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Camino hacia la libertad: A noventa años del Plan de Baranquilla (I)

Tomada de El Universal

Tomás Straka

El 22 de marzo de 1931, hace noventa años, fue fechado el Plan de Barranquilla. Ni su principal autor, Rómulo Betancourt, ni el grupo de exiliados que lo firmaría poco después, podían sospechar entonces la importancia que cobraría con el tiempo.  Y no porque no lo imaginaron un documento histórico: al contrario,  toda la capacidad de ilusión de la que pueden ser capaces los jóvenes revolucionarios estaba volcada en él.  Que una docena de veinteañeros exiliados, sin dinero, sin armas, sin un movimiento organizado, y después de haber encajado una ristra de derrotas, profetice su próxima llegada al poder y decida organizar un programa de gobierno para el caso, es una muestra definitiva de optimismo.  De hecho, el tiempo les dio en parte la razón, ya que pudieron ejecutar uno a uno los puntos del plan.  El asunto es que ni la revolución estalló cuándo y cómo pensaron, ni el plan sirvió para lo que ellos, imbuidos en lecturas de Marx y Lenin, proclamaron: un primer peldaño para una revolución socialista más profunda.  De hecho sirvió para lo contrario.  Treinta años después, como unos de los defensores más importantes de Occidente en la Guerra Fría, derrotaron al comunismo y desarrollaron un capítulo local de eso que Tony Judt llamó el “consenso socialdemócrata” de la postguerra.  Es decir, una democracia liberal, con una economía capitalista y un Estado de Bienestar.

De modo que el Plan que se presentó hace noventa años como el programa mínimo de una revolución más o menos comunista, hoy es considerado importante como la base de un proyecto democrático y de un deslinde ideológico fundamental, precisamente, con el comunismo.  Lo que en su momento se presentó como el camino para una revolución más o menos como la rusa, terminó siendo un camino hacia la libertad. Puede sonar paradójico para los que estén menos familiarizados con los grandes debates políticos e ideológicos del siglo XX, o crean que la historia es una línea de coherencia continua, sin fisuras ni saltos; pero no es la primera vez que lo que comienza con una meta, termina en otra.  O, como en el caso de los que firmaron el plan, a entender que su meta de transformar la sociedad venezolana debía seguir una senda distinta de la que pensaron inicialmente.  A contribuir con la dilucidación de este proceso que llevó del marxismo-leninismo a una democracia occidental en la Guerra Fría, se dedican estas líneas.

El programa mínimo

 De todos los optimistas, pocos superaron a Mariano Picón-Salas.  Su fama de joven y prometedor escritor venezolano en Chile, llegó de algún modo a Betancourt, quien decidió enviarle una copia del Plan.  Fue el inicio de una estrecha amistad y colaboración política que duró hasta que Picón-Salas murió treinta y cinco años después.  El texto entusiasmó mucho al merideño avecindado en Santiago y, por aquellos días, muy vinculado con el movimiento socialista de aquel país.  Tanta potencialidad vio en el Plan, que lo definió como una “nueva Carta de Jamaica”.  Nadie se atrevió entonces ni se ha atrevido después a ir tan lejos, pero al menos en un par de cosas acertó la comparación: fue profético, en el sentido de que los firmantes lograron realizar lo que propusieron; y generó una visión innovadora de la historia y la realidad de Venezuela (que no de toda la región, como hizo Simón Bolívar en 1815), que en general se mantiene en el consenso de las ciencias sociales hasta hoy. 

La idea de programa mínimo venía directamente de Lenin.  Según sus palabras, la Revolución Rusa de 1905 no aspiraba a más que a lo que llamó una Revolución Democrática, es decir, demócrata-liberal, por lo que los comunistas debían considerar sus aspiraciones como un programa mínimo, cuyo cumplimiento debía servir de base para un programa máximo, que era el socialismo en la forma que él tenía en la cabeza.  Eso significa que quien leyera el Plan en 1931 -¡y vaya que sus autores lo hicieron circular!- no debía tener dudas sobre lo que aspiraban como máximo, al menos entre los militantes de izquierda.  Las cosas fueron por otro camino, y de hecho la Revolución Democrática no sólo se convirtió en el programa máximo de Betancourt y el partido del que sería líder fundamental, Acción Democrática, sino que la categoría en sí misma fue la bandera con la definieron su proyecto. 

