Mesa de Análisis

“Juntos todo es posible”

Foto: Reuters

Sócrates Ramírez

05 de abril 2018

Para la sección Totalitarismo de su obra “Los orígenes del totalitarismo”, Hannah Arendt escogió como epígrafe la frase de David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”. Con esta poderosa metáfora Arendt pretende develar dos líneas de pensamiento sobre la posibilidad del control total trazadas en direcciones opuestas: por un lado, la certeza del hombre moderno sobre la existencia de límites infranqueables, tanto los impuestos por la naturaleza como los creados por la humanidad en su afán civilizatorio, que independientemente de la voluntad no pueden o no deben ser allanados. Por otro lado, expresa la consigna que guía a los proyectos totalitarios: la certidumbre de que no hay obstáculo que la fuerza del movimiento no pueda superar.

El punto de contacto de esta disparidad es la noción de límite en política. Las sociedades modernas han encontrado en el establecimiento de límites los mecanismos protectores de la libertad individual frente al poder arbitrario, e incluso, frente y dentro de un Estado democrático. Sin límites, los sujetos más débiles estarían completamente desprovistos de las garantías para permanecer protegidos, y las instituciones carecerían de la certeza de sus atribuciones y de las pautas para contener los intentos de expansión y usurpación de otras. El totalitarismo afianza parte de su seducción en la creencia sobre el carácter inútil de los límites, a los que adjetiva como innecesarios dentro de una comunidad orientada por el bien para sí, y a los que considera como un freno cuando el objetivo es reducir a sus adversarios opuestos a la supremacía moral que la ideología define como forma de vida.

Aquella metáfora del principio nos habla también del peligro que entraña la confianza en que los límites siempre serán tan fuertes, o estarán tan cuidadosamente celados, que impedirán de cualquier modo que el “todo” se derrame. Ya decía Maquiavelo que el precio de toda libertad es la vigilancia. No en pocas ocasiones las libertades han fenecido porque los individuos que gozan de ellas han bajado la guardia que las defendía, mostrándose incrédulos ante el incesante trabajo de quienes persiguen hollarla. La cita de Rousset nos enfrenta entonces al riesgo que representa creer que los límites que nos protegen existirán para siempre o en ausencia de un esfuerzo que los conserve.

Este relato es producto de la teoría política que recordé cuando, caminando recientemente por el centro de Caracas, vi los afiches que promueven a Nicolás Maduro como candidato a la reelección presidencial, campaña que tiene como eslogan la frase: “Juntos todo es posible”. Tras los tumbos de esa expresión en mi cabeza comprendí que ella encierra como verdad y engaño toda la promesa electoral del continuismo.

Un régimen político donde todo es posible no podrá ser nunca ni una república ni una democracia moderna. No podrá ser una república porque no gobernarían leyes justas que protejan la libertad, de hecho, la ley sería sólo un accesorio, una expresión de la voluntad móvil de quien decide sin frenos ni barreras. No podrá ser una democracia, porque aun en el caso de que sea una mayoría quien decida, ésta tendría todas las materias a su disposición, vulnerando las garantías que protegen a las minorías en una democracia formal.

Con el amasijo entre pueblo y Gobierno recreado en la palabra “juntos”, el chavismo enfatiza en su deseo de normalizar una situación que ya impuso de facto: la defenestración del principio democrático de un gobierno bajo control y con la obligación de ser responsable. Eludiendo toda inspección, o creando instancias artificiales con la tarea de mentir en torno a la supuesta vigilancia ejercida sobre el Gobierno, aquella consigna es la confesión de que el chavismo está preparado para seguir actuando como un régimen ilimitado sin la obligación de rendir cuentas. Como excusa blande el gobierno del pueblo, y que un pueblo bueno para ejercer y defender su bondad no puede tener obstáculos.

“Juntos todos es posible” es una promesa de voluntad y acción, nunca de razón, control y responsabilidad. Paradójicamente, lo que deja abierto el eufemismo del gobierno de todos es lo que Arendt denominó como “el gobierno de nadie”, la amenaza del régimen político más siniestro, porque donde todos reivindican actuar nadie es responsable; de ahí que lo más característico de este tipo de dominación sin límites sea el crimen y la impunidad.

Foto: AVN

Un régimen político donde todo es posible es una tiranía, por ello aquel infausto eslogan hay que leerlo como una prudente confesión de honestidad. En las entrañas de esta consigna la dictadura es la porción de verdad para la cocción de una mejor mentira que es la del gobierno de todos. Sobre este método de creación de falsas narrativas ha escrito Javier Cercas, quien asegura que la potencia de las grandes mentiras radica en que para crearlas es necesario amasar la falsedad con algún ingrediente de veracidad.

Los más sonados experimentos dictatoriales que pretenden ilustrar a un colectivo como depositario del poder han sido entelequias que encubren el real ejercicio de la dictadura de pocos o de uno. Una cosa es pretender instaurar la dictadura de la mayoría y otra asumir que se dicta en nombre de la mayoría. A diferencia de sus años de gloria donde el chavismo caminó al filo de la navaja de una dictadura de masas, hoy los números le permiten reeditar aquel recuerdo sólo a niveles ficcionales. Pudiendo haberlo sido, y sin eludir muchas de las cualidades de su vocación y procedimientos totalitarios que permanecen activos, es probable que el chavismo ya no tenga cabida como un movimiento de esa naturaleza sino como una simple y cruda tiranía.

La promesa del gobierno de todos es una estafa narrativa que encubre el propósito real de materializar una dictadura personal o corporativa donde el todo se diluye y resuelve en la élite que manda, quien convencida de su desangelado apoyo, debe recurrir a sórdidos métodos de persecución y control para asegurar a través del miedo la obediencia y sumisión de la población. Quien dicta unilateral e ilimitadamente en nombre de todos sólo recurre a la masa bajo la forma de un ritual de legitimidad pero lo hace al mismo ritmo en que la oprime. Para este tipo de regímenes no hay problema alguno en compartir la satisfacción que supone la conservación del poder bajo el artificio del gobierno de todos, si este recurso sirve para distraer la opresión y actuar impunemente. Más incisivo se volverá el régimen en apelar a este emblema cuando en cualquier situación de fracaso no deba ya compartir la simple permanencia sino las culpas.

La consigna de campaña es una terrible promesa, pero no es una promesa verídica. La única verdad que encierra es el anhelo, ya tan real, de legalizar un gobierno ilimitado. La falsedad es que puedan gobernar ilimitadamente con un pueblo que no existe.

@RamirezHoffman

El autor es Coordinador de Investigación del CEP. Licenciado en Historia (ULA), magíster en Ciencia Política (USB). Profesor e investigador del Departamento de Ciencias Sociales y del Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium.

 

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