Opinión y análisis

La actualidad de Ebert: A ciento cincuenta años de su nacimiento

Extraído de: vorwaerts

Tomás Straka

            De todos los sitios históricos de Alemania, es probable que la casa natal de Friedrich  Ebert sea de los menos atractivos.  Aquel diminuto apartamento, en el que su familia de nueve hermanos no podía sino vivir apilada, desluce frente a los palacios e iglesias barrocas de Heidelberg.  No sabemos el grado de fidelidad con la que el museo reproduce el hogar de los Ebert, pero en cualquier caso refleja bien lo que era la vida de una familia proletaria, o de clase media-baja, en la Alemania de la década de 1870.  La distancia que media entre aquel apartamento y el castillo que corona la ciudad o, para poner el otro extremo, el palacio del Káiser en Berlín (hoy parcialmente reconstruido), es la que mediaba entre la base y el pináculo de la sociedad del Reich.   Y es la que nos dibuja todo lo que representaron las revoluciones democráticas del siglo XIX e inicios XX, cuyo significado, especialmente  el social, se ha ido diluyendo en el mundo contemporáneo.  Medio siglo después, el niño nacido en aquel apartamento ocupó la jefatura de Estado que un Káiser derrotado y en fuga dejaba vacía.

            Que alguien proveniente de cualquier punto de la escala social, si tiene el talento y el empeño suficientes, llegue adonde antes sólo alcanzaban los nacidos en cuna de oro, en general nos parece perfectamente normal.  Pero ni lo fue la mayor parte de la historia de la humanidad, ni en realidad lo es hoy en un porcentaje enorme del planeta.  Por eso Ebert y la idea de democracia que encarnó, siguen teniendo cosas que decir a ciento cincuenta años de su nacimiento. En momentos en los que el mundo experimenta un proceso de autocratización, en los que líderes demagógicos socavan a las democracias desde adentro, y los fundamentalismos se expanden, volver sobre la vida de quienes tuvieron que navegar en aguas similares no es un preciosismo académico.  Es una tarea con aplicaciones concreta, inmediata, incluso urgente.

            El movimiento del que Ebert formó parte, tuvo que enfrentar a cada uno de estos retos.  En lo inmediato, ellos parecieron superiores a sus fuerzas, y se lo llevaron por delante.  Pero a mediano plazo el tiempo les dio razón.  De allí que lo más importante de Ebert no es el cursos honorum que lo llevó del apartamento proletariado al parlamento y después a la jefatura de Estado,  sino todo lo que hizo para que biografías como la suya dejaran de ser algo excepcional.  Es decir, para que haya un sistema en el que organizar y militar en un partido o un sindicato, no sea motivo de temor; en el que la discusión libre en la prensa y en el parlamento, constituyan las normas básicas de la vida política; en el que el Estado ofrece políticas educativas, sanitarias, laborales, y permitan que todos, en la medida de sus intereses y posibilidades, escalen posiciones como lo hizo él.  En una palabra, el Estado de Bienestar.   

El fracaso de la República de Weimar, como se le llama por el lugar en el que promulgó su constitución en 1919, de momento pareció descalificar la propuesta, pero tan pronto fue posible volver a ponerla en marcha después de 1945, produjo el período más próspero, libre y pacífico de la historia de la humanidad. 

El consenso socialdemócrata

            Por supuesto, eso que el historiador Tony Judt llamó el “consenso socialdemócrata” de la posguerra europea ni puede atribuirse a Ebert, ni siquiera al movimiento del que formó parte, la socialdemocracia.  Primero, hubo variables internacionales que fueron claves, como la derrota del nazismo y fascismo en la Segunda Guerra Mundial, que sacó del mapa a algunos de los peores enemigos que tuvo que enfrentar Ebert y, de hecho, quienes sepultaron a la República de Weimar.  La Guerra Fría y el temor al comunismo, que en el caso alemán también sacó del juego a otros de los más pertinaces enemigos de Ebert, y que además permitió la ayuda generosa de los Estados Unidos, tanto en dinero como en defensa.  Eso distaba mucho del verdadero hostigamiento con el que la comunidad internacional ayudó a estrangular a la República de Weimar, con el cobro de enormes compensaciones. Además estaba el precio bajo del petróleo, que fue otra forma de financiamiento al milagro alemán y en general al reconstrucción europea.  La guerra misma, con sus más de cincuenta millones de muertos y la profunda destrucción de Alemania, también hizo que el modelo al que no se le quiso dar una oportunidad, no pareciera tan malo después de todo.

