Opinión y análisis

Los Improbables

(A PROPÓSITO DE ADOLFO SUÁREZ, LOS CUARENTA AÑOS DEL 23-F Y LOS PROBLEMAS DE LAS TRANSICIONES)

Tomada de Vanitatis

Tomás Straka

“Hay un golpe en España”

            Pocas imágenes pueden ser tan icónicas: el tricornio, la pistola y los bigotes, que parecen salidos de un cuadro de costumbres; la figura entera del Teniente Coronel Antonio Tejero, su irrupción en el Congreso, los tiros al techo, su voz de mando, los diputados de que se echan al piso, menos uno (y el presidente y el vicepresidente). Todo, o prácticamente todo lo que se pudiera decir y explicar sobre lo que es un golpe de Estado se concentra en aquel asalto al parlamento, y con eso a la democracia, a la institucionalidad.  Para quien escribe es también una imagen lejana de la infancia, aunque lo suficientemente vívida como para recordar bien a mi papá diciendo que “hay un golpe en España” y después verlo atento al noticiero de la hora estelar (entonces había que esperar a los noticieros de la noche y al periódico del día siguiente para enterarse bien de las cosas).  Seguramente, por la diferencia de horario, eso lo hicimos en Venezuela en la misma noche del 23 de febrero de 1981.  Para muchos españoles de mi generación, se trata también de uno de sus primeros recuerdos políticos. Y para el mundo, a ya cuarenta años de todo aquello, es el símbolo de cuán complicada es la transición a una democracia, de los peligros que siempre están a su acecho. 

            Tal vez hoy el Teniente Coronel Tejero parece algo dejado completamente atrás, un pasado tan lejano como la Guerra Civil o los pronunciamientos del siglo XIX. Los millares de jóvenes venezolanos que de un modo u otro se las arreglan para establecerse en España, básicamente no saben de quién se trata, y la perspectiva de que algo así ocurriera les resultaría, como mínimo, inconcebible.  Ojalá sea así.   Entre la abdicación del rey Juan Carlos, en medio de acusaciones bastante gruesas, la independencia de Cataluña, por fugaz que haya sido; la aparición de grupos radicales que consideran a la transición un fracaso y que sistemáticamente critican a la democracia española como algo casi insalvable, tal vez haya que pensar dos veces antes de descartar cualquier cosa. Pero de momento otro asalto como el de Tejero, al menos para quienes observamos las cosas de lejos, parece probable en el futuro inmediato, o incluso mediato.  Pero que eso no lo mande al olvido, sino justo lo contrario. No son pocos los que en España recomiendan el repaso de los hechos, evitando que el olvido termine confinándolos a los historiadores y a otros especialistas, si se quiere atajar la sola posibilidad de algo que se le parezca.

Del otro lado del océano también es útil hacer el repaso.  En una región como América Latina, donde los golpes llegaron a ser tan abundantes, surgieron en el siglo XIX de circunstancias bastante similares a las españolas, o incluso pudiera decirse que nacieron de la misma razón, y abarcaron de un modo u otro un siglo y medio, hasta que en conjunto la democracia terminó por afianzarse en la década de 1980, todo lo que pasa en España es importante.  Además, vista desde esa historia común de pronunciamientos, la transición española se percibe como ejemplar.   Salvo en grupos muy focalizados, sus personajes brillan entre nosotros como estadistas, Adolfo Suárez es un héroe de la democracia, y el rey Juan Carlos I tiene un prestigio que parece a prueba de cualquier acusación.  Los españoles suelen pedirnos más cautela con el entusiasmo, pero, de nuevo con la salvedad de algunos grupos,  cuando se toma en cuenta de la historia de dónde se partía, de los recursos con los que se contaba, la velocidad de los cambios y lo que se logró en muy poco tiempo, el vaso parece estar más bien lleno.

Está fuera de las capacidades de quien escribe adentrarse en los intríngulis de la historia contemporánea de España y del golpe del 23-F.  Como la mayor parte de los legos, mi acercamiento al tema ha sido, sobre todo, por la ineludible Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas, y por alguna que otro artículo leído en las redes.  No obstante, del montón de cosas en las que pone a pensar la obra de Cercas, hay una en particular que es de interés para entender a las transiciones en general, y que puede dialogar con otros temas más cercanos a cualquiera, sepa o no de la vida española: el elenco de quien las hace.  Quienes la llevaron a cabo en España, según Cercas, fueron los menos pensados, los aparentemente más improbables. Esto me ha hecho pensar en la historia venezolana y en lo que conozco de otros sitios, y parece ser un fenómeno que se repite con bastante frecuencia.  La transitología tiene algunas cosas al respecto: las transiciones se inician por rupturas en las élites gobernantes, y suelen ser lideradas por un sector de ellas.   El punto esta entonces en saber, cuando se busca o se percibe estar cerca de una y si es necesario adaptarse a las circunscritas, cuál es ese sector y por qué toma la decisión de cambiar. Para Cercas puede llegar a ser incluso algo psicológico.

