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Las protestas sociales

Tomada de Notitarde

Trino Márquez

@trinomarquezc

Las recientes protestas que se han registrado en distintos estados del país han hecho reaparecer el fantasma de un gran estallido social –una suerte big bang– que provoque el inicio del tránsito hacia la recuperación de la democracia y la sensatez en la conducción del Gobierno. No dudo que esa posibilidad exista. El país se ha empobrecido de una manera tan global y acelerada que la gente, en medio de la desesperación, podría optar por salir a las calles para desatar revueltas masivas que conduzcan a una fractura del régimen en su cúpula.

Sin embargo, las probabilidades de que tal portento ocurra las veo remotas, aunque creo que el enorme malestar existente provocará numerosas reyertas callejeras. Los factores que conspiran contra la aparición de un movimiento orgánico sostenido dirigido a promover un cambio sustancial en Venezuela son los siguientes.

El primero es la inexistencia de las organizaciones sociales que hacen posible capitalizar el descontento, potenciarlo y orientarlo hacia el cambio. El capital social sobre el cual se asentó la democracia durante más de cuarenta años, ha sido destruido en gran medida. Los partidos políticos, las centrales sindicales, los gremios profesionales, las federaciones estudiantiles, las ligas campesinas y las demás agrupaciones sociales, apenas han logrado sobrevivir en medio del asedio que les montaron, primero Hugo Chávez, y luego Nicolás Maduro. De ellas quedan solo rastros. Acción Democrática, Copei y el MAS son morisquetas del pasado. Carecen de dirigentes de base y comités de apoyo en las barriadas populares. La CTV no es capaz de movilizar a nadie, a pesar de que la clase obrera ha sido arruinada. El salario mínimo no llega ni a un dólar mensual, el más bajo del mundo, y probablemente de la historia en las naciones de Occidente. De la antigua poderosa central de trabajadores públicos no queda sino el recuerdo, lo mismo que de las acosadas federaciones estudiantiles universitarias y las organizaciones rurales que agrupaban a los productores agrícolas y a los campesinos. Las correas de transmisión que permiten activar la resistencia y desplegar la movilización de las masas, desaparecieron arrastradas por ese huracán desatado por el autoritarismo del siglo XXI, proyecto hegemónico iniciado hace más de dos décadas.

La mayoría de la gente, además, tiene miedo de que la repriman con la brutalidad con la que suelen actuar los cuerpos de seguridad formales e informales organizados por el Estado madurista. Las FAES, el Sebin, la Guardia Nacional Bolivariana, los colectivos y los ‘patriotas cooperantes’ forman un entramado que opera con una ferocidad implacable. Quienes se atreven a encararlos son los más jóvenes y arriesgados. Quienes han llegado al límite de la desesperación. Pero los grandes contingentes todavía sienten un temor atávico. Estas son las lecciones aprendidas en la escuela cubana.

Hay que agregar el pánico que produce en una sólida capa de ciudadanos la posibilidad de perder el acceso a las cajas CLAP, o a las diferentes migajas distribuidas a través del sistema Patria. Estos auxilios en especies y financieros, para un grueso sector de las clases humildes constituyen la única fuente de ingreso. El régimen lo sabe. Por eso utiliza esos subsidios como instrumentos de chantaje e intimidación. Criminaliza las protestas pacíficas tan pronto estas se producen, con el fin de que los pobladores más vulnerables y dependientes de esas canonjías, se desmovilicen de forma inmediata. La extorsión actúa como una fórmula paralizante.

El otro componente importante de esta trama que presento de manera comprimida está formado por la hegemonía comunicacional. La amplia red de medios públicos tejida por el régimen desinforma, oculta y tergiversa la realidad. Ese tejido está conformado por cerca de mil emisoras de radio, por varios canales de televisión y numerosos medios impresos distribuidos de forma gratuita en las principales ciudades y pueblos. Toda esa urdimbre forma una telaraña informativa que envenena a la capa de la población –muy reducida, por cierto- que compra el discurso manido del gobierno.

Los cuatro factores apuntados se entrecruzan para formar una malla que impide el despliegue del enorme malestar existente en la población por el deterioro en picada de la calidad de vida. La cotidianidad del venezolano se ha convertido en un calvario: sin electricidad, ni agua, ni gas doméstico, ni transporte público y, desde hace algunos meses, sin gasolina.

Este nivel de precariedad en otro país, o en la Venezuela de los grandes partidos, gremios y sindicatos, habría provocado unas movilizaciones y unas revueltas incontenibles, que habrían conducido a la salida de los gobernantes o su retroceso y rectificación.

La dirigencia de los partidos que sobreviven y los líderes de las demás asociaciones civiles deberían redoblar los esfuerzos para conectarse con ese torrente espontáneo de ira popular que se ha puesto de manifiesto, y que espera que el liderazgo nacional entre en sintonía con esa gente que está expresando no estar dispuesta a seguir dejándose ultrajar por un gobierno incapaz.

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