de obreros. Las asociaciones profesionales, de abogados, de médicos, de ingenieros. Gremios empresariales del sector privado. En Brasil, por ejemplo, la oposición buscó a los empresarios del sector industrial, para convencerlos de que sus intereses se verían mejor representados en un marco político estable y democrático. Hasta ese momento eran frágiles bajo un gobierno basado en la fuerza. Organizaciones feministas que buscaban el reconocimiento de sus derechos en un sistema que simplemente las ignoraba. Organizaciones estudiantiles. El ex presidente Zedillo dice que si lo forzaran a reconocer cuándo y cómo se inició la transición en México, no dudaría en señalar a la masiva protesta estudiantil que ocurrió en 1968 (Tlatelolco). Estas organizaciones juegan un papel relevante, pero yo insisto en que los partidos políticos son aún importantes, porque de alguna manera hay que canalizar las presiones de los distintos sectores de la sociedad. Es muy cierto que hay intereses que no son coincidentes. Los obreros y los empresarios puede que tengan un interés común en la democracia, pero seguramente no van a coincidir en cuál debería ser el precio de la jornada de trabajo. Entonces, el liderazgo político que promueve la transición hacia la democracia, trabaja para conciliar estos intereses, para poder enfocarse en el objetivo principal, que no es otro que la democratización de la sociedad y del gobierno.

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Abraham Lowenthal retratado por Roberto Mata.

En los testimonios que ofrece el ex presidente Cardoso de Brasil, al igual que el ex presidente Zedillo, de México, se pone de manifiesto la importancia que jugó la persuasión política. Zedillo, por ejemplo, tomó la iniciativa desde el gobierno. En Chile y Brasil, ese papel correspondió a la oposición. ¿Qué peso tiene la persuasión en los procesos de transición hacia la democracia?
Es cierto. A veces la iniciativa viene de la oposición, a veces viene del gobierno. Pero lo importante, si va a funcionar, es que ambos tengan disposición de dialogar, de buscar acuerdos, de explorar una salida. No se puede persuadir cuando el actor que toma la iniciativa está enfrentando a otro que no quiere participar, que no quiere escuchar, que no quiere expresarse. Una de las capacidades, muy importante, es que los líderes de distintas tendencias políticas demuestren disposición a escuchar. No sólo a exponer sus puntos de vista, sino a escuchar. Y también a pensar, ¿qué está tratando de decir el otro? ¿Cuáles son sus intereses primordiales que tienen que preservar? ¿Cuáles son las cosas que son negociables y cuáles no?

Escuchar, sí. Pero a quienes piensan distinto.
Precisamente eso, el ex presidente de Suráfrica, (Frederik) de Klerk, dice en la entrevista que le hicimos. Todo depende de tener acceso directo a gente que piensa distinto, comenzar a conocerse y entender qué es lo que ellos están pensando diferente a mí y por qué yo pienso distinto a ellos, cuáles son los puntos que hay en común y tratar de enfatizar que se puede hacer en conjunto, porque siempre hay algo y después buscar relaciones humanas, de distintas formas.Pero la tendencia general en medio del conflicto es de hacer del otro un diablo, un diablo desconocido, que es aún peor del que se pueda imaginar… aún más diabólico de lo que parece. Llegar a un proceso marcado por el intercambio es parte de la persuasión. Otra cosa importante es lo que ocurrió en Chile. Dentro de la estructura política de oposición al gobierno militar de Pinochet, había varias tendencias. La extrema izquierda que defendía cualquier forma de lucha. Todas eran “lícitas” y  eso podía incluir actos de terrorismo. Tanto el partido socialcristiano de Patricio Aylwin como el partido socialista de Ricardo Lagos se pusieron de acuerdo para excluir a esa organización extremista, aunque coincidiera en el objetivo de acabar con el gobierno militar. Siendo aliados, dañan nuestro movimiento, tenemos que excluirlos. Decisión importante y valiente. Hubo otra tendencia que decía que el gobierno era ilegítimo y que no había que participar en el plebiscito que contemplaba la Constitución que impuso Pinochet en 1980, porque eso era aceptar las reglas y la legalidad impuesta por la dictadura, pero finalmente se impuso la tesis de ir al plebiscito para forzar el cambio político. El gobierno es ilegítimo, pero el plebiscito es válido. No hay que ser tan principistas, sino buscar, pragmáticamente, los pasos que apunten a la transición democrática.

