Opinión y análisis

El cuadrilátero de la vida

Foto: Jon Cárdenas

Yenifer Castro

29 de abril de 2019

En multitud de ocasiones la vida luce como si buscara aturdir y confundir a la especie humana. Sucesos van transcurriendo a lo largo de la existencia, de los cuales, son derrotas y victorias los resultados finales. Sabores dulces y amargos conforman la rutina. Hay hechos en los que el pensar y hacer negativo sobresalta del resto. Continuar resulta ser imposible y la incertidumbre del futuro no permite saber qué actitud se debería tomar para afrontar lo desconocido. Del mismo modo, el presente. Uno se queda congelado y desperdicia su tiempo.

Cassius Marcellus Clay, Jr., mejor conocido como Muhammad Ali, fue un famoso boxeador estadounidense. Es reconocido por ser uno de los mejores en su categoría y representante de los derechos civiles de los afroamericanos y el Islam. Nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky y murió el 3 de junio de 2016.

En septiembre de 1984, a Muhammad Ali le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson. A lo largo de su carrera, sufrió numerosas contusiones y hacia finales de su vida, sus reflejos se hallaban precarios y su dicción se había vuelto lenta. Es el 28 de octubre de 1984 en el que Ali, entonces pronuncia su famosa frase: “No cuentes los días, haz que los días cuenten”.

Siguiendo al pie de la letra su enunciado, a pesar de su condición de salud, Ali no dejó de presentarse a eventos benéficos y colectas de organizaciones. Promovió el espíritu del deporte y la igualdad. En su juventud, luchó por sus ideales, tanto deportivos como religiosos, incluso considerando que las probabilidades de fracaso o rechazo eran evidentes. Su influencia en jóvenes y adultos es sinceramente certera, sin ninguna duda. Sabía que su palabra podía cambiar la vida, hacia la mejoría de miles de fanáticos e inspirar, para bien, seguridad en uno mismo. Entre otros temas, el espíritu deportivo y la fe religiosa.

Ante el significado de dicha máxima mencionada, la vida podría semejarse a un cuadrilátero, en términos de Ali. Aunque esté consciente de lo complicada que es, poseer estrategias para alcanzar el éxito hace que una diferencia sea notable. Cabe la posibilidad de vivir con indiferencia, con miedo a las situaciones por venir, tomando por garantizado que siempre habrá segundas oportunidades. Segundas oportunidades para hacer que la vida sea más amena o para cumplir los sueños.

En el cuadrilátero de la vida hay dos voces que surgen cuando el dolor y la sangre nublan el horizonte. En el momento de debilidad suprema, una te dice que te quedes rendido en el piso y otra insiste en que te levantes. La decisión elegida debe ser la mejor y, por supuesto, agonizar en el suelo no lo es en un sentido estricto.

La vigencia que contiene este pensamiento está en que puede acontecer a un sinfín de sucesos. Puede recorrer el ámbito personal, en el que se intenta todos los días hacer que la vida sea maravillosa. Se podría situar el proceso de elaboración de metas y el deseo de un presente, dirigido a un futuro lleno de grandezas. Porque no es solo iniciar sino mantener una disciplina que haga que el esfuerzo valga la pena.

Este pensamiento, además, resulta vital ante situaciones críticas. El que vivió Ali, pasando de ser un ídolo del deporte, soportando un golpe tras otro en su juventud, para ser derrotado por algo que no se puede controlar, sin duda lo fue.

El contexto histórico en el que se halla Venezuela es crudo, sin precedentes en la nación. Es fácil caer deprimido y no arriesgarse, no sonreír con el vecino ni con los amigos. Es fácil no encontrar alguna clase de esperanza y las cavilaciones se presentan con una constancia pronunciada, enfrentados cada día los venezolanos a las inclemencias. Es fácil rendirse y no dar batalla. Sin embargo, para mí, estar aquí significa que si me siento bien, si soy capaz de percatar todavía que mi jornada diaria está colmada de cosas buenas, por más malas que aparezcan, soy resiliente. Soy una persona capaz de dejar de contar mis días, lucho por mis metas y hago que todo valga la pena, incluyendo las dificultades.

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