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El marxismo, latín ideológico, idioma muerto

Tomada de medios y enteros

Alonso Moleiro

El comunismo ha sido una corriente de pensamiento que proclamó al obrero industrial y preindustrial como sujeto de la historia, en un mundo que había consumido siglos controlado por las jerarquías y diversas variantes de servidumbre y esclavismo.

Ese solo elemento impugnador e igualitarista, de enorme contenido humano a primera vista, le permitió abrirse campo con rapidez en las escuelas de pensamiento del mundo desarrollado.

Su único aporte realmente importante al progreso de la civilización durante el siglo XX es aquel que apuntara el periodista polaco Richard Kapusinski: haber sido una de las palancas de la movilización de las masas.

En sus escritos, Carlos Marx realizó una aguda deconstrucción del emergente capitalismo industrial que le tocó vivir, y de las relaciones laborales y económicas imperantes hasta entonces. A la larga sentó los fundamentos de esta ideología, el marxismo, una auténtica ruptura interpretativa en el mundo de la política y la economía, que proclamaba, acaso también por primera vez, una civilización atea; en la cual las masas, sin intermediarios, tuvieran acceso y control de los recursos naturales y los medios de producción para gestar una sociedad supuestamente complementaria, colectivista, colaborativa y sin clases sociales.

Marx toma de George Wilhem Hegel el método dialéctico –la famosa ecuación tesis-antítesis-síntesis– como instrumento para desglosar el contenido de cada una de las tendencias del proceso social y económico de la humanidad. Concluye que la historia del hombre es la historia de la lucha de clases y afirma que la violencia es la partera de los procesos históricos. Nacía el materialismo histórico.   Las sociedades esclavistas, se afirmaba, iban a evolucionar hacia el feudalismo, luego a las relaciones laborales de la explotación capitalista, y finalmente a la sociedad socialista,  en un tránsito final e inevitable al comunismo, el marco perfecto que garantiza la ausencia de opresores y oprimidos y el desarrollo de la persona de acuerdo a la carga requerida de capacidades y necesidades.

Las agudas y fundamentadas reflexiones de Marx y Federico Engels produjeron un enorme sobre aviso y una creciente polémica en Europa y luego en América.

Los contenidos desafiantes, aparentemente libertarios y cuestionadores de las relaciones laborales modernas del marxismo colonizaron la buena voluntad de varias generaciones de seres humanos sedientos de justicia. La densidad de los estudios marxistas, en términos académicos, tiene dimensiones incuestionables: para muchos, Marx es el verdadero padre de la economía política moderna.

Nacía entonces con Marx, uno de los vicios más arraigados de la interpretación de la política entre aquellos que habían proclamado que la religión era el opio de los pueblos: el dogma interpretativo; la superposición de creencias sobre conclusiones; el desembarco de convicciones religiosas sobre las ciencias sociales.

Aunque identificara con acierto el carácter asimétrico y anarquizado de la producción a gran escala del capitalismo y los perversos efectos del plusvalor, el marxismo nació con un sesgo unidimensional que trastornó por completo su desarrollo. El maridaje con el leninismo, que tuvo lugar unos 30 años después de la muerte de Marx, agravó sus dimensiones siniestras y su matriz revanchista. La causa de la pobreza terminó en manos de unos fanáticos que se sentían capaces de cometer cualquier barbaridad en nombre del proletariado.

Muerto Marx, el marxismo fue mutando para convertirse en una corriente sin discurso económico, únicamente especializada en denunciar aquello que no se debe hacer, complotada con oscuras fórmulas de dominación política y emparentada con la puerilidad interpretativa del populismo. El marxismo, una corriente de pensamiento conservadora, enemistada con la realidad,  trae consigo la burocratización de la economía y la enanización de la producción.  Ninguna sociedad marxista ha logrado consolidar relaciones laborales que sean al menos la mitad de provechosas que cualquier contrato obrero patronal de una sociedad abierta.

De manera muy particular, el marxismo y sus herederos políticos subestimaron la enorme elasticidad cultural y capacidad de adaptación de las sociedades liberales burguesas a las cuales tanto ridiculizaban y estigmatizaban, todas las cuales incorporaron en el siglo XX parte de las demandas obreras, y metabolizaron importantes aprendizajes en el marco de las libertades públicas y los derechos individuales que jamás ha comprendido la izquierda clásica. Occidente ha extraído lecciones de sus equivocaciones. La izquierda marxista, ni olvida, ni aprende, ni pide perdón.

Con el paso de las décadas el marxismo y todas sus corrientes tributarias en la izquierda se fueron convirtiendo en teorías insulares y completamente insuficientes y obsoletas para analizar la realidad. El halo de luz marxista sigue especialmente atractivo y toximo para sociedades subdesarrolladas dominadas por esquemas adolescentes.

 Buena parte de las profecías del marxismo, por no decir todas, quedaron sobrepasadas por los hechos, y convertidas en chatarra ideológica parte de sus premisas antieconómicas. Sepultados sus fundamentos por la digitalización y las redes sociales, la mecanización de la producción, el descubrimiento de energías alternativas y la conquista del espacio.

Campos del devenir humano moderno en el cual se gesta un interesante diagrama para conjugar con mayor acierto el eterno dilema del acceso a los recursos, las fórmulas de propiedad, las premisas individuales y los horizontes colectivos.

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