Por otra parte, aunque socialdemócrata por el espíritu, en el consenso entraron, y con un papel protagónico, los socialcristianos, que por ejemplo fueron la primera fuerza de la Alemania Occidental las dos décadas del milagro; participó el capital, incluso el gran capital, con políticas de libre mercado muy amplias (otra cosa en la que Alemania fue muy lejos); y hasta pudieron incorporarse las coronas, como pasó en Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Escandinavia y, después de 1975, España. Esa ruta intermedia entre el comunismo y el liberalismo clásico, entre las tradiciones y los cambios sociales, no pocas veces revolucionarios, demostró ser muy efectiva. Las poblaciones en general se ganaron para la democracia, lo que entonces se llamó como el Communist appeal perdió su encanto para la mayoría y, por su fuera poco, se consiguió un éxito económico sin precedentes. 

En la década de 1980 el consenso empezó a romperse.  La subida de los precios del petróleo, entre otros factores, hizo difícil financiar al Estado de Bienestar.  No obstante, lo fundamental de la musculatura económica y de una amplia clase media ya estaba consolidado, y por mucho que se hayan privatizado y desregularizado sectores, no se llegó en ninguna parte a desmontarse del todo.   La economía tuvo un respiro, pero en la actualidad han vuelto a aparecer en Europa espectros, como el de la desigualdad y las subsecuentes tentaciones por los líderes populistas, que se creían completamente suprimidos.   No en la dimensión de 1930, pero sí lo suficientemente grande como para generar preocupación.

Socialdemócrata antes del consenso

            Pero volvamos a Ebert.  Si la historia europea ha sido a la larga el triunfo de sus ideas, al menos de las fundamentales, en vida no tuvo la oportunidad de saborear un éxito similar.  Frente al consenso socialdemócrata, Ebert cumplió el duro papel de los precursores. 

            El Reich en el que nació y se hizo hombre, no era una democracia, pero sí tenía la suficiente apertura como para que el Partido Socialdemócrata Obrero Alemán se convirtiera en la primera fuera parlamentaria en 1912.  Aunque originalmente no era un partido marxista, para finales del siglo XIX ya tenía un ala muy fluida por el pensamiento de Karl Marx y, de hecho, los más grandes teóricos del marxismo del momento militaban o había militado en él, como Karl Kautsky y Eduard Bernstein.  Eso generó en sus filas las típicas discusiones que dividieron a casi todos los partidos socialistas del mundo, entre quienes propugnaban por una revolución radical que acabara con el “Estado burgués”, y quienes defendían la posibilidad de transformar la sociedad a través de la lucha parlamentaria, las elecciones y la participación en el debate democrático.  Es famosa la crítica de Friedrich Engels al Programa Gotha, así como la separación de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, que fundaron la Liga Espartaquista (comunista).  Ebert era de la línea más moderada, como Kautsky y Bernstein.

            Ya como uno de sus principales líderes y un parlamentario importante para el momento en el que estalló la Primera Guerra Mundial. Como el Partido Socialdemócrata acogió el llamado de unidad nacional hecho durante el conflicto, encontramos al parlamentario Ebert desempeñando diversas funciones de Estado.  No obstante su momento llega cuando el hundimiento militar de 1918 y la crisis institucional que desencadenó. En un país que en la práctica ya estaba gobernado por el ejército, que no hizo sino acumular poder durante el conflicto, el único contrapeso posible era el parlamento, y todos acuden a él para buscar una solución.  Se proponen varias cosas, pero los hechos se precipitan con la “Revolución de Noviembre”, que estuvo cerca de dejar a los comunistas en el poder.  El Káiser huye, no es posible organizar una Regencia, la gente está en la calle y, en medio de aquel colapso, se forma una república dirigida por un Consejo de los Comisarios del Pueblo (Rat der Volksbeauftragten).  Ebert, líder del partido socialdemócrata, quedó a la cabeza.

