Opinión y análisis

El pueblo en el relato populista

Tomada de El País

Nelly Arenas

La palabra pueblo es recurrente en el discurso político. Está presente en el verbo de los líderes de cualquier signo, tanto de izquierda como de derecha, democráticos como no democráticos. Casi todas los preámbulos de las constituciones están escritos colocando por delante la autoridad del pueblo soberano en nombre del cual toman legitimidad las mismas. De modo que el discurso político contemporáneo no puede zafarse del vocablo pueblo; sin él, pareciera carente de un elemento que le es consustancial.

Como muchos otros conceptos ligados a la política, éste también está cargado de equívocos y, como ha llamado la atención Margaret Canovan (2005), algunos de sus significados coliden con otros. Puede aludir al cuerpo de ciudadanos en su totalidad, así como sólo a la gente común, al vulgo o a la masa.

Aunque la invocación al pueblo no es atributo exclusivo del populismo, es en el marco de esta estrategia dirigida a alcanzar el poder o a mantenerlo, donde esa interpelación adquiere su valor cardinal. El pueblo está en el corazón del relato de quienes elaboran política en clave populista.

En esa estrategia, señala Francisco Panizza (2009), el pueblo no aparece sólo como entidad formada exclusivamente por los pobres sino por quienes se sienten desechados de la política y de la representación pública. A título de esa exclusión es que el relato populista construye retóricamente al pueblo.

Conviene aquí señalar que la exclusión remite a una de las tensiones constitutivas de la democracia representativa desde los orígenes mismos de la modernidad política. Como lo sostiene Pierre Rosanvallon en sus trabajos sobre la historia de la democracia, es constatable la imposibilidad de que las instituciones representativas logren encontrar la manera de cumplir cabalmente con el principio de la soberanía popular. Cuando los ciudadanos escogen a sus representantes, aspiran a que éstos hablen un lenguaje similar al de ellos; satisfagan sus intereses, los incluyan perfectamente. Esta imposibilidad fáctica aporta un terreno fértil para que el populismo haga germinar la idea de traición con respecto a las formas representativas: los representantes no hacen lo que desearían los representados. Al mismo tiempo, la operación se completa al encastrar en el imaginario político una noción de pueblo como cuerpo homogéneo, libre de fisuras. Así, las dificultades inherentes a la representación se resuelven en el populismo imaginando un pueblo unificado, reconciliado consigo mismo, anota Rosanvallon.

El pueblo del populismo es intrínsecamente correcto, cuya voz es infalible y genuina. De allí que los líderes populistas no puedan comprender las limitaciones que la institucionalidad pueda imponerles pues se ven a sí mismos como la personificación de esa infalibilidad y autenticidad, como ha puesto de relieve Ochoa Espejo (2015). De esta manera, la decepción con respecto a la representación se trasmuta en sobre-representación por parte de una única persona, la del líder.

 La noción del pueblo unificado y cerrado sobre sí mismo, guarda profunda semejanza con lo que Claude Lefort (2004), identificó como pueblo Uno en el ambiente de los totalitarismos del siglo XX, a saber, aquella que no admite que la división sea inherente a la sociedad dando por cierta sólo la que se figura entre el pueblo y sus enemigos; vale decir, entre su interior y su exterior. Por ello, la existencia del pueblo como unidad indivisible, exige la producción sin pausa de enemigos.

Pero el demos concebido de ese manera, es inhallable sociológicamente pues, como ha insistido Rosanvallon (2020), la sociedad está cruzada por la división y la diversidad. Como categoría política, sostiene Carlos De La Torre, “…el pueblo no está ahí como dato empírico, sino que es una relación de posicionalidades (sic) construidas, por lo que siempre se necesitan elites que expresen, articulen, descubran y glorifiquen lo que ellas consideren como lo popular”. De allí se desprende la imposibilidad cierta de que el pueblo pueda ser personificado, como este autor indica.

Humberto Eco (2000-2006), lo ha entendido bien cuando afirma que “el pueblo como expresión de una voluntad y una emoción únicas, es una ficción política. El pueblo es en este contexto, un artificio del cual se apropia el líder para crear una imagen virtual de la voluntad popular”.

Esta imagen requiere el diseño de una frontera que escinde a la sociedad en dos campos confrontativos: el del pueblo sano y virtuoso por antonomasia y el del poder, corrupto y perverso por excelencia. El “nosotros” en la retórica populista se figura simbólicamente como el pueblo mientras que el “ellos” o el “otro” del pueblo, es el de las elites u oligarquías entregadas a la traición y responsable de todas las desventuras. Identidades irreconciliables entre sí, sin remedio posible. En este marco, según Ernesto Laclau (2005) en una de sus principales obras, La razón populista, el pueblo se concibe como una entidad menor que la totalidad de quienes integran la comunidad. Se trata de un “componente parcial” que desea, no obstante, ser percibido como la “única totalidad legítima”. Recurre Laclau al ejemplo de la revolución bolchevique la cual reclamó “Todo el poder para los Soviets’’, una proclama auténticamente populista al concebir y reconocer como única, sólo una parte (los consejos obreros) del todo, (la sociedad en su integridad).

Según observa Pablo Oyarzum, Pars pro toto (tomar una parte por el todo) o la plebs que reclama ser el populus legítimo dibujan, desde este punto, el círculo de la exclusión que traza el populismo el cual tiende a permanecer y reforzarse continuamente. Una radicalización de este rasgo conduce inequívocamente a la construcción de lo que Rosanvallon (2017) ha llamado “Poderes sociedad” para identificar aquellos tipos de regímenes autoritarios que se erigen como tales pretendiendo significar y sintetizar a la sociedad en su extensión toda.

