Carta del Director

Transición autocrática

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Caracas, 15 de Abril de 2016

Desde la muerte de Chávez son muchos los que han venido afirmando que Venezuela ha iniciado un proceso de transición, por lo cual el cambio político es inevitable. Hoy sabemos que estamos, ciertamente, en una transición, pero una muy distinta a la que quienes hablan de cambios inevitables anuncian. Hoy nos encontramos en una transición negativa que amenaza con alejarnos del anhelado cambio hacía más democracia y nos lleva hacia un cierre autocrático de nuestro sistema político.

Venezuela, ya desde hace años, no se encuentra gobernada por una democracia imperfecta, como algunos académicos y políticos ingenuos o desactualizados han afirmado algunas veces, sino por un autoritarismo competitivo, que no es más que un régimen híbrido que consiste en la adaptación de una élite gobernante con vocación autoritaria a la necesidad de legitimación electoral que el mundo moderno les ha impuesto a partir de lo que se ha conocido como la tercera ola de democratización (Huntington), que terminó con varias dictaduras o autoritarismos cerrados clásicos, entre los que resaltan los hitos universalmente conocidos de la caída del muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (1991).

Cuando Chávez llega al poder en 1999, comprende, quizás por las orientaciones de su propio tutor, Fidel Castro, que reeditar un autoritarismo al estilo cubano no era ya posible, y Cuba era más bien una pieza de museo que se mantenía, a un muy alto costo económico y social, como muestra latinoamericana de la inviabilidad contemporánea de tales sistemas. Se opta entonces por un modelo híbrido que combinaba la vocación autoritaria del líder golpista con la legitimación electoral, exitosa durante catorce años gracias a su indiscutible carisma y a los ingresos extraordinarios de recursos que un barril de petróleo por encima de los cien dólares que permitieron la implementación de un sistema clientelar que terminó quebrando de manera absurda la economía de uno de los países con mayores ingresos per cápita de la región.

Venezuela llega así al punto de inflexión al que todo autoritarismo competitivo llega más tarde o más temprano, que no es más que aquel en el que se pierde el piso político y ya la relegitimación electoral no funciona como medio para mantener en el poder. En ese momento quienes ocupan el poder tienen que decidir entre la inevitabilidad de perderlo, si se mantienen dependiendo de la relegitimación electoral, o mantenerlo por otros medios.

Es en esta encrucijada, entre permitir o no el cambio político, en la que el país se encuentra hoy, y está claro que el gobierno nacional ha decidido no permitir que tal cambio político se produzca. Esta situación nos coloca en una transición, pero en una de otra especie, nos coloca en una transición autocrática.

Que la transición sea democrática o autocrática no depende exclusivamente de la voluntad de las partes, sino de la capacidad de cada una para imponer su estrategia y de la respuesta de la gente, porque las transiciones contemporáneas, a diferencia de lo que sucedía en los procesos de descolonización y de post guerra, ya no son decididos e impuestos por los líderes de una pequeña élite, sino que son el producto de importantes movimientos sociales nacionales.

Es en el contexto de estas condiciones que las posibilidades de un referéndum revocatorio, el aprobatorio de una enmienda constitucional, o de cualquier otro proceso que implique una medición electoral debe ser analizado.

Hoy sabemos, por las muchas mediciones disponibles, que de producirse un referéndum, o cualquier otro proceso electoral decisivo de la continuidad del gobierno, no existen posibilidades reales de mantenerse en el poder, lo cual les obliga, dados los altos costos que para éstos tendría su salida, a hacer todo lo posible para evitar que ello suceda.

En este sentido no debe extrañarnos ver al Consejo Nacional Electoral maniobrando operativa y reglamentariamente para evitar la posibilidad de que el referéndum, o cualquier otra medición inconveniente para el actual gobierno, se concrete. La consecuencia de esta situación es que, como las elecciones inconvenientes se pueden evitar por un tiempo, pero no eternamente –porque otras elecciones como las de gobernadores, alcaldes y presidenciales llegaran inevitablemente- la tendencia apunta hacia un deterioro progresivo, pero ahora más acelerado de las condiciones electorales, cual cancha de juego que se va inclinado en contra del equipo favorito para dificultar o hacer imposible su victoria.

Y aunque todo esto pueda sonar muy complejo, la inteligencia intuitiva de la gente comprende estas cosas mucho mejor de lo que la mayoría de nosotros tiende a imaginarse, tal como lo demuestra nuestra última encuesta nacional finalizada el pasado 20 de Marzo por nuestro Centro de Estudios Políticos en la cual encontramos que, mientras el 95.58% de los venezolanos afirma que el voto es el camino para lograr los cambios que el país necesita, seis de cada diez venezolanos, incluyendo a la mitad del oficialismo, continua confiando poco o nada en el Consejo Nacional Electoral y exigiendo a la Asamblea Nacional cambio inmediato de rectores y reglas electorales más justas y transparentes. Asimismo encontramos que la confianza hacia el árbitro electoral poco o nada tienen que ver con quien gana o pierde las elecciones. Es así como tras haberse producido un resultado electoral sorprendentemente favorable para la oposición el pasado 6 de diciembre, la confianza hacia el organismo electoral no ha variado significativamente en relación a los años 2014, cuando el 56% de los electores afirmaban no confiar en el CNE, o al 2015 cuando este porcentaje alcanzó el 63%.

Estos resultados nos obligan a concluir nuestro análisis de esta semana con una nota positiva, la mayoría de los venezolanos está consciente de cuales son los problemas, los cambios necesarios para superarlos, del camino menos costoso y más eficiente para lograrlo (el voto) y de los obstáculos que se interponen para lograrlo, entre ellos los relacionados con un sistema electoral poco transparente y equitativo que demanda atención inmediata.

Toca ahora a la oposición y a quienes apostamos por la gobernabilidad democrática tomar las decisiones acertadas y participar activamente para lograr que las instituciones cooperen en un proceso de transición positiva por la vía electoral, y evitar así que el intento irresponsable de algunos por mantenerse en el poder a cualquier costo, nos lleve a una confrontación absurda e innecesaria, pero inevitable si los caminos democráticos e institucionales continúan clausurándose.

Benigno Alarcón Deza

Director

Centro de Estudios Políticos

Universidad Católica Andrés Bello

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