  ¿Cómo evitar el completo caos, la guerra civil o un golpe de los comunistas? ¿Cómo hallar una salida intermedia, cuando ya no era posible la transición más o menos ordenada, incluso manteniendo la monarquía si era necesario, que el sector más moderado de los socialdemócratas hubiera querido?  En una decisión muy pragmática, aunque hasta hoy no exenta de polémica, pactó con el único poder más o menos efectivo que había en Alemania, el ejército.  El Pacto Ebert-Groener, como se le conoce por el nombre del General Wilhelm Groener, que garantizó la lealtad del ejército, permitió que la república sobreviviera a la verdadera Guerra Civil que desatan la izquierda comunista y los sectores conservadores en 1919.  Demasiado radical para los conservadores, que suspiraban por unas formas imperiales que ya no eran viables; y a la vez demasiado moderada por los radicales de izquierda, que soñaban con imitar a la Revolución Rusa, la república naciente vivirá bajo el fuego cruzado de ambos. Pronto apareció un tercer grupo, que toma de la derecha sus nostalgias militaristas e imperiales, y del socialismo su reivindicación obrera y reformista: el no en vano llamado Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, al que se abreviará como Nazi. 

No es un dato irrelevante que al gobierno de Ebert le tocó vencer a la Revolución Espartaquista de 1919, dirigida por los comunistas; al Kapp Putsch, de militares tradicionalistas de 1920; y al Putsch de la Cervecería, de Hitler, en 1923. Es en medio del sofocamiento de la Revolución Espartaquista que Liebknecht y Luxemburgo fueron ejecutados en circunstancias muy confusas.  Desde entonces la izquierda comunista odiará a Ebert con todas sus fuerzas.  Pero la derecha conservadora no se quedará atrás.  Lo veía como un agente de una democracia en la que no creen y de reformas que temen.  A los venezolanos su situación nos recuerda bastante a la de Rómulo Betancourt, cuyos enemigos de la extrema izquierda y de la extrema derecha nos dibujan bastante bien cuál era su posición. Pero a diferencia de Betancourt, que recibió un gran respaldo de la administración Kennedy, Ebert tuvo que nadar contra una corriente internacional muy adversa.  El Tratado de Versalles, con sus condiciones humillantes para Alemania; el pago de enormes compensaciones a los países aliados, que exprimió a la economía; y la ocupación francesa del Ruhr, llevaron paralelamente al colapso de las finanzas y a la famosa hiperinflación de 1922 y 1923.  El gobierno logró estabilizarla, pero no podía sino verse como pusilánime ante las humillaciones de Versalles. 

En este contexto, Hitler y los que clamaban venganza eran menos responsables, pero, más atractivos.  En 1925, cuando Ebert, en gran medida afectado por las tensiones, muere por una enfermedad, la sociedad, buscando la calma, decidió votar por lo seguro: el anciano mariscal Paul von Hindenburg, héroe de la guerra y, de hecho, quien en la práctica gobernó el país durante el conflicto.  Es decir a la expresión más conspicua de la vieja tradición militar prusiana. Ya para 1929 la economía había vuelto a despegar, pero entonces vino el Crash de Nueva York que se llevó a todo el planeta con su torrente.  A Hindenburg no le gustaba demasiado Hitler, pero su movimiento era lo bastante grande como para ser un aliado apreciable.  Buscando estabilidad, Hindenburg lo nombró canciller en 1933.  Muere al año siguiente, y lo demás es historia conocida. 

De cara al porvenir

El desplome de la democracia de la República de Weimar es caso clásico de estudio.  Los problemas que tuvo que enfrentar Ebert son, en este sentido, emblemáticos para entender los que en términos generales la democracia suele tener. Los que, en grados distintos y con los tintes de nuestro momento, tiene ahora.  Ojalá que aquella experiencia sirva de algo. Que no tengamos que esperar a otro Armagedón para que de nuevo queramos darle una oportunidad. 

Como los príncipes que disfrutaban sus grandes triunfos en el Palacio de Berlín en 1871, como todos los que los veían entonces, no dejemos llevarnos por un exceso de seguridad.  Las cosas pueden derrumbarse, como se derrumbó su monarquía y al final hasta el mismo palacio berlinés (lo de hoy es una reproducción inaugurada en 2020).  Por otra parte, que el humilde apartamento donde los Ebert vivían apilados sea un recordatorio de lo que la democracia puede ser.  De la promesa de igualdad y libertad que encierra. De lo que podemos perder si la dejamos morir.

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