Los improbables

            Por mucho que el militar con el tricornio y la pistola me haya llamado la atención, del momento no se me fijaron más cosas, ni pensé por muchos años en el asunto. Como con la mayor parte de las personas fuera de España, más o menos resolvía en mi cabeza la transición de España como una especie de paso de Francisco Franco a Felipe González.  Ambos muy nombrados por los inmigrantes españoles que formaban parte esencial de la vida venezolana, como por la prensa y la televisión (sobre todo González, especialmente vinculado a Venezuela y visitante asiduo), al resto de los personajes del proceso los fui descubriendo poco a poco y en general por casualidad.  A pesar de las estrechísimas relaciones de ambos países, la historia reciente de España no era (no es) un asunto que ocupaba (que ocupa) especialmente a nadie en Venezuela (como en realidad a casi nadie ocupa nada distinto a la historia de Venezuela, excepciones aparte).  De manera que sólo mucho después, y sobre todo por el boom de la biografía de Franco de Paul Preston, comencé a prestarle atención.  Mi papá compraba religiosamente Historia y vida, en aquellas ediciones en blanco y negro, papel de encartado dominical y llenas de batallas de la Guerra Civil, que aún salían a inicios de los ochenta; y como yo las hojeaba, me sonaban algunas cosas, sobre todo bélicas –Brunete o la Legión Cóndor- pero hasta ahí.

            En fin, la razón de esta intrusión personal se debe a que, como muchísima gente, no vine a enterarme de Adolfo Suárez hasta mucho después; que me sorprendió que tan tarde como en 1976 un rey de Europa occidental aún tuviera poderes para nombrar a un presidente de gobierno sin necesidad de elecciones, y que encima ese presidente no hubiera venido de la resistencia al franquismo sino de la Falange.  La imagen de Suárez, de rodillas y con un uniforme blanco que no logré descifrar sino después de buscar un poco en internet, jurando como Ministro del Movimiento, presagiaba cualquier cosa menos que a uno de los héroes de la democratización en el mundo.  El libro de Cercas me demuestra que este conjunto de sorpresas que yo experimenté post facto, fueron más o menos las mismas que tuvieron los españoles en la medida en la que las mismas iban sucediendo.

            ¿Quién podía pensar que el Ministro del Movimiento, esa especie de partido único que aglutinaba a las familias políticas del franquismo, sería el encargado, en cosa de un par de años, de sepultar al franquismo? ¿Cómo la dupla de un Rey básicamente nombrado por Franco y un hombre que había hecho carrera en el franquismo, escalando una posición tras otra, terminaran siendo dos de los protagonistas fundamentales, o incluso los fundamentales, de una de las transiciones emblemáticas hacia la democracia? Cercas, en la verdadera anatomía –el título no es gratuito- que hace del instante en el que los Guardias Civiles irrumpen en el Congreso, se centra en las tres personas que no acataron la orden de echarse al suelo: Adolfo Suárez, presidente saliente del gobierno; Santiago Carrillo, Secretario General del Partido Comunista; y Manuel Gutiérrez Mellado, el vicepresidente del gobierno.  “¿Quién, se pregunta Cercas, hubiera podido prever que el cambio de la dictadura a la democracia en España no lo urdirían los partidos democráticos, sino los falangistas y los comunistas, enemigos irreconciliables de la democracia y enemigos irreconciliables entre sí durante tres años de guerra y cuarenta de postguerra?”

