Carta del Director

COVID19 + CID – CNE = SQ

Carta del Director

Foto: Prensa Presidencial

Editorial

Benigno Alarcón Deza, 16 de marzo de 2020

La realidad es que los eventos de los últimos días, en donde a la falta de consenso entre la Comunidad Internacional Democrática (CID) se suma el efecto del coronavirus (COVID19) tanto  dentro como fuera del país, al tiempo que a la falta de acuerdo sobre los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) se suma la falta de materiales y sistemas que posibiliten una salida electoral en el corto plazo, se traducen en la extensión de un estancamiento cuya consecuencia es un statu quo (SQ) que, inevitablemente, juega, por ahora, a favor del régimen.

Hay circunstancias en las que el silencio dice más que mil palabras y en las que el dilema entre hablar, o escribir, y callar no es fácil de resolver. Desde mi interpretación personal, y creo que desde quienes integramos el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno, el balance de los últimos días no es alentador de cara al futuro inmediato del país, de ahí las dificultades para decir algo y la brevedad de este análisis.

Tras la muy exitosa gira de Guaidó, que sirvió para reafirmar su liderazgo  tanto hacia dentro como hacia fuera el país, se renuevan, aunque de manera moderada, las expectativas de la gente. Lamentablemente estas expectativas parecieran no encontrar un asidero al que aferrarse para no caer en medio de la vorágine de una dinámica que ha dejado atrás, en pocos días, el efecto de la gira, al tiempo que amenaza con generar un nuevo equilibrio que permita extender el statu quo (SQ) a favor de un régimen que, a pesar de su manifiesta incapacidad para gobernar, siempre encuentra formas de usar la adversidad a su favor, trasladando la responsabilidad hacia otros (imperio y oposición), y generando mayor dependencia y desesperación entre al menos un tercio de la población que no tiene forma alguna de adaptarse a la situación y sobrevivir por sus propios medios.

Mientras el país continúa empobreciéndose años tras año, como queda demostrado por las tasas negativas de crecimiento, lo que se agudiza por un proceso hiperinflacionario que al entrar en su séptimo año se convierte en uno de los más largos en la historia económica de la humanidad, las asimetrías entre un porcentaje ínfimo de la población, que algunos estiman en un 15%, que tiene acceso a las divisas necesarias para adaptarse a esta precaria situación, y el resto de la población, se hacen grotescamente evidentes generando el caldo de cultivo para casi cualquier cosa.

En medio del caso creciente, el régimen logra mantener la gobernabilidad del sistema, no la gobernabilidad democrática pero gobernabilidad a fin de cuentas, al mejor estilo de la Cuba de los Castro tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 y el inicio de lo que se conoció como “el período especial en tiempos de paz”, en el que se recrudeció el bloqueo impuesto por Estados Unidos y nadie apostaba a la sustentabilidad de un régimen que, hasta ahora y en contra de todas las predicciones, sigue rigiendo los destinos de la isla.

Es así como durante estas dos últimas semanas hemos visto a la comunidad internacional democrática (CID), a la misma que apoya los esfuerzos de Guaidó por retornar a nuestro país a la democracia, paralizarse por el coronavirus que ahora se suma a las dificultades derivadas de las diferencias evidentes entre cuatro de sus principales actores: Europa, Grupo de Lima, Grupo TIAR y los Estados Unidos, que pueden aun ser mayores si ponemos la lupa sobre cada grupo, o incluso sobre cada país, como queda demostrado, por ejemplo, al ver las diferencias entre España y Francia, o incluso entre el gobierno de España y su oposición. Lo mismo sucede entre los Estados Unidos y el Grupo Internacional de Contacto, esencialmente europeo, pero tambien hacia el interior de los Estados Unidos, y especialmente en un año que es electoral. Estas diferencias, más o menos evidentes, están en cada uno de los bloques y países aliados.

