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¿Cómo piensa el venezolano hoy?

Tomada de El Nacional

Benigno Alarcón Deza

El Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello acaba de concluir un estudio cualitativo que consistió en una serie de grupos focales entre electores que se autodefinen como opositores no afiliados con ningún partido o liderazgo e independientes, organizados en dos grupos de jóvenes (18 a 29 años) y adultos (30 a 55 años de edad), que en nuestras propias mediciones constituyen más de la mitad del electorado. El estudio del que hoy presentamos algunas de sus principales conclusiones, constituirá la base para nuestras próximas encuestas, pero veamos qué información nos adelanta la conversación con estos grupos que integran la gran mayoría del país, independientemente de las interpretaciones que actores políticos de gobierno y oposición tratarán de hacer de los resultados electorales del próximo 21 de noviembre

Si bien la campaña electoral ha ido tomando ritmo, se observan pocos cambios en cuanto a la posible participación de la población en este proceso. Recientemente, la firma Oswaldo Ramírez Consultores (ORC) dio a conocer sus números, que coinciden, en buena medida, con los del estudio del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno (CEPyG) de la UCAB del pasado mes de julio, lo que, de mantenerse así, revelaría que ha habido escasas modificaciones en la actitud de la gran mayoría hacia el proceso electoral del 21 de noviembre. Según ORC, la participación en esta oportunidad estaría por el orden de 44%.

Llama la atención que, según ORC, el nivel de confianza en el Consejo Nacional Electoral (CNE) se mantiene muy bajo. Como ha sido tradicional desde hace años, 80% del oficialismo confía en este organismo en contraste con sólo un 23% entre los opositores. Eso sigue igual, a pesar de la incorporación de dos rectores que se identifican con la oposición en su junta directiva y de algunos otros cambios que se han hecho para intentar incentivar la participación de la población.

Asimismo, la llegada de la Misión de Observación Electoral por parte de la Unión Europea no pareciera haber tenido, hasta ahora, ningún impacto en la intención de voto, lo que probablemente tiene menos que ver con los señalamientos que se han hecho sobre la propia misión, y más con los conflictos que existen entre la dirigencia opositora y los partidos políticos.

La realidad es que, aunque las cifras de participación en una elección son muy volátiles y por lo tanto difíciles de predecir, y no contamos con cifras propias, si es importante reconocer que mientras las elecciones regionales y municipales suelen contar con una participación en torno al 60%, la mayoría de los estudios de campo confiables coinciden en una tendencia inercial a la abstención, que se mantiene desde 2017, y que puede estar por el orden de ese 60%,  que en otros momentos ha sido el nivel de participación.

Las preocupaciones y aspiraciones de la gente

Uno de los asuntos abordados en las sesiones consistió en conocer cómo los participantes ven a Venezuela, en qué país quieren vivir. Hay un estigma que atormenta al venezolano hoy en día: el hecho de que no se puede vivir con el sueldo producto del trabajo. Entre todas las cosas que se aspiran, esta es una de las principales: tener poder adquisitivo. Quieren tener la capacidad de mantenerse con un salario, quieren que les alcance no solo para comer (que es la realidad actual), sino para tener una vida normal, cubrir las necesidades cotidianas, como vestir, comprar útiles y uniformes para los niños, reparar un electrodoméstico dañado, pasear un fin de semana, vacacionar en agosto: “darse un gustico”.

Muchos están conscientes de que para llegar a esa Venezuela que desean es fundamental que cambie la manera de pensar que el venezolano ha adquirido en estos años: que todo se lo tienen que dar. Dicen que la gente se ha vuelto dependiente del Gobierno, que muchos son cómodos y no trabajan, sino que esperan a que les lleguen los bonos y las bolsas. Que han olvidado que las cosas hay que trabajarlas. “No se puede llegar a un mejor país si la gente piensa así”.

Hubo mucha insistencia en torno a la idea de volver a la vida normal. Añoran que Venezuela sea como antes, como en los 80’s y 90’s. De forma unánime opinan que la Venezuela de antes era mejor. Dicen que el país era más productivo y la gente tenía mejores oportunidades de empleos con sueldos que le alcanzaban para vivir y mantener a su familia. Que se podía adquirir vivienda y carro. Podían escoger entre marcas en los automercados. Viajaban en vacaciones. Se daban gustos. Y hasta alcanzaba para ahorrar. Además, los servicios públicos funcionaban mejor, así como el seguro social, los liceos y los hospitales. Varios participantes afirmaron que inclusive a principios del gobierno de Chávez se vivía bien; que el dinero rendía, se podía estudiar, arreglar la casa y vacacionar.

El cambio y cómo lograrlo

Algo que quedó muy claro en estas sesiones fue que la gente quiere cambio. Esa fue la palabra más mencionada por quienes formaron parte del estudio. La mayoría opina que, para llegar a la Venezuela que quieren, tiene que salir el Gobierno, aunque en general no tienen un relato de cómo se podría salir de esta situación. Pareciera que se ha perdido la esperanza en todas las fórmulas que se han planteado.

