Carta del Director

La Mediación Noruega: Temporada Final

Foto: Cortesía

Benigno Alarcón Deza

02 de septiembre de 2019

Hoy, cuando algunos anuncian que estamos a punto de retomar la mediación, pero cada día emerge una nueva excusa para no materializar las “buenas intenciones” (actos conmemorativos de la muerte del Libertador, bloqueo marítimo de los Estados Unidos contra Venezuela, atentados frustrados, etc., etc.), sería importante recordar aquella historia bíblica sobre lo que pareciese ser un caso de muerte súbita, en el que dos madres acuden ante el Rey Salomón para que les resuelva un conflicto sobre la maternidad de dos bebes, uno muerto y otro vivo, en el que ambas mujeres decían ser la madre del sobreviviente, y que podría ayudarnos a comprender cómo funciona un conflicto suma-cero, o sea en el que todo lo que una parte gana la otra lo pierde, pero que además es asimétrico, así como las dificultades que implica su resolución.

Sin las pruebas de ADN que tenemos hoy, la determinación inequívoca de la maternidad era imposible. Sin embargo, la sabiduría, cualidad que siempre se le ha atribuido al Rey Salomón, encontró en el amor incondicional de la madre la prueba irrefutable para su veredicto final.

Conocedor de la naturaleza humana, que como Rey sabio era, advierte a las madres sobre las consecuencias que tendría el no llegar a un acuerdo sobre la maternidad, picar al niño en dos y dar una mitad a cada una de las mujeres. La inexistencia de un vínculo afectivo entre la madre falsa y el niño colocaba a ésta última en una condición de ventaja sobre la madre verdadera que, ante la posibilidad de que el niño fuese sacrificado, no dudaría en ceder, como de hecho hizo, declarando que el niño era de la otra mujer.

El poder, así como la falta de límites o escrúpulos, pueden convertirse en una ventaja, o sea en una asimetría, a favor del más fuerte o de quien tiene menos que perder, y donde un acuerdo luce imposible mientras la relación de fuerzas o las potenciales ganancias y pérdidas no cambien, de manera de hacer simétrica la relación entre ambas partes. En un conflicto suma-cero, o sea en el que todo lo que una parte gana la otra lo pierde, la asimetría hace el acuerdo imposible, al menos que la parte más débil ceda, o que exista un tercero, como es el caso del Rey Salomón, que tiene el poder para imponer a las partes su decisión, como lo fue la de entregar el niño a la mujer que, renunciando a éste, demostró el vínculo filial.

Dejar el conflicto a la libre autodeterminación de los pueblos, como maliciosa o ingenuamente algunos proponen, bajo el supuesto de que las partes alcancen voluntariamente una solución negociada es un sin sentido en un conflicto asimétrico suma-cero en el que el régimen ocupa la posición de poder y está dispuesto a sacrificar a su propio pueblo, como el secuestrador que va entregando los primeros cuerpos inanimados de sus víctimas para demostrar su determinación, con tal de mantener el status quo, incluso por la fuerza si fuese necesario, como se nos ha dejado saber desde tiempos de Chávez cuando nos advertía que ésta era una revolución armada.

El posible regreso del gobierno a la mesa de negociación no es tampoco, como algunos ingenuamente afirman, una señal de debilidad, sino de pragmatismo, como el de los adversarios que se sientan a negociar la paz para terminar con uno de ellos envenenado por el vino con el que se brinda. Es así como el régimen sabe que nada pierde y mucho gana al sentarse en la mediación con una oposición que se debilita por los cuestionamientos en la medida que no consigue resultados y, tal como suele ser el efecto del veneno, va sintiendo la parálisis de algunas de sus funciones, como su capacidad de movilizarse para luchar, síntomas que el liderazgo democrático está obligado a reconocer si quiere tomar a tiempo las medidas necesarias para salvar su posición.

Es por ello que la nueva temporada de mediación promovida por Noruega, si es que hay una nueva, promete ser muy frágil corta y conclusiva, con muy pocos capítulos, quizás no más de uno o dos antes de su desenlace, bien sea porque el régimen considere que el veneno ya ha hecho su efecto lográndose la desmovilización de las fuerzas democráticas, porque la oposición decide finalizarla al sentir que pierde más de lo que gana en el proceso, o bien porque los mediadores, de manera responsable, deciden darla por terminada al percatarse de que está siento utilizada tácticamente y no para llegar a ningún acuerdo, aunque dejando las puertas abiertas para el momento en que haya voluntad real de retomar el proceso de buena fe para alcanzar una solución política negociada.

