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Afganistán y la Nueva Ruta de la Seda

Tomada del Orden Mundial

Andrés Cañizález-@inforcracia

Debo comenzar por confesar mi absoluto desconocimiento sobre el gigantesco proyecto geopolítico, comercial y cultural lanzado por China bajo el nombre de BRI (Belt and Road Initiative), que en español se ha dado a conocer como la nueva ruta de la seda.

Presentado en 2013, por primera vez tuve conocimiento sobre la magnitud de este plan chino hace un par de años leyendo un acercamiento al tema que escribió Dietmar Dirmoser, a quien conocí cuando fue el representante de la Fundación Friedrich Ebert en Caracas y dirigió la revista Nueva Sociedad.

La revisión que hizo Dietmar en un número de esta revista, en 2017, es en sí un llamado de alerta sobre el nuevo rol protagónico que va fraguando China, en lo que podría considerarse su área de influencia natural. La Nueva Ruta de la Seda, sin embargo, parece ir más allá, y esa era otra preocupación del sociólogo alemán, por la penetración de China -teniendo como pivote a este proyecto faraónico- en la vida de Europa.

La iniciativa consiste en el establecimiento de dos rutas combinadas, una de infraestructuras terrestres y otra marítima, que mejorarían las conexiones chinas tanto en el continente asiático como hacia el exterior, dándole más influencia económica y política a escala global. Así lo sintetiza muy bien el site Orden Mundial.

Lo que posiblemente sea uno de los planes más gigantescos es la puesta en marcha de una ruta ferroviaria entre la ciudad china de Yiwu y Madrid, de más de 13.000 kilómetros, siendo la más larga del mundo. China ha establecido bases militares en el Cuerno de África, gasoductos en Asia Central, inversiones diversas en infraestructura incluso a riesgo de que los préstamos no sean cancelados por los países receptores. La chequera de Beijing no parece tener límites.

Inicialmente el proyecto lo lanzó el entonces presidente chino Xi Jinping en 2013. En aquel momento se visualizó como una estrategia dirigida a fortalecer la presencia comercial china en los países vecinos, y muy claramente a fomentar una relación de dependencia financiera con el gigante asiático, desplazando a Estados Unidos y Europa como los principales socios en esa zona del mundo.

La llegada al poder de Xi Jinping, justamente en aquel año, y el empuje económico que ha tenido China, llevaron a darle una relevancia global a la Nueva Ruta de la Seda, a la que se han adherido un centenar de países. En 2017, como muestra de su poder, el Partido Comunista Chino no sólo incluyó el “pensamiento político del presidente Xi Jinping” como parte de la constitución, sino que también hizo parte de la carta magna a la nueva ruta de la seda.

Un proyecto estrella es el Corredor Económico China-Pakistán, que inicialmente no parecía contemplado. Una cuarta parte del intercambio comercial hoy de Pakistán se realiza con China, mientras que el intercambio con Estados Unidos, un tradicional aliado político y militar de Islamabad, apenas es superior al 5%.

En su conjunto, Asia requiere unos 1,7 billones de dólares en inversiones en infraestructuras durante esta década, hasta 2030, de acuerdo con estimaciones del Banco Asiático de Desarrollo. El dinero chino llega a esta región del mundo, plagada de regímenes autoritarios y violaciones diversas a los derechos humanos, sin hacer preguntas incómodas sobre estos tópicos.

Esto nos lleva al tema de Afganistán, que hemos venido revisando en varios artículos en este espacio. No es menor el vacío que deja Estados Unidos en ese país de Asia Central, con fronteras potencialmente explosivas por las actuaciones de dictaduras, grupos islámicos radicales, diferencias ancestrales entre poblaciones, etc.

Al contrario de Estados Unidos, que hizo inversiones gigantescas en Afganistán para instaurar una democracia, el rol de China será financiar al régimen Talibán en la lógica de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Gana influencia Beijing al ser uno de los pocos interlocutores que Kabul parece escuchar y simbólicamente ratifica el fracaso estadounidense sobre ese territorio

Unos talibanes aislados del financiamiento internacional pueden tener una sinergia comercial ventajosa con China, siempre y cuando ejecuten lo que viene siendo una demanda consistente de la diplomacia asiática: Afganistán no puede ceder, de nuevo, su territorio para la preparación y actuación de grupos terroristas, como se vivió con la consolidación de Al Qaeda y los ataques contra Estados Unidos en 2001.

La embajada de China, por ejemplo, ha sido una de las pocas que seguirá operando en Kabul, y los Talibanes han dado garantías de que protegerán inversiones y ciudadanos chinos en Afganistán.

Este país devastado por años de un conflicto armado crónico pasará a ser rápidamente incorporado a los planes de infraestructura en la nueva ruta de la seda. Acrecentar entre los Talibanes una dependencia económica y comercial de China le permitirá a este país ser una suerte de interlocutor entre Afganistán y el mundo.

A fines de agosto se produjo una declaración del Ministerio de Comercio de China, no de la Cancillería y esto no es secundario, asegurando que su país apoyará la reconstrucción pacífica de Afganistán, tras la toma del poder por parte de los talibanes. Allí está la clave del tiempo por venir en la nueva lógica que envuelve a China: apalancarse en comercio e inversiones, ser una potencia internacional relevante y ocupar el vacío que deja el repliegue de Estados Unidos.

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