Los gobiernos autoritarios, sin importar su legitimidad, toman decisiones a diario. Es decir, gobiernan. Eso es lo obvio. Pero el reto de la oposición o de las fuerzas que buscan el cambio es identificar cuál es la señal que abra el camino para la transición democrática. En Chile fue el plebiscito. En México, la decisión de Zedillo de nombrar procurador (un cargo de absoluta confianza del poder Ejecutivo) a un representante de la oposición. 
Algo que aprendí de este proyecto es que el éxito de las transiciones radica en que los líderes políticos (Cardoso, Aylwin, Lagos, Zedillo) aceptaron cambios que no eran los que ellos deseaban o propugnaban. No fueron sus “objetivos finales”. Pero aceptaron propuestas que apuntaban en esa dirección, para poder cambiar la correlación de fuerzas políticas. Y, posteriormente, seguir afianzando la transición a la democracia. Al aceptar el plebiscito (en Chile), no solamente se corrió el riesgo de legitimar al gobierno dictatorial, sino aceptar una norma que introdujo Pinochet, quien se reservó el cargo de comandante del Ejército por un lapso de ocho años, independientemente del resultado del plebiscito, además de una senaduría vitalicia. Estas prerrogativas eran completamente antidemocráticas, pero la oposición accedió a ellas, porque la alternativa era mucho peor, era quedar fuera de cualquier instancia de poder. Un episodio, que pudiera ser de utilidad a Venezuela, es lo que ocurrió en Brasil, donde la gente gritaba en las calles “elecciones directas ya”. Más de 500.000 personas concentradas en Sao Paulo. Cardoso se dio cuenta de que tenían que bajar el tono del movimiento porque los militares no iban a tomar el riesgo de las elecciones directas, “y si insistimos en aumentar, aumentar y aumentar la presión, el resultado va a ser más represión”, ellos decidieron “asediar” a los representantes del gobierno militar para provocar que algunos de ellos salieran y buscaran el diálogo, cosa que finalmente ocurrió.

Otro de los puntos importantes es que el liderazgo de la transición entiende que no solamente basta con ser mayoría, hay que acumular fuerza para forzar el cambio político.
En un momento en que Lagos tenía una posición distinta a la de Aylwin, digamos, más extrema, le presenta a Felipe González su propuesta para acabar con la dictadura en Chile. (Escriben Lowentahl y Bitar, citando a Lagos: “Un gobierno provisional, Pinochet fuera, Asamblea Constituyente, una nueva Constitución y se convocan elecciones. Se lo explicamos a González y nos dijo: “Eso no es un programa. Con ese plan van a seguir mucho tiempo (como profesores) en la Universidad. ¿Cómo pueden decir que es un gobierno provisional? ¿Pinochet se va a marchar?  ¿Y cómo van a nombrar un gobierno provisional? Imaginemos que las cosas van bien y Pinochet dimite. Se quedan sin discurso. Antes de hacer nada de todo esto, tienen que salir del fondo del pozo”. Ciertamente, hay que tener la posición de fuerza y hacer los compromisos necesarios para propiciar la transición democrática. Eso implica tener una visión de largo plazo, una visión estratégica.

Cada transición es única, pero lo que todas ellas tienen en común es la incertidumbre. Cualquier cosa puede ocurrir de la noche a la mañana que lo cambia todo. Zedillo dice que si no se procede de una manera ordenada, las reivindicaciones podrían tomar un cauce desordenado y caótico, “lo que sería, por lo menos en el corto plazo, malo para el país y ciertamente malo y quizás mortal para el partido”. Sin transición, se puede imponer un proyecto totalitario. ¿Qué tan importante es que esto lo entiendan las fuerzas políticas identificadas con el autoritarismo?
Vamos a comenzar con el ejemplo que acaba de dar y luego vamos al principio. La verdad es que lo que hizo Zedillo y las elecciones de 2000 (en las que ganó Vicente Fox, abanderado del PAN), no fueron fatales para el PRI. ¿Quiénes están gobernando en México ahora? El PRI. Sí, fue un golpe duro para el PRI, pero no fue fatal. Se estableció un sistema diferente, en el que ellos también podían competir y hasta ganar elecciones, tanto nacionales como regionales. Una transición no puede ser “fatal” para las instituciones (los partidos políticos) de quienes gobiernan, ni pueden ser una amenaza para sus propias vidas. Porque si piensa que es “fatal”, en el sentido literal del término, no van a ceder. Entonces, hay que persuadir de que en el cambio “vamos a proteger las vidas, vamos a impedir la venganza y vamos a establecer el imperio de la ley. Vamos a establecer mecanismos de justicia (transicional) para aquellos involucrados en determinados delitos. Vamos a pensar más en el futuro que en el pasado”. Y con relación al principio, es decir, a la conducta que observan las fuerzas autoritarias, no hay que esperar que se sumen a la transición en un acto público, en un acuerdo que refrenden con la oposición, no. Es una fracción de esas fuerzas, seguramente minoritaria, la que llega a la convicción de que lo que están haciendo no le está sirviendo al país. “No le está sirviendo a nadie, ni a nosotros mismos”. Esto plantea el desafío de resolver la situación y eso implica sacrificios. La oposición también tiene que hacer sacrificios. Y de hecho ha sido así. Hay que explorar cuáles van a ser las reglas del juego político aceptables.

Extraído de: Prodavinci.

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