Sin embargo, la mayoría sigue insistiendo en que sí se puede lograr. Y si bien la gente insiste en que hay esperanza, la realidad observada es que ha perdido fuerza la forma cómo lo manifiestan, en comparación con estudios de este tipo en años recientes. Aunque en las últimas encuestas realizadas sobre este tema por diferentes empresas, siempre la variable esperanza sale con un alto puntaje, pudiera darse el caso más bien de que se trate de una respuesta normativa; es decir, la gente responde así porque piensa que es lo correcto, porque “la esperanza es lo último que se pierde”.

Cuando la pregunta es: ¿qué cree que puede hacer usted en la política?, la respuesta mayoritaria es votar y protestar, apoyar a quien presenta una propuesta de cambio. Para otros, tratar de resistir para que la gente no se rinda, para que no se acostumbren a esto y que estén listos para ayudar por si acaso surge algo.

Muchos eligen la vía electoral como camino a esa Venezuela deseada. Esto tiene que ver con que esa vía es pacífica y la gente ya no quiere violencia. Pero muchos otros no están convencidos de que sea factible, pero la desean. Lo que hace dudar del voto son varias razones: que no hay por quién votar, no ven en este momento a alguien que cumpla con los requisitos para seguirlo, además de que no hay confianza en la oposición, que está dividida y no tiene un líder único; no hay confianza en el CNE pues saben que es del Gobierno; la gente está desanimada y no confía en salir a votar; y la duda de que el Gobierno acepte resultados que le sean adversos.

Junto a la salida electoral aparece la protesta. Los que piensan que manifestando se puede lograr algo, ponen la condición de que tendríamos que salir todos, en todo el país. También dicen que se necesitaría organización, y no ven que la oposición pueda hacer eso, porque muchos opinan que manejó mal las manifestaciones anteriores. Muchos hablaron de que se estuvo a punto de lograr. “Nos quedamos en la puerta, pero entonces nos abandonaron y nos dejaron como carne de cañón, los políticos se perdieron, llamaron a enfriar la calle”.

En cuanto a la intervención internacional, la mayoría de los que la mencionan se refieren a asesoramiento, presión, observación, vigilancia, control. La razón por la que creen en la necesidad de que la comunidad internacional se involucre es porque no les parece que alguien en el país tenga poder para cumplir con ese rol, ya que piensan que de la frontera hacia adentro todo el que tiene poder está con el Gobierno, o se ha vendido a él. Dicen que esa es una salida, pero no tienen mucha esperanza al respecto. Además, saben que en ocasiones anteriores han venido “observadores internacionales” que están a favor del Gobierno, lo que implica que la población en general no reconoce la diferencia entre acompañantes y observadores, y existe escepticismo y desconfianza hacia estos procesos.

Las dos Venezuelas

Otro tema que se trabajó con los grupos focales fue el orgullo de ser venezolano. Los participantes afirman sentirse orgullosos, unos con más efusividad que otros. Opinan que el venezolano es resistente y echado para adelante, y que pese a la situación no se ha dejado en el abandono. Les agrada “que seamos optimistas y que, pese a las adversidades, siempre tenemos una sonrisa. Que aun cuando estemos en esta crisis, siempre nos ayudamos, y que somos familiares, respetuosos, amigables, y tenemos calor humano”.

Lo que principalmente no les enorgullece se enfoca en tres aspectos: el gobierno que ha llevado al país al atraso, la gente que sale al exterior a delinquir y pedir, y los que no trabajan, sino que dependen de los bonos y las bolsas que les da el gobierno.

Se observa, entonces, que hay dos polos: una Venezuela mala, corrupta, detestable y otra distinta, donde destaca el hecho de ser alegres, independientes, activos, empáticos, solidarios, que buscan echar para adelante. Están la Venezuela que da vergüenza y la amable. Fue muy marcado el hecho de que, para la mayoría, lo malo de ser venezolano fue generado por el gobierno.

Esperando la profecía del líder

En las expresiones de la gente sobre lo que pueden hacer destaca el locus de control externo, un alto nivel de desempoderamiento de los ciudadanos. Los participantes no sienten que puedan influir a gran escala en el país. No creen que tengan ese poder. Piensan que esa posibilidad pertenece a la gente con poder político o económico. Así que se limitan a hablar de su influencia en el entorno inmediato: básicamente, familia y vecinos. Se centran más que todo en la palabra, el consejo, la transmisión de información. Dicen que pueden conversar con la gente que aún apoya al gobierno para hacerles entender que no funciona. Motivarlos para que no se resignen. Que pueden estimular a los jóvenes para que participen en el país, se formen y no se conviertan en dependientes del gobierno. Que pueden organizar charlas para animar a la gente y sacarla del sopor en el que se encuentran, para que se activen y vayan a votar. “Influiría arrastrando a la gente a votar”.

