Mesa de Análisis

Redescubrir la esencia de la libertad

Foto: Reuters / Andrés Martínez Casares

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Miguel Ángel Martínez Meucci –  14 de julio de 2017

En la sociedad totalitaria (…) todo tiende a impedir la autonomía del individuo, la posibilidad de ser la fuente de su propia conducta. La virtud mayor y mejor recompensada es la docilidad; el principio menos tolerado, la insumisión

Tzvetan Todorov

Se cumplen 100 días del actual ciclo de protestas al momento de escribir este artículo. Todavía el resultado de las mismas es incierto, aunque hay ciertos signos alentadores. Las muestras de coraje que ha dado el conjunto de la sociedad democrática han sido francamente impactantes. La comunidad internacional está más sensibilizada que nunca con respecto a la tragedia venezolana. Las fuerzas democráticas (entendiendo por tales a la sociedad movilizada, a los diversos sectores que la articulan y a los partidos políticos de la alternativa democrática) se aprestan a realizar un plebiscito el próximo 16 de julio, en franco rechazo a la “constituyente” de Maduro y a las instituciones manejadas por el régimen. Dependiendo de lo que suceda en dicha jornada, la presión democrática podría incrementarse sustancialmente en las próximas semanas. Por su parte, la Fiscal general se ha convertido en un incordio para el régimen, independientemente de las motivaciones que la hayan hecho aparentemente cambiar de postura, mientras que se ha podido alcanzar una mejora significativa en las condiciones de reclusión de Leopoldo López. Resulta impensable que nada de lo anterior hubiera podido tener lugar (y de hecho, no tuvo lugar) antes de que los venezolanos decidieran movilizarse como lo han hecho recientemente, a pesar de los enormes costos y sacrificios que ha entrañado esta movilización.

Ahora bien, destaca en medio de las protestas la actitud de los más jóvenes, de los menores de 30 años. Ha sido la generación que vivió su adolescencia y que alcanzó la mayoría de edad durante el régimen chavista la que, no única, pero sí básicamente se ha resuelto a enfrentarlo de modo abierto, sin ambages. El hecho merece todos los esfuerzos que podamos hacer para comprenderlo, y en principio son varios los elementos que cabe señalar para intentar explicarlo.

En primer lugar, es obvio que las actuales condiciones económicas e institucionales del país ponen en serio peligro la integridad de los venezolanos. La desesperación por la súbita caída de la calidad de vida, particularmente acusada durante el régimen de Maduro pero inexorable a raíz de los manejos del propio Chávez, ha llevado a la gente a reaccionar, sobre todo aquellos que vislumbran un futuro que en nada se parece al que pudieron disfrutar sus mayores. El cuadro general que venía presentando la realidad venezolana, tal como lo señalamos en múltiples oportunidades durante los últimos años, hacía prever con toda claridad la próxima llegada de una “tormenta perfecta” que finalmente se ha desencadenado. Las principales variables relacionadas con el estallido de violentas crisis políticas empeoraban sin parar y por ende era más que previsible que se llegaría a un punto de colapso.

En segundo lugar, cabe decir que lo anterior explica en cierta medida el estallido de la actual rebelión popular, pero no el particular protagonismo de los más jóvenes. En este sentido es preciso revisar la realidad concreta del caso venezolano. Tal como señalamos en un artículo anterior, en nuestra clase política democrática se percibe una diferencia general de actitudes entre las diversas generaciones. En los mayores ha predominado una cierta parsimonia a la hora de enfrentar al chavismo, la cual contrasta con las premuras demostradas por los más jóvenes. Por una parte esa parsimonia obedece a la loable aspiración de manejar la crisis de modo institucional, y en la medida de lo posible dentro de la tradición de acuerdos que marcó a la democracia venezolana nacida en Puntofijo. Por desgracia, la naturaleza del proyecto chavista, de vocación totalitaria, se ha caracterizado siempre por entender la política como conflicto, imposición y dominación, sin dar oportunidad a acuerdos que no sean los de la rendición o, a lo sumo, el apaciguamiento y la cohabitación. La incredulidad de muchos políticos veteranos ante el avance de un proyecto político que (contra la opinión de éstos) en muchos aspectos difiere de las dictaduras criollas del pasado caracterizó las reacciones de nuestra clase política desde la conspiración del MBR-200 hasta tiempos muy recientes.

Foto: Reuters /Carlos Garcia Rawlins

Esa incredulidad, esa incomodidad ante la idea de enfrentar un adversario con el que el entendimiento y el pacto se han hecho imposibles en reiteradas oportunidades, vino en muchas ocasiones acompañada de toda clase de racionalizaciones, cuyo resultado final terminaba siendo recurrente: pedirle a la ciudadanía que aguantara, que soportara, y en última circunstancia, que obedeciera. Mientras tanto, los tentáculos del régimen fueron copando toda la vida del Estado y la sociedad en Venezuela, hasta el punto de cambiar profundamente la configuración social de la nación. En mi opinión el país ya es otro, distinto al que conocimos, y una mejoría sustancial de sus condiciones necesariamente implicará más cambios necesarios que eventuales continuidades. Éste es un debate que hay que dar, pero sobre el que no nos extenderemos en esta ocasión.