            Porque si bien Suárez era el apparatschik –valga la categoría- que había crecido en el franquismo, y en esencia no hizo más que mostrarse especialmente talentoso para sobrevivir y prosperar en su ecosistema, para reinventarse tan pronto pudo; Carrillo y Gutiérrez Mellado eran de la generación de los forjadores, de aquellos que jalonaron a la república española, cada quien hacia su lado, llevándola al despeñadero.  Ambos a su modo eran legendarios, aunque Carrillo más que Gutiérrez.  El primero se había convertido en un símbolo.   Dentro del franquismo, de todo lo malo que había sido la República, de todo a lo que había combatir, de la Masacre de Paracuellos (Cercas, después de investigar el tema, concluye que no tuvo vínculos directos, aunque es imposible que de algún modo no lo salpicara), y con eso de la penetración soviética que sin duda enturbió a la república, hizo más potable para muchos a la insurrección nacional, pero sobre todo ayudó a legitimarla después, durante la Guerra Fría. Y en la oposición al franquismo, Carrillo era una de las figuras más tenaces, rectilíneas, respetadas de la república que se negaba a morir.  Era además una figura legendaria del comunismo internacional, uno de los promotores de la renovación eurocomunista, con toda la carga de esperanza que llegó a tener en los años setentas.

            Gutiérrez Mellado también era un símbolo, aunque menos conocido tanto dentro, como sobre todo afuera de España.  Quintaesencia del militar franquista, en la Guerra Civil dio muestras del mismo valor con el que se enfrentó a los golpistas el 23-F: miembro de la “quinta columna” del General Emilio Mola, dentro del Madrid republicano y asediado se jugó la vida continuamente como agente de los nacionales.  Especializado en inteligencia, participó después en la División Azul, y como casi todos sus veteranos, ascendió hasta los más altas posiciones del ejército.  En 1976 el Rey lo nombró Capitán General, grado que en la década de 1970 aún tenía más o menos la misma jerarquía que la que recordamos de nuestros tiempos coloniales: el jefe militar de toda una región (recordemos que llamamos capitanes generales a los que gobernaron Venezuela desde 1777, pero ya desde antes se trató de funcionarios con dos roles: el de gobernador para lo civil, y el de capitán general para lo militar).  Del ejército salió como uno de los militares mejor formados y más modernizantes, para la Vicepresidencia Primera del Gobierno en asuntos militares.  

            Con Gutiérrez Mellado es necesario un pequeño excurso: de todas las cosas que me sorprendieron del libro de Cercas, la del enorme poder de los veteranos de la División Azul, aquel contingente de voluntarios que participó en la invasión alemana a la Unión Soviética en 1941.   La mayor parte de los Capitanes Generales para el momento del golpe venían de aquella unidad, al punto que pudiera decirse que España era, treinta años después de la Segunda Guerra Mundial, el único sitio en el mundo en el que soldados y oficiales de la Wehrmacht, básicamente habían ganado la partida.  Aunque debió influir el elemento de la experiencia y la formación técnica de haber estado en algunas de las más grandes batallas del siglo XX, no deja de ser revelador sobre lo que significaba que un promotor de la democracia no sólo haya sido quintacolumnista, espía, miembro del Ejército de la Victoria, sino también veterano de la  Wehrmacht en un ejército en los que éstos tenían el comando.  

            Si había gente improbable para la tarea de la transición eran un líder falangista, un veterano de la División Azul y un comunista. Y sin embargo lo hicieron.  No fueron los únicos, naturalmente, pero sí los que tenían los primeros roles en el reparto.

La conversión de Pablo

            Y es acá donde llega la pregunta que trasciende el 23-F, la general: ¿qué lleva a que un improbable a dar el paso? ¿Qué pasó en las cabezas del Rey, de Suárez, de Carrillo, de Gutiérrez Mellado? O ya, viendo las cosas en términos más amplios: ¿cómo un hombre como Mijaíl Gorbachov subió pacientemente todos los peldaños del sistema soviético, en una carrera lo suficientemente ejemplar, como para llegar a Secretario General del PCUS? ¿Cómo un conservador como F.W. de Klerk  es quien termina enterrando al Apartheid? ¿Cómo fue que Juan XXIII desencadena una enorme transformación en la Iglesia, cuando todos lo veían como un anciano que a lo sumo destrabaría una sucesión complicada y haría una transición suave?  ¿Cómo es que Deng Xioaping fue el que llevó a la quinta parte de la población mundial a vivir en capitalismo? ¿Cuándo Jerry Rawling dio el viraje o Alan García concluyó que no podía repetir los errores de su primer gobierno? ¿Cómo un Eleazar López Contreras pasa de ser el más leal general del gomecismo, el hijo que, según la costumbre de entonces, lo besa en la urna, a quien le confisca los bienes a sus descendientes, saca de las cárceles a sus enemigos e inicia un camino hacia la democracia? ¿O en qué momento Wolfgang Larrazábal, que acompañó lealmente a la Dictadura desde el golpe a Rómulo Gallegos hasta la víspera del 23 de enero, concluyó que un juego democrático es mejor? ¿Fue el príncipe Juan Carlos un maestro del disimulo durante los largos años que acompañó a Franco? ¿Lo fue Joaquín Balaguer? En todos ellos, ¿cómo fue su Camino de Damasco?

