Opinión y análisis

Los ideales, las convicciones y Gandhi

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Fernando Arreaza Vargas –  2 de febrero de 2017

¿Qué pensarías si te digo que Mahatma Gandhi no siempre creyó en la paz? ¿Y si te digo que más que un idealista, era un estratega? ¿Qué dirías si descubres que el campeón de la resistencia pacífica consideró otras opciones? Gandhi no es un mito por sus ideales. En realidad, es un mito por su inteligencia.

gandhiAntes de concluir que este texto quiere demostrar que la paz no siempre es el camino, te recomiendo que leas con más atención. Cuando revisas la historia con la cabeza fría -en la oscuridad de un cuarto sin dogmas- te das cuenta que los ideales triunfadores no se imponen a la realidad; simplemente la explotan. Uno de nuestras principales cegueras es que tratamos de entender el mundo a través de ese pequeño lente que llamas ideología, o religión, o doctrina. El mundo es demasiado grande, los alrededores se ven borrosos.

En la historia popular Gandhi logró imponer sus convicciones al status quo. Creía en la paz, y mediante la paz logró su objetivo. Sin embargo, él consideró primero otras opciones mucho menos pacíficas. Entonces, la resistencia pacífica fue el camino estratégico que eligió para lograr sus objetivos. Dos factores le llevaron a tomar la decisión: primero porque la resistencia en India no tenía armas ni sabía manejarlas, y segundo porque la fuerza bruta inglesa pasaría de ser una ventaja a una debilidad si la aplicaban contra gente desarmada. La ecuación estaba muy clara, nada idealista en esas matemáticas.

¿Por qué todo esto? 

En Venezuela vemos como buena parte de la oposición trabaja contado con el país que sueñan y no el que tenemos. De nada vale que grites lo mismo por años si nadie te escucha. Algo malo estás haciendo si con el clima político actual un líder no puede llenar una plaza. Los ideales son importantes si, pero más importante es una estrategia.

El primer ejemplo lo coloco con la aparición de Jesús Torrealba en el acto político de Manuel Rosales, semanas atrás. Los ideales pueden decirte mil cosas: la unidad es importante, las alianzas fortalecen y cada evento se puede vender como una victoria. No obstante, hay una realidad clara que había que tomar en cuenta: buena parte de la oposición, y con razón, ve con suspicacia la historia de Rosales, su regreso y liberación. Por si fuera poco, hasta Maduro lo felicitó por televisión. ¿Qué necesidad había de aparecer abrazado con alguien que inspira tanta desconfianza en buena parte de tu gente? ¿Quién tomó esa decisión? Es muy probable que ese abrazo genere más duda que apoyo.

Cuando tus convicciones chocan con la realidad, o te adaptas o pierdes. Aquellas historias que cuentan sobre alguien que impuso sus ideales solo se explican de dos maneras: o alguien hizo de la oportunidad su discurso, o tuvo la suerte de coincidir con un escenario favorable.

voluntad-popularEl segundo ejemplo va sobre los partidos con discursos incendiarios. Partidos como Bandera Roja, Vente, incluso parte de Voluntad Popular y Primero Justicia utilizan tácticas de corto plazo como si fueran estrategias de largo plazo. Una cosa es querer cambiar el gobierno en tres meses, y otra muy distinta asegurar que está en camino. La gente se desgasta, pierde la paciencia y la esperanza. No importa que le repitas a la gente mil veces para motivarlos que “ahora sí, la gente se cansó y juntos vamos a cambiar el gobierno”, porque si no sucede mentiste o fallaste; no hay otra opción. Tampoco vale culpar a los otros, bastante que en Venezuela hace falta asumir responsabilidades. En el país hemos tenido suficiente descontento como para que cualquiera con una buena estrategia lo haya capitalizado. Las frases incendiarias son solo otra forma de populismo.

Hay una manera fácil de reconocer cuando estás trabajando con una idealidad y no con la realidad: pregúntate si crees que tienes completamente la razón, pero nadie te está escuchando. Si es así, algo estás haciendo muy mal que no conectas tus ideas con el resto.

De poco sirven las ideas si no se pueden ejecutar en tu contexto.

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