Columnas archivadas

Ni lo uno ni lo otro: híbrido

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Por: Héctor Briceño / Jueves, 08 de mayo 2014

1. Dictadura, ditablanda, totalitarismo, fascismo, estado terrorista, autoritarismo, tiranía, autocracia, la lista de nombres para denominar el sistema político venezolano propuesto por los medios de comunicación y analistas políticos es interminable.

El objetivo es definir a la bestia, pues sólo una vez finalizado el diagnóstico y determinada la esencia de la enfermedad, es posible aplicar la medicina apropiada. Así, consenso en el diagnóstico tiene como consecuencia consenso sobre la vía de resolución, evitando la fragmentación y dispersión de los opositores al régimen en materia de estrategia. Al menos eso pareciera concluirse de todos los debates entre frentes radicales y moderados: “una dictadura no sale con votos”; “no es oposición, es resistencia” concluyen los más radicales cuyo diagnóstico define al régimen como dictadura, autocracia o tiranía, mientras los moderados, cuyo análisis resalta la existencia de algunos espacios democráticos insisten en la necesidad del “diálogo y la búsqueda de acuerdos sobre temas comunes” y “construcción de poderes imparciales”.

En resumen, el diagnóstico marca la ruta de navegación.

2. Entre la década de los 80 y 90 del siglo pasado, la humanidad vivió un fenómeno político sin precedentes: el derrocamiento y fin de varias decenas de dictaduras en todos los continentes del mundo. Así, para el proyecto Polity IV (que agrupa en un índice las distintas características de regímenes políticos), identifica para los años 70 cerca de 40 democracias y 90 autocracias o dictaduras en el mundo. En la actualidad, sobreviven sólo 20 dictaduras y el número de democracia aumentó a casi 100.

El politólogo Samuel Huntington le puso nombre al fenómeno, “Tercera ola de democratización”, en la que se asumía que se trataba de una relación suma cero: una dictadura menos era una democracia más y a la inversa. Sin embargo, pronto la línea divisoria en la dicotomía dictadura-democracia se ensancharía, tanto en términos cuantitativos (número de casos) como en cualitativos (características definitorias de las democracias y de las dictaduras).

Los regímenes híbridos (o anocracies según Polity IV) que se sitúan en la frontera entre dictadura y democracia serían en realidad, el gran fenómeno político oculto de finales del siglo XX. De ellos se concluye que el fin de la dictadura no implica el inicio de la democracia, y que la distancia que separa ambos regímenes políticos no se supera únicamente con la realización de elecciones.

Los regímenes híbridos no son sólo una categoría residual, un saco de gatos en el que se desechan todos aquellos que no caben en las dos grandes categorías. Los regímenes híbridos, son sistemas políticos nuevos que logran fusionar en su interior mecanismos democráticos y autoritarios. En este sentido, los espacios democráticos son controlados al tiempo que el autoritarismo se presenta como un espacio participativo, es decir, se legitima la represión y el control autoritario con mecanismos de democracia controlada, o al menos eso se intenta. Todo con el objetivo de aparentar una cosa que no es, pero sin la cual no se puede sobrevivir: legitimidad democrática.

Así, los regímenes híbridos realizan elecciones pero paralelamente desarrollan estrategias antidemocráticas que les permite garantizar un resultado electoral siempre positivo. Difundir dudas sobre el árbitro, promover la abstención de los contrarios, dividir las candidaturas opositoras, comprar o crear candidaturas ficticias, sembrar dudas sobre la veracidad de los resultados, un sistema electoral que favorece al gobierno en la elecciones parlamentarias, son parte del repertorio mediante el cual se controla el poder democratizador de las elecciones. Pero también sucede a la inversa. Convocar a grandes marchas que legitimen el uso de la violencia y la represión de las protestas opositoras, la apertura de espacios de diálogo controlado en los que los opositores pueden manifestar su descontento e incluso demandas pero sin repercusión o efecto real sobre las políticas públicas, al tiempo que legitiman las acciones de gobierno en otros ámbitos. Los regímenes híbridos son eclécticos, no conocen combinaciones imposibles: amenazas, insultos, armas, guerra y muerte conviven con llamados a la paz, tolerancia y pluralidad en la misma oración si eso sirve al régimen.

3. De esta doble condición emerge su fortaleza. Los regímenes híbridos tienen múltiples caras, múltiples campos de batalla desplegados de forma simultánea, aún cuando sean contradictorios entre sí. La democracia se usa para debilitar a la misma democracia; el control autoritario también. Mientras los opositores se desvelan en discusiones interminables sobre el verdadero carácter del régimen, pues la característica fundamental de estos es que no se puede decir absolutamente nada: no es posible afirmar que haya libertad de expresión, tampoco negar; no se puede afirmar que haya elecciones limpias, tampoco negar, etc. Hay dudas sobre todo, pero nada se puede demostrar. Los regímenes híbridos se mueven cómodamente en la zona gris.

4. De ello se deriva que la lucha frente a regímenes híbridos se desarrolla en múltiples planos y campos de batalla, mientras el abandono de cualquiera de ellos solo favorece al régimen. En este sentido, el debate “Calle vs. Elecciones” legitima al régimen, especialmente en aquellos espacios que la oposición deje desatendidos.

Un claro ejemplo de la lucha de múltiples actores en múltiples espacios políticos y su efectividad lo representa la reciente absolución del líder sindical Rubén González (http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=102062&tipo=COL&idcolum=157).

Así, la mayor fortaleza del régimen es también su mayor debilidad, pues al crear una fachada democrática se especializan en imitarla, pero jamás en practicarla. Profundizar la democracia, significa para estos sistemas políticos, su fin. Los regímenes híbridos desean mantenerse en su espacio, o mejor aún, verse justificados por los opositores, de migrar a un ejercicio autoritario del poder. Sin embargo, cada vez que son confrontados con más democracia (deliberativa, participativa, representativa) resultan ser muy débiles, pues muestran que tras la fachada que imita la democracia, solo queda su carácter autoritario.

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