Al mismo tiempo que lo internacional continúa después de la gira, más o menos igual a como estaba antes de ella, o sea con un apoyo inequívoco a Guaidó y a la democracia en Venezuela pero sin claridad ni consenso sobre qué hacer, además de las enormes dificultades para los acuerdos y la coordinación, en lo interno Guaidó hace lo correcto al tratar de reanimar la calle, aunque hasta ahora con resultados mixtos. Es así como mientras la protesta del martes 10 de marzo tuvo una respuesta mejor que lo que se logró en convocatorias recientes, gracias a una mejor estrategia de comunicación que permitió una mayor respuesta en las principales ciudades del país, la convocatoria del 12 pasó casi desapercibida. Y aunque hubo mejora evidente en la difusión de información, la forma en que se convoca sigue sin hacer clic con la disposición de la gente a protestar por una combinación de razones que van desde la falta de objetivos y métodos de protesta claramente definidos hasta las expectativas que ello genera sobre su efectividad.

Si los estudios de opinión están en lo cierto, al colocar la disposición a protestar por encima del 30%, ello estaría muy por encima del porcentaje que en la realidad se ha presentado a convocatoria alguna en los últimos 21 años, y que nunca ha superado el 3% en sus mejores momentos, como fue el caso del año 2002. Esta enorme diferencia entre la supuesta disposición y la participación real puede explicarse, en buena medida, porque las personas actuando se les pregunta sobre su disposición a luchar, o a protestar, suelen dar respuestas políticamente correctas, pero aun así, el hecho de que un tercio del país conteste afirmativamente da razones para pensar que el potencial para movilizar masivamente está allí, y el régimen liderado por Maduro lo sabe, por ello el pánico a la calle y la respuesta militar y policial a la convocatoria del pasado 10 de marzo, así como la decisión de poner la protesta en cuarentena, gracias también al coronavirus, lo que obligará a la oposición liderada por Guaidó a retomar la movilización desde cero en algún momento, cuando la crisis o el miedo al virus se hayan superado.

Por si fuera poco, el sábado pasado, pocos días antes de que la Organización Mundial de la Salud declarara al coronavirus (COVID19) como pandemia, se presentaba un incendio en unos galpones que están cerca de la entrada de la Urbanización Miranda, en el Municipio Sucre de Caracas. En estos galpones el Consejo Nacional Electoral (CNE), en contra de cualquier mínimo protocolo de seguridad, concentraba la totalidad de las maquinas y demás materiales de votación de lo que nada se salvó. La hipótesis y teorías de la conspiración comenzaron de inmediato a inundar las redes sociales para culpar a uno u otro lado del espectro político antes que de que mediara investigación alguna sobre el origen del incendio. Y a modo de cerrar toda posibilidad de que medie tal investigación, la presidenta del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, sentenció: “Quiero agregar, muy seriamente, que quienes intentan sabotear el sistema electoral venezolano van a chocar, como siempre ha sido, con la determinación democrática e inquebrantable del poder electoral y del pueblo de Venezuela…”.

Lo cierto es que tal situación, independientemente de las explicaciones que desde uno u otro lado se quieran esgrimir, se da en unas instalaciones que están bajo la custodia del mismo Consejo Nacional Electoral, por lo que hay una responsabilidad que resulta ineludible para el propio organismo, y se produce  en un momento en el que el país y la comunidad internacional democrática reclaman elecciones libres y con credibilidad en Venezuela y el Comité de Postulaciones de la Asamblea Nacional iniciaba sus trabajos para el nombramiento de los nuevos rectores del Consejo Nacional Electoral.

La realidad es que los eventos de los últimos días, en donde a la falta de consenso entre la Comunidad Internacional Democrática (CID) se suma el efecto del coronavirus (COVID19), tanto  dentro como fuera del país, al tiempo que a la falta de acuerdo sobre los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) se suma la falta de materiales y sistemas que posibiliten una salida electoral en el corto plazo, se traducen en la extensión de un estancamiento cuya consecuencia es un statu quo (SQ) que, inevitablemente, juega, por ahora, a favor del régimen.

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