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El nuevo tablero tras la caída de Kabul

Tomada de Semana

Andrés Cañizález

@infocracia

La caída de Kabul en manos del grupo fundamentalista sunita Talibán nos coloca ante un nuevo tablero en la geopolítica. Más allá de que se cuestione la salida atropellada y caótica de las tropas de Estados Unidos de Afganistán, entre las cosas que simboliza este hecho, está la pérdida de influencia de Washington como actor de peso, durante el siglo XXI, en el conflicto del Medio Oriente y sus ramificaciones en Asia.

El presidente Joe Biden puso fin a la presencia militar, que se traducía en el soporte principal de un régimen -en teoría prodemocracia- en Afganistán. La crisis tras la caída de Kabul deja en evidencia, asimismo, la insignificancia que ha pasado a tener la Unión Europea y Gran Bretaña, en su conjunto, como referente de la geopolítica actual. Las naciones europeas no tienen capacidad de marcar un rumbo en lo que otrora, en siglos anteriores, fue una región que controló.

El rápido avance de las milicias talibanes, pese a que estaban en una condición numéricamente inferior y con armamento obsoleto, comparadas con las tropas formales afganas entrenadas y equipadas por Estados Unidos, se concretó en cuestión de semanas. Esto abrió una nueva dinámica en la ya conflictiva región.

Por ahora, en las primeras de cambio, las expresiones públicas de los actores que apuestan por llenar el vacío de la influencia estadounidense en la región, China y Rusia, han sido cautas, aunque ya le han dado reconocimiento al nuevo gobierno Talibán.

Afganistán puede ser o no un factor de equilibrio. Este país tiene fronteras terrestres con Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, y aunque muy pequeña, también tiene frontera con China. Aunque ahora los titulares sean los excesos del nuevo régimen afgano, en realidad estamos en presencia de un área muy significativa en términos de extensión geográfica, pero en su conjunto carente de libertades, donde los derechos humanos son violados de forma sistemática.

Por otro lado, el que los afganos tengan límites territoriales con exnaciones de la extinta Unión Soviética (Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán) coloca al país en la órbita de influencia de Moscú. La Rusia gobernada por Vladimir Putin ha tenido como política mantener bajo una suerte de protectorado ruso a muchas naciones exsoviéticas, en aras de incrementar su peso geopolítico.

Aunque en el siglo pasado los islamistas ortodoxos precursores de los talibanes se enfrentaron militarmente a los soviéticos, hoy rusos y talibanes tienen un punto de conexión, ya que ven en Estados Unidos a un adversario común. Durante los años 80, en tanto, Washington apoyó a aquellos islamistas porque se oponían a la invasión soviética de Afganistán. Eran, aún, los tiempos de la guerra fría.

China, por su parte, no sólo actúa en aras de consolidar su posición de potencia en el Asia, que paulatinamente Estados Unidos ha abandonado por la pérdida de influencia y diversos errores en su enfoque sobre el papel ruso y chino en esa región del mundo. Con los talibanes en el poder, a quienes se apuró en reconocer, China intenta tener algún grado de control sobre lo que en el fondo es el gran temor global, que Afganistán, como lo fue a fines de los 1990 -cuando también gobernaban los talibanes- sea una suerte de santuario para grupos islamistas radicales.

El gobierno de China, según la lectura de diversos analistas, teme que un Afganistán dispuesto a cobijar a fundamentalistas y terroristas, como lo hizo en el pasado, pueda convertirse en un refugio para extremistas de la etnia uigur, la minoría musulmana originaria de Xinjiang. China tiene una moneda de canje importante. Unos talibanes aislados de Occidente pueden tener con los chinos una tabla de salvación económica.

El ataque de Al Qaeda contra Estados Unidos, del que se cumplirán 20 años en pocos días, fue preparado en territorio afgano en una época en la que también otros grupos terroristas, con banderas de un islamismo radical, estaban afincados allí. Si bien Moscú y Beijing, han obtenido compromisos verbales de los talibanes de que no se repetirán esta política de cobijar a organizaciones terroristas, todavía es pronto para saberlo.

Aunque en este tiempo, Al Qaeda está bastante disminuido y fragmentado, existe no sólo temor de que pueda usar de nuevo territorio afgano para reagruparse, sino que terminen por agruparse allí las fuerzas irregulares del autodenominado Estado Islámico, que tiene sus operaciones entre Siria e Irak.

La caótica retirada estadounidense de Afganistán, por otro lado, posiblemente haga revisar una decisión de Biden, anunciada en el primer semestre de este 2021. Estados Unidos sacará nuevamente a tropas estadounidenses de combate de Irak. Según se anunció en abril, sólo permanecerá un contingente en labores de entrenamiento y asesoramiento del ejército iraquí para colaborar en la lucha contra el Estado Islámico.

Esto nos lleva a otro factor de riesgo, que es Irán. El país gobernado por fundamentalistas chiitas, justamente está territorialmente en medio de Irak y Afganistán. Aunque con notables diferentes en su concepción del islam (los talibanes son de la rama sunita y los iraníes principalmente chiitas), de nuevo puede privar un principio geopolítico dicho muy coloquialmente: los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

Las diferencias entre Irán y Afganistán pueden quedar en un segundo plano en aras de fortalecer una política común contra Estados Unidos. Esto está por verse, pero es una posibilidad.

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