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La Democracia y sus dimensiones                      

Tomada de Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica

José Castrillo

La democracia es un régimen de gobierno que, como toda obra humana, no es perfecto, pero ha demostrado ser el menos malo de todos los regímenes políticos ensayados hasta hoy, en la historia del desarrollo político de la humanidad.

Un régimen democrático cuenta con un conjunto de normas, reglas y procedimientos para tomar decisiones de interés colectivo, sin que ello signifique dañar derechos legítimos de sectores  y actores políticos, sociales y económicos que están presentes en la sociedad.

La democracia, dada la creciente complejidad de las sociedades actuales, es el régimen político  que más se adecúa a dicha complejidad, entendiendo por tal, el entramado de intereses económicos, políticos y sociales que hacen de las sociedades estructuras no monolíticas, sino policéntricas y plurales. En un régimen democrático, el centro de decisión política actúa para “imponer” su decisión, considerando la pluralidad y complejidad sociopolítica, usando las herramientas de la política como el diálogo, la negociación, el consenso y el acuerdo, luego de diferencias, críticas, rechazos, y de vez en cuando unos golpes y sillas voladoras.

 La decisión política, en democracia,  es más lenta en términos de proceso, porque busca un consenso mínimo o máximo para imponerla y luego explicar su efecto a los fines del interés colectivo. Algunos no podrán estar de acuerdo, pero sus derechos no serán mancillados por ello, porque ese proceso de decisión procura la agregación de intereses sin menoscabo de los ya preexistentes de los actores que componen a dicha sociedad.

  El juego político en democracia, es un equilibrio dinámico entre las dos caras de la política: la competencia y la negociación.  Ello se traduce en que la democracia tiene dos dimensiones complementarias, la competencia entre los actores políticos y sociales que se enfrentan por el poder y los recursos, sin destruirse, y la negociación, a través de la cual las diferencias se acercan en coincidencia, luego de arduos procesos de diálogo y explicación, haciendo concesiones y luego tomando una decisión adecuada y consensuada.

  La competencia por el poder, por la asignación de recursos públicos, las elecciones para cargos públicos, son las caras de la confrontación no existencial entre los actores políticos, que se reconocen como legítimos. La negociación es la dimensión que permite la búsqueda de consensos que se requieren para que el sistema político tome decisiones, sin llegar a una crisis de gobernabilidad o amenaza del orden político.

  Todo régimen político democrático, en definitiva, tiene dos dimensiones: la competencia y la negociación. Ambas son las caras deseables del juego político en una república democrática. Habrá momentos  para competir y momentos para negociar.

  Hoy la creciente polarización y la desconfianza que desde hace años han ido ganando terreno en nuestros sistemas políticos, contribuyen a dificultar las posibilidades de competencia política con contención institucional y debilitan los procesos de negociación y acuerdos mínimos, necesarios para enfrentar los problemas y retos que han de acosar a nuestras sociedades.

  Hay que rescatar estas dos dimensiones del juego político en democracia para que ésta se mantenga  y adecúe en el tiempo. Los peligros que acechan requieren un gran esfuerzo por parte de los actores políticos fundamentales como son los líderes y partidos políticos, cuyo marco de actuación debe tener como principios fundamentales la responsabilidad, la prudencia, la tolerancia y la contención institucional, para evitar salidas o decisiones políticas que pueden agravar más las cosas: el odio, el miedo y la intolerancia que recorren al mundo, y alimentan la emergencia del populismo en todas sus vertiente ideológicas, amenazando la existencia de la democracia, como la menos mala de todas las formas políticas conocidas y ensayadas.

  En los últimos años hemos sido testigo de la llegada al poder de líderes populistas, cuyas ejecutorias políticas terminan por erosionar y autocratizar a los regímenes democráticos, porque éstos rechazan la competencia y la negociación, que son las dos dimensiones de todo gobierno democrático. 

   José Castrillo. Politólogo /Magister en Planificación del Desarrollo.                      

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