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Ucrania: Putin fundó un país y creó un héroe

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Trino Márquez

Vladimir Putin ha esgrimido varias razones para justificar la brutal invasión de sus tropas al territorio ucraniano. 

Una de esas razones es la defensa de la población rusa que habita la zona del Donbás, al oriente del país, supuestamente sometida a un genocidio sistemático por parte del Gobierno de Kiev. Los especialistas  en historia rusa y ucraniana han demostrado que, desde la disolución de la Unión Soviética en 1991, los pobladores de lengua  rusa y los ucranianos convivieron sin problemas hasta 2014, cuando Putin invadió la península de Crimea con el fin de mantener un dominio directo en el Mar Negro, y, además, promovió de forma intencional la creación de grupos separatistas prorrusos en el Donbás, con el propósito de dividir la nación ucraniana y crear un corredor en el este y sudeste, que le permitiera a Rusia acceder sin dificultades al Mar Negro. A partir de esa fecha, el gobierno de Ucrania inició un conflicto bélico con los secesionistas financiados por el Kremlin, que nada tuvo que ver con los pobladores rusos genuinos, quienes no se sentían ni amenazados ni resentidos con los ucranianos.

Quienes sí tenían suficientes motivos para detestar a los rusos eran los ucranianos. Este pueblo fue sometido por Stalin en los años treinta del siglo XX, a una de las peores hambrunas intencionales que se conozcan en la historia de la humanidad: el holodomor, que significa literalmente ‘matar de hambre’. El número de víctimas de este genocidio nunca ha siso precisado, pero los cálculos más conservadores sitúan el número de muertes en varios millones de personas. Putin invirtió la historia.

Otra de las razones esgrimidas por el tirano ruso era que se proponía ‘desnazificar’ el territorio ucraniano, quitándole de encima a esa nación un gobierno despótico de naturaleza nazi. Este argumento es tan cínico como el anterior. En Ucrania, siempre sometida al acecho del Kremlin, se estableció luego de su independencia de la URSS, una democracia liberal que –en medio de marchas y contramarchas- ha ido perfeccionándose. En los treinta años de historia reciente ha tenido candidatos presidenciales prooccidentales que han sido envenenados, se han producido gigantescas manifestaciones y protestas populares por el desconocimiento de resultados electorales, la resistencia democrática ha sido ejemplar   para todo el planeta y por la casa de gobierno han pasado mandatarios de diferentes signos políticos e ideológicos. El actual presidente, Volodímir Zelenski –hombre vinculado al mundo del espectáculo-, fue electo en 2019 en unos comicios libres en los que participaron partidos y organizaciones de diferentes tendencias políticas. Es el sexto mandatario desde  1991.

Lo mismo no puede decirse de Vladimir Putin, quien ha impuesto un régimen tenebroso en Rusia. Desde su arribo al Kremlin hace más de veinte años, este hombre –formado en las filas del KGB- fue armando una maquinaria ensamblada para garantizar su permanencia vitalicia en el poder. En Rusia desaparecieron las elecciones libres, competitivas y supervisadas. Los partidos políticos fueron proscritos y los medios de comunicación independientes, amordazados. Después de su temeraria aventura Ucrania, el círculo de hierro alrededor de los medios independientes se ha cerrado aún más. Prohibió la información veraz y cualquier tipo de crítica pública a la política del gobierno. Putin impuso un Estado totalitario en Rusia. Él es el verdadero nazi en esta trama.

El otro argumento que ha levantado es que Ucrania es, siempre ha sido y será un territorio que histórica y culturalmente pertenece a la Madre Rusia. Si esta tesis tuvo algún viso de verdad, el mismo Putin se encargó de borrarlo. La saña con la que ha actuado su ejército, la crueldad de sus oficiales y soldados, el uso de criminales profesionales como el Grupo Wagner, la destrucción total de Mariúpoli, Bucha y numerosos  pequeños pueblos y ciudades, el asesinato de niños, ancianos, mujeres  y civiles a mansalva,  acabaron con las posibilidades de que exista reconciliación en el presente o en el futuro cercano de los ucranianos con los gobernantes rusos. Los ucranianos ahora están construyendo su propia épica. Su propia leyenda. Sus propios símbolos nacionales basados en el heroísmo de sus soldados, de sus oficiales, de su pueblo, y de ese dios del Olimpo en que se convirtió Zelenski. Mientras Putin representa la maldad, la crueldad y la barbarie autoritaria, Zelenski se ha convertido en el símbolo de la dignidad, el valor y la libertad.

Putin quería anexionarse a Ucrania y acabar con su identidad nacional.  Aniquilarla para que dejara de ser una nación autónoma. En cambio, lo que ha logrado es reafirmar la voluntad soberana de los ciudadanos de ese país. Pretendía acabar física y moralmente con Zelenski y, al contrario, lo convirtió en el héroe nacional. La figura que encarna el coraje y la decisión del pueblo a no dejarse aplastar por la bota de un megalómano que aspira a reeditar las antiguas  glorias del imperio zarista y del imperio soviético, ambos parientes cercanos del Tercer Reich.

Putin ha logrado todo lo contrario de lo que pretendía.

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