Y aunque es poco lo que sabemos sobre lo que pasa en la mesa de negociación, si sabemos que alcanzar un acuerdo en medio de un conflicto suma-cero, que además es asimétrico, y en el que se disputa nada menos que el poder político, depende más de lo que sucede fuera de la mesa que de lo que está sucediendo en ella, independientemente de las habilidades y destrezas de negociadores y mediadores involucrados. En este sentido, una solución negociada solo será posible cuando lo que está pasando fuera de la mesa de negociación obligue al régimen, que hoy actúa desde una posición de supremacía, a buscar desesperadamente un acuerdo.

Es así como al tiempo que las fuerzas democráticas internas y externas tratan de poner al régimen en jaque, éste también mueve sus piezas en el tablero para protegerse, e incluso contraatacar, fortaleciendo sus alianzas con otros regímenes autoritarios, como Cuba, China, Rusia y Corea del Norte, generando arreglos, formales o no, que mejoren su flujo de caja para mantener los incentivos de una red clientelar compleja que administra tanto premios como castigos, y cuya capilaridad llega a los lugares más remotos, así como mecanismos que ayuden a “by pasear” las sanciones, además de proveer el “know how” y las tecnologías de comunicación, vigilancia, control social y represión para mantener la difícil situación en equilibrio, aunque precario, pero equilibrio a fin de cuentas.

Al mismo tiempo que la mediación pareciese agotarse y la atención de los Estados Unidos hacia Venezuela se diluye entre los otros muchos conflictos que una potencia internacional debe atender, y que complican aún más la agenda de un Presidente norteamericano ya abrumado por lo vorágine que implica el aproximarse a los tiempos de campaña por la reelección presidencial, el régimen amenaza con la proximidad de una elección parlamentaria que podría dejar a las fuerzas democráticas sin lo único que, institucionalmente, tienen.  

Y para rematar, ahora aparece Iván Márquez convocando a la unidad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para retomar las armas, generando un nuevo foco de conflicto que divide la atención de los aliados de la democracia venezolana. Aunque quien escribe no tiene como afirmar inequívocamente la relación entre el anuncio del líder de la guerrilla colombiana y el conflicto venezolano, si hay que reconocer que la situación de generar un segundo frente resulta sospechosamente oportuna para el régimen venezolano.

Evidentemente una decisión como la de Iván Márquez no se toma de la noche a la mañana sin contar con apoyos estratégicos y logísticos, incluso de actores con intereses geopolíticos, que podrían atraer a un importante contingente de fanáticos y mercenarios, más allá del sector disidente del acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC, para formar algo nuevo con presencia tanto en territorio colombiano como venezolano.  

El fin de la mediación regresaría a las fuerzas democráticas al dilema inicial, si la salida, al menos por ahora, no es negociada, entonces ¿qué toca hacer? y la respuesta parece ser la de siempre. Si las transiciones son el resultado de modificar el balance entre costos de tolerancia y represión, de manera tal que mantener el poder por la fuerza sea más costoso que tolerar un potencial cambio político, reducir los costos de tolerancia, que es lo que se hace a través de los procesos de negociación directa o asistida (mediación), no es suficiente, sino que en simultáneo debe encarecerse el costo de la represión, o sea de mantener el poder por la fuerza, lo que implica colocar al régimen ante la necesidad de reprimir, ya que sin ello el costo de la represión es cero. Y como ya se ha dicho cientos de veces anteriormente, tal efecto no es posible sin la movilización masiva de la protesta. Si las fuerzas democráticas pierden la capacidad de movilizar masivamente, por el mal uso o abuso de la protestas, el costo de represión será cero, y con ello desaparecen los incentivos para que el régimen se vea obligado a buscar una salida negociada.

La desmovilización deja el conflicto venezolano en manos de intereses distintos al de los venezolanos, ya que ni tan siquiera aquellas fuerzas que han sido aliadas de la causa democrática encontrarían justificaciones para legitimar actuación alguna en defensa de la democracia en un país cuya desmovilización sería interpretada,  maliciosamente por algunos, como expresión de la autodeterminación de un pueblo que prefiere la paz del status quo al conflicto de un potencial cambio político.

Es así como la realidad nos regresa, una y otra vez, a los principios básicos que nos dicen que lo que las fuerzas democráticas nunca pueden hacer, ni tan siquiera en escenarios de internacionalización del conflicto, es abandonar la calle, dejar de demostrar que existen, que se oponen al status quo, que tienen vigencia y están presentes. El día que lo dejan de hacer, que dejan de oponerse al régimen por todos los medios a su alcance, pasarían a ser irrelevantes y dejarán de existir.

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