            Cada caso es distinto, pero son tantos los improbables que han liderado las transiciones, que tal vez sea posible identificar algunas tendencias.  La conversión de Pablo tiene una explicación sencilla, indistintamente de que fuera extraordinaria y de que se crea en ella o no.  La de Judas (porque siempre hay quienes prefieran esta referencia que a la de Pablo: por ejemplo, muchos de los compañeros de Gutiérrez Mellado), es más compleja: ¿será que nunca creyó?, ¿o será que dejó de creer? ¿Por qué entonces se montó en este carro, cómo pudo mantenerse y disimular tanto tiempo?   Decir que se combinan circunstancias objetivas y subjetivas, es una obviedad (siempre pasa eso), pero que no por serlo debe eludirse: ¿cómo se combinan? ¿Por qué? ¿Qué vuelve la combinación explosiva? La politología y la psicología tienen cosas que decir al respecto, pero vayamos a la tesis de Cercas, al menos para los hombres en los que se detuvo: él habla de una capacidad para identificar lo que está muerto, aunque parezca vivo; y lo que está vivo, aunque parezca muerto. 

En alguna medida es otra forma de nombrar la ley de la supervivencia del más apto, o al menos de que ésta se manifieste. De un modo u otro, la supervivencia y la evolución radican en la capacidad de identificar un cambio en las circunstancias lo suficientemente grande que obligue a transformarse y adaptarse, para seguir adelante, y no morir con lo que se deja atrás.  En todos los casos citados más arriba hubo presiones internas y externas enormes, que hacían evidente la necesidad de abrir al menos un poco las válvulas de presión, o correr el riesgo de ser atomizado por una explosión. En ocasiones, como en el de Gorbachov, no fue posible mantener las cosas bajo control (nunca fue objetivo de la Perestroika enterrar el comunismo), pero en la mayor parte pronto se hizo evidente que lo que ganaba enterrando lo muerto era mayor a lo que se perdía, intentando su mantenimiento de forma empecinada.  En Sudáfrica se llegó a un razonable punto intermedio.  O en China, en la que la elite cambió todo lo que tenía que cambiar para quedarse en el poder.  O incluso en España.   Suele decirse que Juan Carlos I entendió que de todos los caminos posibles para consolidar a la monarquía, el de la aventura de un pronunciamiento era el menos prometedor: tenía en mente lo que le había pasado a su cuñado, Constantino II de Grecia, y a su abuelo Alfonso XIII, que más o menos se hundió con la dictadura de Primo de Rivera. Aun aceptando que eso hubiera sido así, que nunca existió nada distinto al cálculo, es de todos modos digna de celebrar esa capacidad adaptación, indistintamente de sus deseos (por otro lado, las evidencias parecen demostrar que sí hubo algo más que cálculo).

            Como se ve, no se trata sólo de que las condiciones obliguen, aunque ellas sean  indispensables para los cambios, sino también de un sector en la elite lo suficientemente despierto como para percibirlos, y además lo bastante dispuesto a hacer algo (y algo distinto a simplemente negarse al cambio y tratar de ahogarlo: los ejemplos de Nicolae Ceaușescu y Muammar al-Gaddafi nos dicen bastante al respecto).  Aunque en muchas ocasiones se puede perfilar qué individualidades o grupos liderarían, dadas las circunstancias, los cambios, en la mayor parte de las veces se tratan de sorpresas.  No, por lo general, cuando se las ve en retrospectiva y ya se tiene una información más clara de las cosas, sobre todo de lo que pensaban los actores, pero sí en el momento en el que ocurren.

Si hace cuarenta años el Teniente Coronel Tejero, con su tricornio, sus bigotes y su pistola, electrizó a medio mundo (incluso a un niño en Caracas), y de inmediato se convirtió en un símbolo, Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado también lo hicieron.  El primero, de la tradición, de los pronunciamientos, de lo que se negaba a pasar.  Los segundos, aunque hijos de esa misma tradición, de los que sorprendentemente querían dejarla atrás, al menos en lo sustancial.  En el signo de los improbables, esos hombres y mujeres están allí, que de un modo u otro ya han transitado o empiezan a transitar su Camino de Damasco, y que contra todo pronóstico se convierten en los ejecutores de cambios que nadie hasta la víspera sospecha.  A veces ni siquiera ellos mismos.   

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