Destacado

El poder de la gente

EDITORIAL

Tomada de El Confidencial

Benigno Alarcón Deza

“No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos.”

(Vaclav Havel, 1 de enero de 1990)

Hace algunos días, amigos desde varias regiones del país comenzaron a llamarme y a escribirme para preguntarme por un artículo sobre Vaclav Havel que estaba corriendo por las redes sociales y que tenía mi firma. La duda venía porque el supuesto artículo les llegaba por WhatsApp, Telegram, Facebook y correos electrónicos, entre otros medios, pero cuando lo buscaban en nuestra revista del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno, www.PolitiKaUcab.net , no aparecía.

La realidad es que el artículo no aparecería porque no es un artículo reciente, sino un discurso que escribí para un acto de graduación en enero de 2017 y luego publiqué, como artículo de opinión en PolítiKaUCAB, unos días después. La realidad es que no tengo idea de cómo este discurso apareció nuevamente y comenzó a difundirse cuatro años y medio después, aunque sí creo comprender el porqué de su difusión hoy.

A finales de 2016, después de un año de euforia por haber derrotado al régimen en las parlamentarias de 2015, comprobamos que la salida política no estaba a la vuelta de la esquina, y   comenzábamos a vislumbrar los efectos de la destrucción de expectativas y la desesperanza. Los venezolanos empezamos a hablar del fin de la historia, de la imposibilidad de salir del gobierno, de la necesidad de aprender a cohabitar con éste, de emigrar del país o de acostumbrarse. Esta tendencia fue interrumpida, e incluso revertida, en 2017 por las protestas que levantaron las esperanzas de la gente durante unos cuatro meses, para caer en barrena tras la consulta y la derrota electoral de ese mismo año, para paralizarnos hasta que la llegada de Juan Guaidó a la presidencia de la Asamblea Nacional y su reconocimiento como presidente interino, por más de 50 países en enero de 2019, volvió a disparar las expectativas. Hoy, tras más de dos años sin que se haya logrado producir el anhelado cambio político, y año y medio desmovilizados por la pandemia, la desesperanza vuelve a crecer a los niveles de finales de 2017 y 2018, a lo que una proporción muy importante del país responde retomando sus planes de emigrar o resignándose y adaptándose para sobrevivir.

La realidad es que las palabras de Vaclav Havel, a quien quise rendir homenaje en aquel acto de graduación, están hoy más vigentes que hace cuatro años y, si seguimos por este camino, lo estarán mucho más en el futuro. Las palabra de Vaclav Havel además nos enseñan que, al contrario de lo que muchos insisten en hacernos creer, el caso de Venezuela no es inédito, más allá de lo que pueden serlo fenómenos sociales que siempre serán únicos, ni es peor que los que han vivido otros pueblos del mundo, y es menos cierto que estamos condenados a hacer de esto nuestro destino y, por lo tanto, debamos resignarnos a vivir en una realidad que solo nostros podemos cambiar.

Es, quizás, por la resonancia que este discurso, el de Vaclav Havel en 1990, que alguien tuvo la idea de “rodarlo” por las redes,  regalándome la oportunidad de reencontrarme con muchos amigos con quienes tenía tiempo sin conversar, después de año y medio con restricciones para acercarnos socialmente, y también una nueva oportunidad para reproducir, en el editorial de hoy, aquel discurso, y de reflexionar, nuevamente, a la luz de nuestra actual realidad, sobre las palabras de un hombre de la talla de Vaclav Havel.

Vaclav Havel, líder de la Revolución de Terciopelo, que significó la derrota del Partido Comunista de Checoslovaquia, asumió la presidencia que transformaría a su país en lo que es hoy la República Checa, con un discurso transmitido el 1 de enero de 1990, en el que lejos de ser complaciente con el pueblo que le eligió, hacía un duro reclamo y llamado a la conciencia moral de sus conciudadanos:

“Por miedo, la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad para centrarse sólo en la suya propia, como si su entorno no existiese. A callar o decir lo contrario a lo que se piensa por miedo. El miedo nos ha llevado a encerrarnos en nuestros asuntos y a ignorar las injusticias, las violaciones más flagrantes a nuestros derechos humanos, ciudadanos y políticos más elementales e incluso la desgracia del otro, para ver a quienes dedican su tiempo a la lucha por la justicia o la democracia como tontos, románticos”.

“Todos nos acostumbramos al régimen totalitario y lo aceptamos como un hecho irrevocable y, con ello, sustentábamos su existencia. En otras palabras: todos nosotros -aunque cada uno en distinta medida- somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima, sino que todos somos, al mismo tiempo, sus creadores. No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos”.

Hoy, el miedo y la lucha por la sobrevivencia nos ha venido hundiendo en una dinámica enfermiza e inmoral. Pero esto no es una situación extraña de la que es imposible salir, sino la enfermedad propia que contamina a las naciones cuando se debilita el sistema y su espíritu democrático, como lo evidencia este discurso en el que Vaclav Havel, que refiriéndose hace 31 años a un país que está al otro lado del mundo, bien podría estarle hablando a la Venezuela de hoy.

Esta dinámica inmoral y cínica solo nos lleva a un resultado: La resignación. 

La resignación, que no es más que esa especie de droga que nos adormece y paraliza como resultado de la desesperanza aprendida, y es reforzada por una narrativa que pretende ser la única verdad, creída o impuesta, pero la única verdad contra la cual no se puede hacer nada porque luchar contra ella puede tener consecuencias muy graves para quienes se atrevan a desafiar el paradigma impuesto, como si estuviéramos en una nueva etapa del oscurantismo. Así que es mejor bajar la cabeza resignados y simular que creemos que los problemas que vivimos son el resultado de las sanciones, de la conspiración de la oposición, o del mundo contra nosotros, y no de las malas decisiones que se imponen sin resistencia alguna en un sistema sin contrapesos institucionales que eviten su auto-destrucción. Acallar la conciencia, callar lo que pensamos, ignorar las injusticias, limitar nuestra existencia al rol miserable de pasar agachados y sobrevivir encerrándonos en nuestras propias vidas, es una forma de control social que elimina el último y más importante contrapeso en cualquier sistema democrático: la soberanía del pueblo, que no es más que EL PODER DE LA GENTE. Pero la realidad siempre corre más rápido que quienes prefieren ignorarla y tiene extrañas habilidades para alcanzarnos y arrollarnos. Mientras actuemos de esta forma, como decía Vaclav Havel, no seremos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentamos y mantenemos.

El camino de la democracia nunca ha sido fácil, los pueblos han tenido que pagar costos muy altos por su libertad. La democracia no es el resultado de lo que está escrito en una constitución. Una constitución por sí sola no es más que otro pedazo de papel. Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos. 

Los cambios se logran solo cuando las personas de a pie, las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país, y con conciencia de lo que es ser ciudadano, lo deciden, se involucran, y se comprometen en las acciones necesarias para lograrlo. Sin la participación de la gente decente, de los ciudadanos, nada puede cambiar, pero cuando lo deciden, nada los puede detener. En esto consiste EL PODER DE LA GENTE.

Esta es una cruzada en donde nos toca despertar las conciencias, alzar las esperanzas y conquistar el corazón de la gente para iniciar la construcción de un nuevo sistema democrático al servicio de TODOS. Esta es nuestra responsabilidad con la Venezuela en las que nos tocó vivir si queremos ver a los ojos, con orgullo, y no con vergüenza, a nuestras próximas generaciones.

Categorías:Destacado, Editorial

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