La dictadura de los Consejos Comunales

Consideran que para participar en estas actividades existe una barrera importante: los consejos comunales que ponen trabas, molestan, fastidian, no quieren que la gente haga cosas. Los voceros y líderes de calle limitan a la gente. Entonces, sí pareciera que la gente siente que quiere ser autónoma y la necesidad de organizarse para cosas propias de su comunidad. Pero cuando se les lleva al terreno de la política, lo ven más distante: “Ahí no tengo mucho qué hacer”. La poca organización que se pueda dar surge en torno a lo cotidiano: protestar para exigir el servicio de bombonas de gas, el agua, reparación de huecos en la calle o inseguridad.

Pero insisten en que la gente no hace más cosas por miedo a echarse de enemigo al Consejo Comunal y que les vayan a quitar los beneficios. Afirman que no les permiten hacer nada si no es a través de ellos. Se sienten limitados, maniatados. Los voceros y líderes de calles son los pequeños dictadores de las comunidades. Y consideran que, en general, los consejos comunales no tienen impacto positivo en las comunidades.

Conclusiones y recomendaciones

A pocas semanas de realizarse las elecciones regionales y municipales, los ánimos de participación no parecen estar presentes entre los votantes, sobre todo en aquellos sitos donde no hay unidad. La dirigencia opositora, hasta ahora muy concentrada en sus propios conflictos, está llamada a analizar los errores estratégicos acumulados, para plantearse un nuevo rumbo.

Y para ello se hace indispensable que conozca, comprenda y analice las percepciones y sentimientos de la gente, frustrada, con esperanzas limitadas y con pérdida de orgullo, pero con la aspiración firme de vivir en un país normal con el cual se sientan identificados. Para ello reclaman unidad y liderazgo, el cual podría incluso provenir de filas no necesariamente partidistas.

La meta de vivir normal aparece como una fuerza muy grande, sobre todo porque la gente reconoce que el chavismo le quitó al venezolano la posibilidad de tener esa vida que aspira y por eso ansía un cambio. Y afianzar el orgullo por Venezuela y su gente, puede ser uno de los pasos estratégicos que pueda construirse desde la participación ciudadana, con un liderazgo que asuma este reto. Los venezolanos sienten que han intentado todo y al final resulta que no hay quien lidere el proceso.

En síntesis, es importante destacar que luego de los intentos fracasados por lograr un cambio en la vida pública, la gente prefiere encerrase en su entorno más íntimo, en la vida privada,  en lo más cercano, en su casa, en su familia, en su comunidad; pero ese ámbito privado se opone a lo público que es el de lo político, que es donde está el desafío. Eso es congruente con la necesidad de la emergencia de un líder.  Las esperanzas en la vida pública se circunscriben a una posibilidad que depende muy poco de lo que una ciudadanía desempoderada puede hacer.

Paradójicamente, también es importante observar la revalorización de lo privado, ante un sistema estatista y colectivista que lo ha decepcionado. Podría visualizarse como el rescate del esfuerzo personal por progresar. Una esperanza puesta en esfuerzo individual de la gente.

Adicionalmente hay una realidad muy palpable de lo que está pasando y es el contraste entre una Venezuela que fue, que se añora y otra que es la que existe en este momento.  Polarizaciones temáticas sucesivas que se están dando en un ámbito público donde la gente se atreve a pisar con base en la poca esperanza y al orgullo por su gentilicio, que, a pesar de verse debilitado, aún queda.

Es el momento de definir estrategias que incluyan narrativas asociadas al sentir y a las aspiraciones de los venezolanos. Comprenderlo es indispensable como reto, para la dirigencia actual, para la sociedad civil y para el liderazgo, el que existe y el que pueda emerger. El próximo 21 de noviembre se han convocado elecciones para elegir los liderazgos locales y regionales, pero es justo aquí donde se requiere una narrativa que invite a reflexionar, para ejercer la libertad con la responsabilidad que ella exige y preguntarse ¿cuáles son los objetivos por los que luchamos?, ¿cómo podemos contribuir desde nuestro espacio de actuación para lograrlos?, ¿cuál es la posibilidad real de contribuir a la recuperación de la democracia?

Los líderes tienen la responsabilidad ineludible de fortalecer las bases morales de la sociedad y usar estos preceptos como fuente de inspiración para sus seguidores. Partiendo de estos supuestos, un político debe privilegiar, en el campo de su actuación, los intereses del colectivo y sin dudar, declinar sus intereses personales por el beneficio de la sociedad a la cual se debe.  El rol de los políticos en una democracia no es solo el de participar en los procesos electorales para acceder al gobierno, sino el de actuar en el marco de los principios y valores que propugna la democracia, considerando que son vehículos para canalizar las demandas de la sociedad.

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