Como nos ha mostrado Pierre-André Taguieff (1996), la visión inapelable de la virtuosidad del pueblo conduce a un espacio utópico donde el principio de soberanía popular se metaboliza como puro autogobierno o democracia directa. La unidad y la pureza se predican así a la luz del encuentro idealizado cara a cara del pueblo con su líder. De esta forma, el populismo se ofrece como vehículo para disolver la distancia que separa al pueblo de las elites gobernantes, puntualiza Taguieff.

Es de la soberanía popular que el populismo hace derivar su naturaleza, autoridad y poder para actuar simple y directamente, hace notar Margaret Canovan. Sin embargo, siendo el pueblo una ficción construida políticamente, ¿cómo es qué éste puede ser presentado como la fuente última de toda autoridad política? se pregunta la autora. De allí que, desde el punto de vista constitucional, la soberanía del pueblo también consista en un mito, pues la misma resulta impracticable al ser imposible la inclusión de todos los miembros potenciales en las decisiones que conciernen al conjunto social, concluye.

Además de los señalados, otros elementos también deben ser registrados en la tarea de identificación del pueblo que se construye desde la narrativa populista. Pablo Oyarzum (2018) contribuye con este propósito al mostrarnos algunos de ellos como el del mito de la sustantividad. Se trata de aquél que postula algo común, presente en el pueblo invocado en la forma de un principio de identidad y de pertenencia que puede alcanzar densidad ontológica, es decir, principio de verdad irrecusable. A partir de tal principio, también se descarta al Otro. El bolivarianismo, en el caso venezolano, resulta en este sentido un buen ejemplo: formar parte del pueblo para el populismo chavista funda una identidad que pasa por ser hijo y heredero de las glorias de Bolívar. Desde esta identidad fundante se excluye al distinto: autodenominarse bolivariano deja por fuera, relega al desprecio patriótico, a quien no lo es sólo por no ser afecto al régimen.

Otro de los elementos es el que se articula entre la exclusión y lo afectivo. Entre quienes se sienten apartados priva un elemento común: el malestar de saberse excluido. A ese malestar apela el populismo construyendo con él una plataforma ética la cual es anterior a las demandas políticas propiamente. Sostiene Oyarzum que “todo lo que se diga de la eficacia política de las demandas articuladas en cadena como las ha concebido Laclau, ha contraído una deuda general con el malestar de la exclusión, y el componente afectivo que se atribuye a la convergencia de tales demandas se deriva en esencia de esa deuda”. El malestar común se convierte así en un “dispositivo populista” desde donde se interpela a cada cual brindando sentido y horizonte a su malestar al incorporarlo a un todo social que se reconoce en esa condición. Es decir, la construcción del pueblo en el populismo tiene en su base una sustancia valorativa y afectiva previa a la política, modelando de este modo una configuración afectiva del lazo social, señala.

Este autor llama la atención, por último, sobre el doble efecto del discurso populista al activar y desactivar al pueblo como categoría política simultáneamente. Lo activa al convocarlo a constituirse en un espacio de “promesa” o de “revancha” basado en el principio de soberanía popular, lo cual genera su movilización. Lo desactiva al propiciar, en nombre de la exclusión, una “clausura identitaria” al concebir la oposición cerrada a las elites como condición de autenticidad y remitir todas las relaciones que lo tejen a la dirección vertical del líder.

 Negación de la pluralidad sobre la base de la exclusión social y política; subordinación incondicional a la voz suprema del líder quien resume la soberanía popular; reconocimiento y legitimidad de una parte de la sociedad como si la misma constituyera el todo; sustantividad ontológica; compendian, concluimos nosotros, la trama retórica del pueblo como categoría política en el relato populista. Tales materiales abonan la tierra donde el poder autoritario puede emerger y prosperar.

Bibliografía 

Canovan, Margaret (2005) The people Cambridge Uk.

De la Torre, Carlos (2007) “Es el populismo la forma constitutiva  de la democracia en América Latina?” Vox Populi Populismo y democracia en América Latina, Julio Aibar Gaete (coord.) Flacso, México.

Eco, Humberto (2000-2006) A paso de cangrejo. Artículos, reflexiones y decepciones. Debate disponible en www.megustaleer 

Laclau Ernesto (2005) La razón populista Fondo de Cultura Económica Buenos Aires.

Lefort Claude (2004) La invención democrática Edic. Nueva Visión, Buenos Aires.

Ochoa Espejo, Paulina (2015) “Power to whom? The people between procedure and populism” en Carlos de la Torre (edit) The promise and perils of populism: Global perspectives. University Presss of Kentucky.

Oyarzum, Pablo (2018) “Pueblo, populismo y democracia” pdf disponible en www.rearchgate.net 

Panizza, Francisco (2009) “Introducción” El populismo como espejo de la democracia Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Rosanvallon, Pierre (2003) Por una historia conceptual de lo político Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

————————- (2006) “Las nuevas vías de la democracia”. Conferencia dictada en la UCAB, 16 de noviembre. 

————————- (2017) “La democracia del siglo XXI” NUSO, num. 269.

————————  (2020) “El populismo y el desencanto con la democracia” Entrevista realizada por Rocío Annunciata, disponible en   www.clarin.com.  

Taguieff, Pierre-André (1996) “Las ciencias políticas frente al populismo: de un espejismo conceptual a un problema real” F. Adeler, T. Fleming y otros. Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires.

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