Nos interesa señalar ahora, más bien, que quizás sea precisamente una cierta independencia de criterios por parte de muchos jóvenes con respecto a las interpretaciones manejadas habitualmente por los políticos más veteranos lo que les haya inducido a reaccionar de un modo distinto a ellos, una vez alcanzada la mayoría de edad. Esta reacción tiene, naturalmente, puntos fuertes como débiles: si por un lado probablemente se ha carecido de una visión capaz de institucionalizar el país, por otro lado también se ha caracterizado por materializar la irrupción de un espíritu nuevo de enorme valor. En la mente y en los corazones de los jóvenes que decidieron reaccionar hubo algo que les hizo decir “basta”. Un hastío de racionalizaciones, demoras, contradicciones y circunloquios. Un rechazo al sinsentido que impone la neolengua implementada por el régimen, fiel reproducción del doblepensar orwelliano. Una desesperación ante la petición de los mayores de diferir indefinidamente sus sueños, sus proyectos y sus vidas. Un malestar cada vez más insoportable por vivir una realidad en la que nada cuadra, nada tiene sentido y todo es absurdo; una realidad en la que el presente es un eterno suspenso y el futuro como emancipación no se vislumbra. Frente a los razonamientos de los teóricos y los expertos, de los versados y los experimentados, ha terminado por estallar la palabra y la acción desesperada y genuina de quien, sin contar con una vasta experiencia, sabe con certeza que está siendo lenta y sutilmente enjaulado, sin posibilidad de vivir la vida que sus mayores sí pudieron disfrutar.

Los discursos prácticos, los discursos estratégicos, los discursos prudentes e instrumentales, se han quedado en agua de borrajas ante las palabras y los actos de libertad. No es casualidad que la gente sienta que el régimen se desmorona; eso se siente y se presiente porque el telón de la ficción, ese que nos apartaba de la luz, está siendo horadado por cada acto y cada palabra de libertad que lo atraviesa como flecha. No se trata ya de uno, ni de dos, ni de tres, sino de millones de actos impulsados con rabia y convicción, con la certeza ineludible que da la lucha por la propia supervivencia y libertad. En contra de lo que muchos sostienen, quizás no ha sido la inteligencia, ni la cultura, ni la experiencia política lo que nos había faltado hasta ahora, sino la férrea y determinada voluntad de hablar cada uno desde su verdad, desde la verdad de su situación y de su desesperación. Han predominado hasta ahora los eufemismos, los encubrimientos y las tergiversaciones características de las neolenguas totalitarias, asiento de una juridicidad falaz en la que todo funciona al revés. Los testimonios de las personas que han vivido dinámicas como la que se ha tratado de implantar en Venezuela conocen bien la forma en la que operan estas realidades, tan desconocidas en nuestro país y precisamente por eso tan menospreciadas como poco previstas y atendidas.

Muy posiblemente haya sido esa incredulidad, esa inercia, ese pragmatismo, esa falta de reflejos lo que no sólo ha mantenido a tantos bajo el manto y la anestesia de la ficción totalitaria, sino también lo que le abrió las puertas desde un principio. La esperanza que hoy sentimos a pesar de tantas tragedias es en buena medida, por así decirlo, el resultado de la masiva reacción de nuestra juventud, de los que están menos formados (o deformados) por las prácticas y usos sociales. Han sido precisamente los más jóvenes quienes, ajenos a mitos, dogmas, hábitos y prejuicios, y al igual que el niño del cuento de Andersen, han tenido la espontaneidad de señalarnos que el rey está desnudo. Los mayores, los sabios, los que durante años se negaron a aceptar que el chavismo era mucho más que un mal gobierno, han terminado finalmente por aceptar que en esa movilización masiva y valiente, a despecho de todas sus falencias, radica la esperanza última de que Venezuela no se perderá para las próximas décadas.

Foto: EFE

La lección que nos deja la actual rebelión popular, más allá incluso de sus resultados finales (aún desconocidos), es el enorme poder que se genera cuando el lenguaje claro y sencillo vuelve a servir como referente de la realidad y la acompaña, cuando los actos son masivos, espontáneos y canalizadores del sentimiento popular, cuando las distintas generaciones deciden trabajar unidas en pos de un mismo objetivo, y cuando el pensamiento se ve obligado a abandonar la seguridad de lo conocido para explorar las acciones que verdaderamente cambian el juego impuesto por el régimen, superando así las racionalizaciones que el terror totalitario siembra en las mentes de los ciudadanos. Hoy tienen los venezolanos la firme convicción de que de esta enorme ficción se emerge, ante todo, clamando por la verdad; hoy se comprende mejor que nunca que del mandato injusto nos liberamos al desobedecerlo masivamente. La mejor noticia es que la gente, y sobre todo los jóvenes, están decididos a dar un golpe de timón al país, y eso, ese solo hecho, nos hace pensar que este régimen no tiene futuro estable, más allá de las atrocidades que pueda cometer para intentar perpetuarse. Nuevas posibilidades se perfilan en el horizonte.

 

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