El Plan tiene dos partes.  La primera es un análisis histórico para explicar  la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Es su primer aporte, al punto de que si no hubiera pasado nada particular con el documento, seguiría siendo de interés, al menos para los investigadores.  Quienes lo firman acababan de hacer un cambio fundamental en sus vidas: de estudiantes más o menos promedio, saltaron a políticos y a exiliados en cosa de tres años. A pesar de lo débil que llegó a parecerlo, la dictadura que llevaba ya un cuarto de siglo entronizada en Venezuela, había superado todos y cada uno de los desafíos que les habían presentado: la rebelión estudiantil de 1928, un paro cívico, un intento de golpe, un conjunto de alzamientos dispersos y poco coordinados, la invasión del “Falke”, la que se organizó desde Curazao, la condena de México y otros países.  ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo Gómez y su grupo, en realidad todo el gomecismo, se las habían arreglado para prevalecer en cualquier circunstancia? La explicación, concluyeron, no está ni en el hombre (“es un zamarro”), ni en las otras argumentaciones al uso (raza, región, etc.), sino que la da el uso del materialismo histórico.  Y tuvieron razón. 

En efecto, el marxismo basa sus análisis en la economía y la manera en la que ésta organiza a la sociedad, y el hecho de que en muchas otras cosas se haya equivocado completamente, no significa que haya ciertos aspectos en los que se haya mostrado útil.  En este sentido, identificaron que el núcleo del problema es socioeconómico, es decir, en la base latifundista de la economía, en el caudillismo que ésta producía, y en su alianza con el imperialismo, expresado en las compañías petroleras.  A noventa años, cuando leemos el texto, sentimos que se deben matizar algunas cosas, quitarle su acartonado “determinismo” (es la palabra que usan), pulir su visión un poco mecánica de todos los marxistas formados en los manuales de la III Internacional,  pero lo fundamental de su diagnóstico se mantiene en el consenso historiográfico.

Este análisis los llevó a una conclusión que rompía con lo que el resto de la oposición gomecista tradicional (liberal-amarilla, mochista, exgomecista renegada) solía proponer: el reto no era cambiar a Gómez, sino demoler  el conjunto de variables que lo hicieron posible.  No acabar con Gómez, sino hacerlo imposible en el futuro.  Hacer una revolución social.  Derrocar a Gómez manteniendo el latifundismo, el dominio de los caudillos, las relaciones con el imperialismo, es sólo cambiar el elenco para repetir el libreto.  La segunda parte del plan explica cómo sería esa revolución.  Y es acá donde consideran, entonces con base en las mismas ideas marxistas, que esa revolución no podía ser la comunista, sino algo como lo soñado en 1905.  Eso significa una Revolución democrática.  En el plan no emplean esa categoría, que después, como se dijo, usarán mucho, ni se refieren al Padre Gapón ni a Rusia, pero usan la categoría programa mínimo, lo que entre los jóvenes políticos de izquierda de su momento (es decir, sus destinatarios iniciales), no dejaba lugar a dudas.   

El programa mínimo  consta de ocho puntos: civiles en la administración de la cosa pública, garantía de las libertades políticas (de expresión, de reunión, de organización),  confiscación de los bienes de Gómez (hay que subrayar: sólo los de Gómez), creación de un tribunal que se encargue de investigar la corrupción, “inmediata expedición de decretos protegiendo las clases productoras de la tiranía capitalista”, lo que incluía a las clases medias; alfabetización y autonomía universitaria; revisión (hay que subrayar: sólo revisión) de los contratos con las compañías petroleras, y “adopción de una política económica contraria a la contratación de empréstitos. Nacionalización de las caídas de agua. Control por el Estado o el Municipio de las industrias que por su carácter constituyen monopolios de servicios públicos”; y finalmente convocatoria a una Asamblea Constituyente.  Los comunistas de entonces, de inmediato, condenaron aquello: se trata de un plan liberal, en el mejor de los casos.  Es un ejemplo de “reformismo pequeñoburgués”.  Fue el inicio de unas relaciones tensas que seis años después terminaron en un completo divorcio, y que en la década de 1960 serviría de contexto a una guerra en toda regla. 

No se trató de algo aislado entre los exiliados venezolanos, sino de un conflicto mucho más amplio que dividió a la izquierda en dos bandos, en casi todas partes irreconciliables: los comunistas y los que terminarían siendo conocidos como socialdemócratas.  Es un punto fundamental para comprender tanto al Plan como la forma en la que moldearía Venezuela, a la que dedicaremos la siguiente parte.

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