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La lucha por la democracia

Tomada de El Quinto Poder

Andrés Caleca

La conquista del poder es el objetivo supremo de toda fuerza política seria. Habrá siempre en el camino quienes hagan política por otras razones: para medrar a la sombra del poder ejercido por otros, para sobrevivir y hasta enriquecerse económicamente, para utilizar la política como palanca de proyectos de otra naturaleza; pero la política y el político de verdad, tienen como norte de su actividad el control del poder sobre el Estado.

A partir de allí, los caminos se bifurcan. En estos años 20s, la dicotomía entre democracias y autoritarismos, se sobrepone a las distintas contradicciones, formas y modos de entender la política y al Estado. Es una lucha transversal que trasciende intereses de clase, viejas ideologías, visiones generacionales, de género y hasta dogmas de carácter religioso.

En Venezuela, esa lucha nunca cesó. Desde los albores de la república, la lucha de liberación nacional que significó la revolución independentista hispanoamericana, cuyo máximo ideólogo fue el Libertador Simón Bolívar, se transformó rápidamente en un esfuerzo por construir un régimen político republicano, liberal y democrático, como expresión de las aspiraciones de las grandes mayorías nacionales: los pardos exigiendo igualdad, los esclavos  su libertad, los criollos por la igualdad ante sus pares nacidos en la península. La Constitución de 1811, la primera de la República de Venezuela y también la primera de Iberoamérica, redactada por Juan Germán Roscio y Cristóbal Mendoza, sintetiza esa visión integradora y transformadora, más allá de la independencia, en su formidable Artículo 145: “Ningún individuo, ninguna familia, ninguna porción o reunión de ciudadanos, ninguna corporación particular, ningún pueblo, ciudad o partido, puede atribuirse la soberanía de la sociedad, que es imprescriptible, inajenable e indivisible en su esencia y origen…”.

Estalla la guerra de independencia inmediatamente después y adquiere la característica de una guerra de exterminio, llevándose por delante vidas, haciendas, instituciones y al experimento de república liberal y democrática proclamado. Desde las armas nace el fuero militar concedido a los vencedores y desde entonces el ideal democrático, el respeto al Estado de derecho, la igualdad de los hombres ante la ley, la separación de poderes, la alternancia en el gobierno, la libertad individual, política, económica, de prensa, “la soberanía de la sociedad” que proclamaba la Constitución fundacional, han estado en el centro y  razón de la lucha agónica de  más de dos siglos que los venezolanos más ilustres y dignos han librado contra gamonales, dictadores, caudillos y gobernantes autoritarios que han dominado casi en forma absoluta el poder en nuestro país.

Hoy, Venezuela languidece de nuevo bajo un gobierno autoritario, de características novedosas, sí, pero con los vicios, las arbitrariedades, los atropellos, la corrupción y el abuso de poder que han sido el signo de nuestra terrible historia. De manera que cuando analistas, politólogos, científicos sociales, periodistas y políticos alertan sobre el auge del autoritarismo en el mundo, del peligro que corre la democracia ante la arremetida feroz a la que está siendo sometida desde todos los flancos, los venezolanos sabemos exactamente de qué nos están hablando.

Cuando la periodista Anne Applebaum, en su excelente trabajo “El Ocaso de la Democracia”,  señala el peligro que supone el nuevo tipo de regímenes que amenazan a la sociedad en el siglo XXI e indica que “esta forma de dictadura blanda no requiere una violencia masiva para mantener el poder. Lejos de ello, opera apoyándose en un cuadro de élites que dirigen la burocracia, los medios de comunicación públicos, los tribunales y, en algunos lugares, las empresas de titularidad pública. Esos modernos clercs entienden muy bien su papel, que consiste en defender a los líderes por más deshonestas que sean sus declaraciones, por más extendida que sea la corrupción y por más desastroso que resulte su impacto en las instituciones y en la gente corriente. A cambio,  saben que serán recompensados y promocionados…”. Los venezolanos vemos una fotografía del régimen chavista, de sus distorsiones, sus “enchufados”, sus prácticas, sus vicios y su naturaleza. Porque eso es lo que es: un régimen autoritario, dictatorial y, además, con una profunda vocación totalitaria.

Pero sabemos también que esta no es sino una nueva fase de nuestra larga lucha por instaurar primero, defender en su momento y refundar hoy día, una república democrática sólida, perfectible, moderna y justa, como única garantía de superación del atraso y la destrucción de nuestro país.

En Venezuela, la lucha por la democracia se inspira, por supuesto, en el pensamiento universal, en la tradición de Occidente, en la experiencia de tantos países que la han vivido  y, además, es una lucha que forma parte de un contexto general y una crisis del nuevo siglo; pero es también y sobre todo, una lucha nacional, que se inicia con el propio nacimiento de la república independiente y que no ha cesado jamás.

Nosotros, la oposición democrática, somos los herederos de un acervo de gran trascendencia histórica que se nutre en las raíces de nuestra propia nacionalidad, de sus vivencias, de sus héroes y del ideario de sus mejores hijos. Por eso, nuestra lucha por la conquista del poder no puede ser algo circunstancial, un capricho, un desplazamiento de unos, ellos, por otros, nosotros. No. La nuestra es una lucha donde se conjugan todos los factores de la historia y la sociedad venezolanas y ante los cuales debemos rendir nuestro compromiso indeclinable de no fracasar una vez más.

Orientar a la nación, hacer pedagogía de la democracia, llevar el mensaje de la libertad, de la igualdad de todos ante la ley, de la elección libre y transparente de los gobernantes, del cambio de quienes no sirvan, de la soberanía de la sociedad, como lo pedían nuestros padres fundadores, debe estar en el centro del discurso político de la unidad nacional que deberá construirse para alcanzar la victoria.

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