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El momento de los ciudadanos

Foto: Federico Parra (AFP)

Andrés Caleca


     Venezuela agoniza. La camarilla aposentada en Miraflores, esa cruel alianza entre los rezagos de la izquierda stalinista, el militarismo desembozado  y esta especie de lumpen posmoderno, de bandas criminales, narcotraficantes y pranes que se ha extendido por todo el país, ha sumido a nuestra sociedad en un caos generalizado que no tiene parangón en la historia. En su norte, la ambición totalitaria, el Reich de 1.000 años, la eliminación de toda disidencia, el dominio del alma de todos y cada uno de nosotros.

     La sociedad luce anómica, exhausta después de años de resistencia infructuosa. La desconexión de los venezolanos con la política, para regocijo de los mandones, alcanza niveles insospechados: 88 % tiene poca o ninguna confianza en los dirigentes políticos, según arroja una encuesta reciente.

     La oposición, en sus distintas expresiones, vive una insoslayable debacle. Dividida como nunca en estos años; sumida en una maraña de estrategias contradictorias e inalcanzables; desprovista de sus partidos y símbolos; perseguidos, inhabilitados o aventados al exilio muchos de sus dirigentes, mientras otros transitan el camino ignominioso y rastrero de la funcionalidad al régimen.

     La nación ha retrocedido 100 años.

     Otra vez nos toca, a las generaciones que compartimos vida en esta hora, empinarnos sobre el desastre y retomar el camino del cual nos hemos extraviado. Otra vez nos toca encontrar la unidad en torno a un programa, entusiasmar a la mayoría de la sociedad en un objetivo común, organizar y relanzar las organizaciones civiles: partidos, sindicatos, gremios, asociaciones, organizaciones diversas de la sociedad. Todo confluyendo en un objetivo común, que es, de nuevo y después de un siglo, el mismo: la democracia.

     La democracia como ideal, como meta, como bitácora de la lucha contra el totalitarismo que quieren imponer al país. La democracia, no solo como una forma de gobierno, como organización estatal, sino también como cultura, como participación libre en los asuntos públicos, como decisión consciente de los ciudadanos de asumir plenamente, con la fuerza de su mayoría, la construcción  de una nación libre, civilizada, justa y honrada.

     Con partidos políticos bien organizados, aún en las circunstancias más difíciles, cohesionados por pensamiento, intereses comunes y principios compartidos. Con sindicatos y gremios fuertes, combativos y libres. Con medios de comunicación transparentes y formadores de ciudadanos, no importa su tamaño ni plataforma, sino su constancia y claridad de propósitos. Con un ambiente cultural y artístico comprometido con la modernidad y la libertad. Con vecinos organizados conociendo y exigiendo sus derechos. En fin, con una mayoría social capaz de transformarse en mayoría política.

     No es tarea fácil. No existen atajos ni vías rápidas. Nadie, que no sea un atolondrado demagogo, puede ofrecer soluciones mágicas. Es trabajo de hormiga, constante, permanente, ininterrumpido. Es un camino de mediano y largo plazo, lleno de peligros y amenazas, pero cimentado de victorias parciales, espacios ganados, centímetros recuperados palmo a palmo.

     Llegó el momento de los ciudadanos. No solo para exigir, como debemos hacerlo, la unidad de los actores políticos, la definición de una estrategia consensuada y plausible, los pies en la tierra y las manos en el arado, sino también es el momento de los ciudadanos para dar un paso al frente: a militar políticamente; a organizar nuestras comunidades; a levantar la voz y protestar por nuestros derechos, por pequeños que sean; a estudiar y difundir nuestra historia de luchas democráticas, para aprender de ellas y motivar a todos; a romper los muros que nos separan social, económica y hasta geográficamente; a ayudar a los más débiles, promover a los jóvenes, defender a los atropellados. Que ni una injusticia más, ni un abuso más, ni un atropello más queden sin denunciar, sin registrar, sin protestar.     

Es la hora de la conciencia y del pensar profundo, como la llamó Don Andrés Bello en otra época aciaga.

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