Opinión y análisis

Democracia y Movimientos Sociales: la población LGBTIQ en Venezuela.

Tomada de Fundación Reflejos de Venezuela

Danny Toro

Los movimientos sociales marcaron el devenir histórico del siglo XX, pues fue en ese espacio de tiempo donde la sociedad civil tuvo un papel de gran importancia y donde temas como la participación política de mujeres, la no discriminación a grupos étnicos y raciales, la no persecución a homosexuales y transexuales, las luchas por la conservación de los ecosistemas y del medio ambiente, entre muchos otros,  dieron forma a los contornos del mundo y sirvieron de base, y de causa, para la conceptualización y construcción de la democracia como premisa política de la contemporaneidad.

La democracia como ideal político y orden social es muy antigua, pero como práctica política que reduce el poder tiránico y permite una vida humana en libertad y dignidad, es esencialmente de la modernidad. Las revoluciones liberales del siglo XVIII y XIX limitaron el poder absoluto del Estado y permitieron ciertamente un desarrollo de la sociedad más allá de los gustos y limitaciones del déspota o tirano de turno, pero no llenaron las aspiraciones de una sociedad más igual en torno a derechos y deberes ciudadanos. Eso solo fue posible con los movimientos sociales de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX, que le dieron a la democracia su conceptualización moderna. Un ejemplo claro de esto es los Estados Unidos de América, que pese a ser considerada la democracia moderna más antigua del mundo, fue solo hasta la década de los 60s del siglo XX, que contempló los derechos civiles de una parte importante de su población como son los afrodescendientes. Otro ejemplo yace en la década de los 70s, en Suiza, donde no podían votar las mujeres.

Así pues la democracia como orden social que limita el poder político, pero que expande el reconocimiento de todos los seres humanos, le debe mucho a los movimientos sociales que con sus presiones y exigencias la han modelado. No por nada la premisa fundamental del sistema y orden internacional actual, son los Derechos Humanos – aunque en la práctica en muchos casos todavía hay una discrepancia con el ideal-, que han venido indeleblemente ligados a las luchas de los movimientos sociales por su integración en la sociedad. Y es que justamente en el fondo del problema para la construcción de un orden social en paz y libertad, está el tema de la inclusión; una de las garantías de la democracia es que viene a ser una válvula de escape para las presiones sociales, por medio de la legitimidad en la representación política de sus instituciones, por ende, los movimientos sociales vinieron a robustecer la legitimidad de las democracias. El reto está en mantener esa legitimidad en medios de los cambios sociales, donde aún se conserva.

Pese a todo lo anterior, poco se ha dedicado a establecer relaciones entre la participación de grupos sociales en las democracias actuales, por lo menos dentro del ámbito académico venezolano, y muchísimo menos, la participación de estos grupos sociales en procesos y luchas por cambios políticos hacia democracias (como el caso venezolano). Aunque el caso de la población LGBTIQ+ (Lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales, queer) sea una de las banderas sociales con mayor fuerza en el mundo Occidental, las discrepancias entre ideales y realidades sigue siendo muy amplia, y particularmente en Venezuela, donde, respecto a América Latina, no se ha avanzando en términos de reconocimiento ciudadano en el ámbito jurídico. Sin embargo, en la conceptualización de estrategias y procesos que busquen un cambio político en el país hacia un régimen democrático, pensar la situación de grupos sociales vulnerables como la población LGBTIQ y su relación con el establecimiento democrático, es más que necesario. 

La población LGBTIQ

Dentro de los parámetros de la acción social y de la respuesta humanitaria de las organizaciones  multilaterales, existen grupos sociales que presentan niveles de vulnerabilidad en cuanto al respeto y ejercicio de sus derechos humanos,  a razón de cuestiones culturales, económicas o estrictamente políticas. La población LGBTIQ es uno de esos grupos sociales vulnerables por la discriminación históricamente perpetrada y la permanencia de imaginarios culturales excluyentes, que tienen efectos muy concretos y perjudiciales. En ese sentido, Venezuela no es la excepción. En el país aún existen altos niveles de tabú social y de discriminación a personas a causa de su orientación sexual o identidad género, así como una escasa nomenclatura jurídica que garantice el respeto a sus derechos humanos y a su demandas sociales de reconocimiento (donde el tema del matrimonio igualitario y las leyes de identidad de género, ocupan un primer lugar).

            Y es en este tema de las demandas sociales de reconocimiento ciudadano, donde la vinculación con la lucha democrática tiene mucha más fuerza. Mas allá de los caminos que se tomen para provocar un cambio político que conduzca al país hacia una democracia, la base fundamental de dichos caminos debe ser la legitimad de los propósitos, es decir, el respaldo social – amplio y diverso-,  que un cambio político no solo es posible y necesario, sino que representará una mejora de la condición actual de la sociedad. Eso plantea unas cuestiones de conceptualización de las luchas democráticas muy particulares. Hoy el mundo es más diverso que nunca, pues se admite – debido a la influencia de los movimientos sociales que hemos hablado- el reconocimiento de muchos grupos sociales y étnicos históricamente excluidos, que deben considerarse para ampliar los esquemas de las luchas democráticas, y la legitimidad de las acciones. El no hacerlo puede atraer consecuencia perjudiciales para procesos de cambio político, tal cual como ha sucedido en los últimos años en Myanmar, donde la larga  transición política hacia una democracia se ha visto empañada por la ausencia de pronunciamientos y acciones decididas para evitar las violaciones de derechos humanos a los musulmanes Rohinyá, donde la oposición democrática ha preferido voltear la mirada a fin de mantener abiertas las negociaciones con la cúpula militar, lo que a la larga provocó, en parte, la deslegitimación de la lucha democrática de cara a la comunidad internacional y no evitó el golpe de Estado de febrero de este año, un lamentable retroceso.

            Por lo tanto, aunque sea ciertamente complejo equilibrar todas las demandas sociales y los grupos de interés en la conceptualización de luchas por cambios políticos, es necesario el esfuerzo por mantener acciones profundamente respaldadas por la sociedad y una futura democracia verdaderamente consolidada. Los problemas de representación de las democracias modernas también tienen sus caras en los procesos donde se intenta pasar de un autoritarismo a una democracia. Obviarlos sería un grave error.

            En consecuencia la lucha democrática venezolana, debe incluir también las demandas de grupos sociales vulnerables como es el caso de la población LGBTIQ. Se debe hablar de reconocimiento ciudadano, plantear discusiones que eleven las problemáticas de este grupo poblacional: matrimonio igualitario, leyes de identidad de género,  en definitiva, solo es posible el reconocimiento pleno de los derechos humanos de este segmento de la sociedad bajo un régimen democrático. Esto último no es un eufemismo ni un artilugio discursivo, sino una verdad por antonomasia, ya que en los autoritarismos no se respetan derechos.

Aunque frecuentemente en las luchas democráticas se olviden estos temas frente a discusiones sobre los medios para provocar los cambios políticos, es menester mantenerlos presentes, porque esta lucha no es por cambiar a una élite gubernamental, sino por construir una genuina democracia donde todos nos sintamos incluidos.

            En ese sentido, quien escribe lleva adelante el proyecto social País Narrado que busca visibilizar las demandas y las vulnerabilidad de la población LGBTIQ de Venezuela para construir una sociedad genuinamente democrática, y frente a la discusiones de los rumbos del país, mantener presente la necesidad y la importancia de incorporar a estos grupos, que más allá de las diatribas políticas, son indispensables para la consolidación de una sociedad verdaderamente inclusiva.

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