Opinión y análisis

Elecciones: ¿usarlas o ser usados?

Extraído de: InbestME

Hasler Iglesias

Tras un día agotador, Alfredo, vigilante de hospital, llegó a casa. Aprovechando que tenía electricidad -y no sabía cuánto más duraría este privilegio-, se acostó a ver televisión. No le costó mucho elegir cuál canal ver, la oferta de entretenimiento en el país había disminuido tanto como su peso corporal. Un poco decepcionado, accedió a ver el noticiero. Hablaban de una campaña electoral que se le hacía extraña: candidatos que no conocía discutían sobre un país que también le parecía ajeno. Incluso le parecía que todos planteaban exactamente lo mismo. Se cuestionó un momento sobre el sentido de unas elecciones en las que nadie hablaba de sus problemas, y tampoco conocía siquiera a los que competían. Sin embargo, no le dedicó mucho esfuerzo a esta reflexión. El apagón llegó de pronto y se acostó a dormir, sin cenar, para salir a trabajar al día siguiente. 

Las últimas elecciones competitivas en Venezuela ocurrieron en el 2015. En el 2017 se convocaron elecciones regionales que debieron haber ocurrido en el 2016, y la oposición concurrió en pleno para después constatar el carácter fraudulento de los comicios. Luego de lo que algunos han llamado la “Rebelión popular del 2017”, la oposición apenas obtuvo resultados favorables en cinco estados. En uno de ellos, el CNE alteró los resultados a pesar de que las actas decían lo contrario y en otro, ante la negativa del vencedor de juramentarse ante una fraudulenta constituyente, le fue arrebatado el triunfo y se repitieron las “elecciones”. 

Desde ese momento los venezolanos hemos sido testigos de cómo convocan “elecciones” mientras apresan dirigentes, anulan tarjetas, ilegalizan partidos, cambian las autoridades y el sistema electoral a placer y se niegan a recibir observación internacional. En el 2021 corresponderían elecciones regionales, y en el 2022 elecciones municipales. Y digo corresponderían porque, luego de la batalla anímica, la del lenguaje es la más importante que debemos vencer. Venezuela no vive una democracia; solo en democracia ocurren elecciones y se respetan las leyes. En nuestro país solo se permite desde el poder lo que a ellos conviene, sin importar mucho si es legal o no, o si corresponde o no. 

Un amigo argentino, Gabriel Salvia, escribió en la presentación del libro “Así se vota en Cuba”: “La esencia de la vida democrática es la convivencia pacífica entre quienes piensan distinto, los cuales al ejercer su derecho político a elegir a sus representantes y autoridades de gobierno lo hacen entre diferentes opciones, es decir, ideas y propuestas de distintos partidos y candidatos”.

Poco hay que profundizar sobre el carácter homogéneo de las propuestas políticas que han concurrido a los últimos procesos convocados por la dictadura venezolana. Solo participan aquellos que el régimen no identifica como un peligro para su estabilidad. Va siendo hora de que asumamos esta realidad y nos separemos del lenguaje propio de una democracia, no porque no nos aferremos a ese ideal, sino porque no hacerlo sería hablar sobre una realidad que hoy no existe. 

En el prólogo del mismo libro publicado en 2018, Armando Chaguaceda, cubano y amigo también escribió: “En Venezuela -donde aún subsisten formas de oposición legalmente reconocidas, pero políticamente acosadas- la campaña unitaria y coherente para no votar, implicando movilización, educación y organización ciudadana puede servir como cemento a la lucha poselectoral, que debería sostener la sociedad ante un régimen empeñado en esclavizarla”. 

Para actualizar a Armando habría que puntualizar que ya no existen formas de oposición con apoyo popular legalmente reconocidas. Aun así, ya hace tres años hablaba de los aportes que una campaña unitaria y coherente para no votar sumaría a la causa de la democracia venezolana.

Más aún, en una coyuntura donde la disidencia ha sido acorralada, forzando al exilio a sus líderes más prominentes, ilegalizando los partidos y montando una “institucionalidad” paralela, en el medio de una pandemia y una mayúscula emergencia humanitaria, pareciera que todos los métodos de lucha han perdido eficacia. En este entorno sombrío algunos reciclan argumentos de hace nueve años proponiendo la “resistencia electoral para acumular espacios”. Cabría la pregunta: quienes plantean esta ruta, ¿están siendo usados por el régimen o buscan usar las “elecciones” para debilitarlo? Me temo que ocurre lo primero, pero no significa que lo segundo no pueda concretarse.

Si el liderazgo político acepta que la movilización ciudadana supera sus capacidades actuales, habiendo intentado en numerosas ocasiones un nuevo levantamiento popular que no termina de ocurrir, se podrían abrir otras formas de lucha que no hemos intentado. 

Centrar un proceso electoral bajo estas condiciones en propuestas de gobierno como si jugáramos a la democracia no tiene sentido. ¿Con qué recursos pretenden cumplir los candidatos a alcaldes y gobernadores sus promesas de asfaltado, iluminación y aseo urbano? ¿O es que se nos olvida la figura del “protector” del estado, el arrebato de competencias y hasta el encarcelamiento de alcaldes? Quienes en el contexto de hoy crean que ocupando espacios pueden servir a su electorado, se equivocan o mienten con alevosía. 

Si por el contrario se aprovecha todo lo que implica un proceso electoral -aún uno fraudulento- (movilización, presencia en medios de comunicación, financiamiento y posicionamiento de temas en la opinión pública) para construir ese músculo ciudadano que requerimos para quebrar el sistema, quizás estaríamos siendo más acertados, honestos y realistas. Esto implicaría que los candidatos a gobernadores no prometan nuevas aceras, semáforos y escuelas ni tampoco organicen cuadrillas de movilización o defensa del voto, sino que usen “la ola” para conformar un movimiento ciudadano de resistencia contra la opresión. 

En vez de mítines, protestas por la luz, el agua, el gas o el aseo. En vez de afiches con el rostro del candidato, pendones llamando a luchar por la libertad. En vez de silencio en los medios de comunicación, voceros afirmando que lo importante no es cambiar al gobernador, sino al usurpador y su sistema. 

Algo así sería verdaderamente usar la coyuntura y no ser usados por ella. Sin duda ello nos expondría al riesgo de ser perseguidos y que las candidaturas sean anuladas, pero ¿acaso esa no es la situación actual? 

Sin embargo, para que algo así cuaje se requiere una sólida unidad de la disidencia, claridad en el objetivo y disciplina en la implementación. Es muy fácil sucumbir a los cantos de sirena y olvidarse del objetivo de alcanzar la libertad ante los aplausos y consignas de apoyo que pudieran recibir los candidatos. El objetivo no puede ser ganar gobernaciones y alcaldías -que por demás carecerían de verdadera capacidad de gobierno- sino generar una ruptura en la coalición dominante que permita concretar una transición a la democracia.

En los 22 años de autoritarismo del siglo XXI no se ha usado una “elección” para fracturar al sistema. ¿Existirá la madurez y el desprendimiento necesario para entender que nada hacemos dedicando esfuerzos a ocupar jarrones vacíos si no nos enfocamos en lograr el cambio? Ya va siendo hora de que usemos las coyunturas, en vez de ser usados por ellas una y otra vez. Quizás así Alfredo podría sentir que esta vez su participación servirá de algo.

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