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“La única pista de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho”: El inventario de la resiliencia y la potencia ciudadana (I)

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Pedro González Caro

En su obra póstuma Idea de la historia (1946), el filósofo e historiador británico R. G. Collingwood legó a la teoría del conocimiento una sentencia que trasciende el ámbito académico para convertirse en una brújula de supervivencia social: la única pista de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho”. Para el autor, el valor del pasado no reside en la vana pretensión de predecir el futuro como si fuera una ciencia exacta, sino en un ejercicio mucho más profundo: el autoconocimiento. No existe otra forma de calibrar la verdadera escala de la condición humana, sus alcances y sus límites, que no sea observando el registro de sus acciones concretas. La historia, bajo esta luz, no es un cementerio de proyectos fallidos ni un libro de quejas; es el inventario científico de nuestras capacidades reales.

Al aplicar la máxima de Collingwood al retrovisor de la Venezuela de las últimas casi tres décadas, la frase adquiere una dimensión urgente y reveladora. Con demasiada frecuencia, el desgaste prolongado y la asfixia inducida por el entorno pretenden implantar en el cuerpo social una suerte de indefensión aprendida: la falsa creencia de que la sociedad civil es apática, de que el ciudadano común se ha rendido o de que la realidad actual es inamovible. Sin embargo, si la única pista de lo que somos capaces de hacer es lo que ya hemos hecho, el balance del tejido social venezolano en este largo ciclo no es de sumisión, sino de una colosal e histórica demostración de resiliencia y vanguardia ciudadana. Para saber de qué somos capaces los venezolanos de cara al futuro, no hay que mirar las promesas abstractas; hay que auditar con orgullo las hazañas que ya hemos consumado en el fuego de la adversidad más extrema.

¿Qué es, entonces, lo que el pueblo venezolano ha hecho? En primer lugar, ha desarrollado un asombroso laboratorio de supervivencia e inteligencia civil. Frente al abandono sistemático de las funciones más elementales del Estado y el colapso de los servicios esenciales, el ciudadano común no se disolvió en el caos. Al contrario, rediseñó su economía familiar, reinventó formas de sustento lícito y mantuvo a flote al país con ingenio y trabajo duro. Más allá del ámbito privado, la sociedad civil organizada asumió roles de vanguardia: se crearon redes vecinales de asistencia, ollas comunitarias, plataformas de monitoreo de derechos humanos y esquemas de gestión pública desde abajo donde la institucionalidad formal simplemente había dejado de existir. Eso no es mera adaptación pasiva; es una demostración flagrante de organización, disciplina y vocación democrática.

En segundo lugar, el ciudadano venezolano ha demostrado un coraje civil inquebrantable. A pesar de operar en un ecosistema de hostilidad extrema, caracterizado por la opacidad y la persecución de la disidencia, el país ha acudido masivamente a los centros de votación cada vez que ha vislumbrado una ventana de oportunidad, desafiando ventajismos y coacciones. Ha mantenido vivas y activas sus instituciones morales, las universidades autónomas, los gremios profesionales, las organizaciones civiles y las iglesias, convirtiéndolas en trincheras de dignidad y reservas del pensamiento libre. Lo que la sociedad civil ha ejecutado bajo condiciones de máxima restricción es la prueba fehaciente del tamaño de su musculatura política y además una clara evidencia de su decisión irrevocable de vivir en democracia y de su cultura política y ciudadana.

Este reconocimiento histórico es, al mismo tiempo, un imperativo ético de empatía. El proceso autocrático ha pretendido sistemáticamente atomizarnos, sembrar la desconfianza mutua y fracturar el tejido relacional, hasta tratar de cambiar la historia para que no recordemos quiénes somos y de dónde venimos. Redescubrir lo que «hemos hecho» colectivamente nos obliga a mirarnos con respeto y solidaridad interna: el vecino que ayuda, el médico que resiste en el hospital, el maestro que asiste a las aulas sin salario, el activista que documenta la verdad. Esa misma dignidad es la que hoy exhiben millones de venezolanos en la diáspora, quienes lejos de sus fronteras se han integrado como trabajadores calificados, honestos e inteligentes, enriqueciendo a otras culturas y demostrando a escala global de qué madera está hecho nuestro pueblo. Somos una sociedad que ha aprendido a cooperar y a ser empática con otros pueblos hermanos porque conocemos el peso del desarraigo y el valor del apoyo mutuo.

Por lo tanto, el futuro implícito en la frase de Collingwood, “lo que el hombre puede hacer” no es un misterio teñido de incertidumbre, sino una potencia real estrictamente condicionada por el aprendizaje acumulado. El sujeto político de la Venezuela de hoy, no es el mismo de hace veinte o diez años; es un cuerpo social curtido, despojado de ingenuidades y consciente de su propia fuerza. Si fuimos capaces de sostener los valores democráticos, la dignidad humana y las propuestas de gobernabilidad local en medio de una tormenta institucional de casi treinta años, ¿de qué no seremos capaces en tiempos de reconstrucción? En esta aciaga hora que vivimos tras el doble terremoto del 24 de junio, se ha puesto más que en evidencia qué es lo que podemos hacer.

La pista que nos deja el pasado reciente es clara: somos un pueblo inteligente, trabajador y sin temor a enfrentar la adversidad. Basados en lo que ya hemos hecho, el horizonte que nos espera no es la simple restauración del pasado, sino la edificación consciente de un país de progreso, desarrollo y oportunidades reales para todos. La materia prima para esa gran transformación nacional ya ha sido probada y aprobada; está grabada en la memoria viva de cada venezolano que se negó a quebrarse.

Es bajo esta misma convicción histórica que hoy nos corresponde asumir una narrativa ciudadana, comprometida firmemente con el rescate del porvenir. No se trata de un optimismo ingenuo ni de una retórica vacía, sino de la construcción colectiva de un mensaje de aliento y de esperanza que recorra el camino que va desde nuestro cerebro, como un ejercicio de lucidez, estrategia e inteligencia compartida, hasta el fondo de nuestro corazón, donde residen el coraje, la empatía y la reserva moral de nuestra venezolanidad.

Al comprender lo que ya fuimos capaces de hacer en las horas más oscuras, esta convicción debe convertirse en el motor que estimule la acción ciudadana organizada en cada comunidad, en cada gremio, en cada rincón del país. Es un llamado a movilizarnos con firmeza ante cualquier adversidad, no solo con el objetivo político de recuperar la libertad, sino con la visión trascendental de reconstruir la democracia como una auténtica forma de vida diaria, solidaria y permanente. La pista de lo que podemos hacer ya está trazada; nos corresponde a todos, unidos en una sola red civil y con paso firme, convertir esa potencia en la realidad de la Venezuela que viene.

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