Opinión y análisis

Socialismo y Populismo: dos cabezas del mismo dragón

Extraído de: Es De Politólogo

Tulio Ramírez

En la literatura politológica del siglo XX se tiende a diferenciar el socialismo revolucionario del populismo. El argumento más contundente está asociado a la naturaleza ideológica de los regímenes socialistas clásicos, lo cuales se apoyan en las ideas de Marx y Lenin, con respecto al pragmatismo que orienta las acciones de los modelos populistas.

En América Latina se han vivido las dos experiencias. Por una parte, regímenes francamente leninistas como el cubano o el nicaragüense en su primera etapa. Ambos se caracterizaron por hacer gala de una retórica ideológica confrontacionista contra los Estados Unidos, por estar aliados al Bloque socialista liderado por la extinta Unión Soviética y por el uso selectivo de la represión institucional para contrarrestar las posiciones disidentes.

Otra variante, desde la misma trinchera socialista, se vivió con la experiencia chilena liderada por Salvador Allende y el caso del Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chávez en Venezuela. Ambos llegan al poder por la vía democrática para luego implementar políticas de alianza con el bloque socialista el primero, y con el bloque de países antinorteamericanos, el segundo. Estas experiencias de arribo al poder por la vía electoral, no estuvieron exentas de una retórica confrontacionista contra las potencias capitalistas occidentales, además de la implementación de medidas económicas restrictivas del libre mercado y, como en el caso venezolano, el uso de las instituciones del Estado para perseguir a la disidencia.

La experiencia chilena terminó con el derrocamiento de Salvador Allende a través de un golpe militar. El contexto de la Guerra Fría además de las erradas políticas económicas que generaron escasez y mucho descontento a lo interno, sirvió de caldo de cultivo para justificar la salida golpista. En el caso venezolano, por el contrario, el llamado régimen chavista se ha mantenido en el poder una vez fallecido Hugo Chávez, a través de cuestionadas elecciones que se caracterizaron por la invalidación de partidos políticos opositores, el uso abusivo de los recursos del Estado en la campaña oficialista, la manipulación de las condiciones electorales y la encarcelación o exilio de fundamentales dirigentes opositores.

Los socialismos en sus vertientes diferenciadas por la forma de arribo al poder, no hicieron más que matizar sus mecanismos de intervención social para asegurarse el mantenimiento en el poder. Unos de manera acelerada y otros de manera gradual diseñaron acciones y políticas públicas dirigidas al control social usando los recursos y las instituciones del Estado.

En paralelo, el populismo en América latina también consiguió tierra abonada. Luego de un extenso período de regímenes militares que cubrió hasta mediados del siglo XX, se instauraron experimentos democráticos signados por un modelo de hacer política que trasladaba la responsabilidad del logro del bienestar social, al líder carismático.

La mayoría de los países latinoamericanos después de sus procesos independentistas se vincularon al mercado internacional como proveedores de materias primas y no desarrollaron procesos importantes de industrialización, por lo que el desarrollo de una clase de trabajadora fabriles y una clase media fuerte, demandantes de participación política y bienestar social, pudo instaurarse tardíamente.

Así, siendo países fundamentalmente agrarios o con desarrollo de enclaves localizados para la extracción de minerales o materias primas para el mercado internacional, presentaron condiciones favorables para que el populismo floreciera. Así, desde México hasta La Patagonia, las promesas de redención de los que menos tienen y de igualdad social, caló en las grandes mayorías apuntalando la imagen del líder del momento, sea este militar o civil.

Ahora bien, a pesar de las aparentes diferencias entre ambos regímenes, advertimos un tronco común que los asemeja. Nos referimos al recurso de “la retórica ilusoria” para lograr el poder y el uso de la represión para mantenerlo. Veamos.

El discurso socialista revolucionario y el enarbolado por los líderes populistas tienden a igualarse por exaltar el mesianismo. En ambas retóricas se le atribuye al líder el poder para hacer justicia y distribuir riquezas a los que no la tienen. Este discurso le resta importancia a las instituciones del establishment por obstruccionistas o francamente discriminatorias.  Dado que la culpa generalizada de la pobreza es atribuida en ambas retóricas “a los que más tienen”, la promesa lógica es resarcir esa situación, compensando a los más pobres. Así se alimenta una relación líder-pueblo sin intermediación de partidos políticos o con la presencia “del partido del cambio”, encargado de organizar al pueblo para hacer efectiva la voluntad del Líder.

En ambos casos, este atractivo discurso que no promete más oportunidades de trabajo, sino distribuir equitativamente la riqueza generada por otros, suele surtir efectos de “luna de miel” entre el líder y el pueblo que lo respalda. Por supuesto, tal “idilio” se mantiene hasta el momento en que la riqueza disponible para repartir, se agota.

Al imponerse esta política distributivista a partir de subsidios directos y no a través de servicios universales sostenidos por los propios contribuyentes con sus impuestos, se da inicio a un proceso de agotamiento temprano de la “luna de miel” que sostiene el cariño y fe ciega en el líder. Paralelamente, al incurrirse en expropiaciones y regulaciones confiscatorias en procura de los recursos necesarios para hacer viable la política de dádivas, se ahuyentan los capitales, cierran empresas, aumentando de esta manera el desempleo y la escasez.

 Al caer el PIB durante los siguientes años, comienza la debacle de la imagen del líder y su aureola de justiciero y padre proveedor. Se agotan los recursos para honrar los subsidios directos prometidos, se deterioran los servicios públicos por falta de inversión, se profundiza la inflación, deteriorándose los sueldos y salarios de las grandes mayorías, por lo que aumentan los índices de pobreza, ensanchándose la brecha entre los que tienen y los que no tienen.

El agotamiento de la política distributivista sin mayor contraprestación que la fidelidad al líder y al partido a través del voto o el apoyo “rodilla en tierra” al gobierno revolucionario, deviene en un período de descontento creciente que se expresa en protestas o migración masiva a otros países en busca de mejores condiciones de vida.

Ante la consecuencia lógica de las políticas económicas erradas, la respuesta de los gobiernos socialistas revolucionarios y los populismo democráticos ha sido siempre la misma, recurrir a la represión de las protestas, el encarcelamiento de opositores, inhabilitación de partidos y cierre de fronteras. Al final del día, ambos sistemas políticos terminan siendo dos caras del mismo dragón.

Tulio Ramírez, sociólogo, abogado, magíster en Relaciones Industriales, doctor en Educación, postdoctorado en Filosofía y Ciencias de la Educación. Profesor Titular de la UCV, UCAB y UPEL. Director del Doctorado en Educación de la UCAB

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