Opinión y análisis

¡En defensa de la democracia!

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Guillermo Ramos Flamerich – 31 de marzo de 2017

En la mitología griega existe el personaje de Casandra, quien tenía el don de adivinar el futuro y a su vez la maldición de que nadie le creyera. Desde 1998 hemos tenido cientos de Casandras que han dicho que este día llegaría. Muchos han muerto en el camino, algunos se han rendido, otros tantos siguen en pie de lucha ante una Revolución de las Miserias que sirve como una demoledora no solo de lo que pueda significar democracia, libertad y derechos humanos, sino una demoledora de cualquier cosa, por ínfima que sea, que todavía exista en esta desdichada república.

Los venezolanos de hoy vivimos, como en aquella canción de rock de los setenta, en una autopista al infierno y mientras más pareciera que se aproxima el momento del cambio, todo termina siendo un simple conato, una maltrecha ilusión que se despedaza rapidito, porque en las cúpulas del poder están unos sinvergüenzas que se encargan de decirte que tu futuro es la sumisión, que toda esperanza es vana y que pase lo que pase, con la injusticia y las armas, estarán mandando indefinidamente. Esto no puede seguir siendo así.

El problema es Maduro, es Chávez, es el sistema, es la represión, son los errores del pasado, las necedades del presente… Todo eso lo sabemos. También sentimos profundamente que la dirigencia de la alternativa democrática está llena de oportunidades perdidas y, como si se tratara de un personaje romántico que deshoja una margarita para saber si lo quieren o no, nunca terminan de tomar decisiones contundentes y volvemos a ese círculo vicioso: arremetida, reacción, puño de seda o puño de hierro (dependiendo el caso) y apaciguamiento. Como si no pasara nada, las cosas en Venezuela vuelven a su anormalidad habitual mientras miles, mejor decir millones, de jóvenes, no plantean posibilidades de surgir, de manera legítima y armónica, en este suelo que en una época ya remota y recordada como si fuera un cuento de hadas, fue tierra de oportunidades. Ya no las hay, ¿Como generación alguna vez las tuvimos? Da mucho qué pensar.

Si a cualquier venezolano común, incluidos sesudos analistas, le preguntaran qué va a pasar, aunque se vayan por la tangente y se planteen escenarios y posibilidades, nadie puede predecir con certeza si esta dictadura se impondrá o caerá como tantas otras. Quisiéramos creer que la gravedad de este autogolpe de Estado da para que la comunidad internacional se deje de medias tintas y que el dicho aquel de: “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo” sea alguna luz para la salida. Pero mientras escribo, las desigualdades y el reino de la muerte siguen en expansión. Ya es habitual todo lo que está mal. Desde los chamos asesinos, hasta los fallecimientos por falta de medicina, el hambre generalizada y esas demoniacas colas que atentan contra la dignidad de quienes pensábamos éramos ciudadanos. Lo peor de todo es que, a pesar de la merma en los recursos del Estado, siempre existirá alguna caja chica para quienes le dan sostén al régimen. Para que sigan pagando camionetotas blindadas, guardaespaldas, quintas atrincheradas y locales cada vez más exclusivos donde se consiguen todo tipo de productos a precios impagables para el venezolano común. Para el joven, el adulto, el viejo, que solo esperan una oportunidad para vivir tranquilos.

Entendemos que no es nada fácil enfrentar una dictadura y que la mayoría de los dirigentes con los que hoy cuenta la unidad fueron criados para ejercer en democracia. También nuestros padres y también nosotros (a pesar de que nuestras vidas se han desarrollado en este torbellino cruel). Pero lo que nos toca es una tarea de supervivencia. Así como este parapeto de gobierno ha decidido darle chola al resto y burlarse en la madre, los que creemos en una Venezuela diferente, mejor, democrática, de oportunidades, debemos hacer frente y no vacilar. El riesgo siempre existirá, pero qué más miseria que seguir sometidos. Esto así no es sustentable y si ejercemos nuestra autoridad popular, sabremos imponernos ante esta desgracia. ¡Defendamos la democracia! como si estuviéramos defendiendo la capacidad de seguir existiendo como país. El juego no ha terminado y aunque nunca me han gustado las posturas maniqueas, solo resta decir que estos malvados no se seguirán saliendo con la suya.

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