
Sadio Garavini di Turno 21.10.26
Jacques Maritain, en su libro El Hombre y el Estado, nos decía que la democracia europea de los años ’30, “especialmente en aquellos países en que perturbaba y corrompía la propaganda fascista, racista o comunista, se hubiera convertido en una sociedad sin la menor idea de sí misma y sin fe en ella, sin ninguna fe común que le permitiera resistirse a la desintegración”.
La sociedad occidental actual se está pareciendo bastante a esos años de la “entreguerra”. En este tiempo, que se ha querido mal llamar “postmoderno”, decía Juan Nuño: “La metodología que sustenta a la postmodernidad se alimenta de un doble postulado: anarquismo valorativo y pérdida de la conciencia histórica…. El anarquismo valorativo lleva inevitablemente al nihilismo cultural: Todo vale lo mismo es la puerta abierta a terminar diciendo: Nada vale nada. El postmodernismo propicia la relativización cultural”.
Este exacerbado relativismo cultural de la civilización occidental la hace, por cierto, más vulnerable frente al desafío de los fundamentalismos. La sociedad occidental está impregnada por el materialismo, el relativismo, el egoísmo y un hedonismo promiscuo. El “homo sapiens” se está transformando aceleradamente en el “homo videns” de Giovanni Sartori, que lee poco y mal, ve muchas imágenes, pero maneja muy escasos conceptos. Una verdadera “videocracia” que se enriquece por la infinita (Einstein dixit) estupidez humana. Se trata de una sociedad caracterizada por el consumismo. Una cultura que identifica a la persona con lo que está en capacidad de procurarse para conseguir placer. El “wokismo” y la mal llamada “corrección política”, llevada a veces a niveles francamente ridículos, como identificar a la mujer como “ser menstruante” y utilizar el término “ser procreador”, para evitar la palabra madre. También los excesos grotescos de las fiestas del “orgullo gay”, con niños disfrazados de condones y el feminismo más extremista de las llamadas “feminazis”, han creado las condiciones para una reacción cultural conservadora nacionalista, que defiende la religión, los valores de la familia tradicional, y, en general, de la civilización cristiana occidental, frente al globalismo wokista.
Francis Fukuyama, en su reciente libro autobiográfico: “In the Realm of the Last Man”, recuerda que en su formación universitaria de los años ’70, eran obligatorios los cursos sobre la civilización occidental, empezando por los grandes filósofos de la antigüedad, como Platón y Aristóteles y después pensadores, como Macchiavelli, Locke, Hobbes y Rousseau. A partir de finales de los años ’80, se empezaron a excluir estos estudios de los currículos básicos. Platón y Aristóteles representaban los fundamentos de una blanca y eurocéntrica “patriarquía”. Se optó por unos currículos multiculturales, lo cual sería positivo si el objetivo fuese hacer conocer también las otras civilizaciones. Pero se llegó a extremos como poner en el mismo nivel optativo, la filosofía occidental con un curso sobre la variedad de las cocinas polinesias.
Cuánta razón tenía Benedicto XVI, cuando al abordar cómo la civilización occidental a menudo se mira a sí misma con dudas o rechazo hacia sus propios cimientos, expresó: «Occidente ya no se ama a sí mismo; en su historia ve sólo lo reprobable y lo destructivo, mientras que ya no es capaz de percibir lo que es grande y puro.» Y advertía que una sociedad que pierde la confianza en sus raíces se vuelve incapaz de valorar su propia identidad y queda desarmada ante los desafíos del futuro.
@sadiocaracas
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