Mesa de Análisis

Tender los brazos al otro para caminar juntos: reconstruir la confianza para desarrollar estrategias comunes

Foto: Prensa Digital

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Ysrrael Camero

Tres momentos previsibles encontraron a la sociedad venezolana con una dirigencia que parecía carecer de una estrategia política clara, que superara la cadena de acciones concretas que se habían tornado rutinarias, y, por ende, poco efectivas, y que proyectara una dirección política que redujera la incertidumbre y nos acercara a un efectivo cambio político pro-democracia.

El 16 de julio en la noche, Venezuela entera sabía el tamaño de la masiva participación en la consulta popular promovida por las fuerzas democráticas. Siete millones seiscientas mil voluntades eran un mensaje político contundente dado por los venezolanos al mundo entero. La larga espera por el resultado esa noche se vinculaba con las dificultades para generar una estrategia unitaria para administrar esa victoria.

El 30 de julio en la tarde, Venezuela entera conocía el tamaño del fraude impulsado por la nomenclatura chavista en su “elección” de una Asamblea Nacional Constituyente rechazada por las grandes mayorías nacionales, lo que se expresaba en centros electorales vacíos. El número anunciado por el CNE lo que hacía era desnudar las dimensiones del fraude. No había sorpresa. Tampoco había estrategia. Tanto radicales como moderados habían enfocado su acción política en detener la Constituyente (La Constituyente NO VA), los unos a través de la política de calle, los otros a través de las negociaciones. Ambas tácticas y líneas de acción derivaron en un fracaso y no había una respuesta política preparada.

Foto: EFE / Miguel Gutiérrez

La fecha de inscripción de las elecciones regionales estaba fijada. Luego del 30 saltó el momento del calendario como un resorte disonante pero estruendoso. Había que tomar una decisión rápida para un momento que estaba previsto. Y no se había construido una respuesta unificada.

Estamos hablando de momentos clave de una dirección política inteligente, que ha tenido la capacidad en otros momentos de construir estrategias unitarias efectivas, de salvar peligrosos obstáculos impuestos por el régimen autoritario, presentando un frente unido nacional e internacionalmente. La dirección política que condujo a la sociedad democrática venezolana a una victoria contundente en las elecciones parlamentarias de 2015.

¿Qué ha pasado en la toma de decisiones de la Mesa de Unidad Democrática? No voy a entretenerme, ni entretener al lector, en los detalles menudos de las decisiones, ni en los dimes y diretes vinculados. Me niego a hacerme eco de las acusaciones mutuas que siempre aparecen cuando las acciones fracasan. Prefiero adentrarme en un tema de fondo: el quiebre en la confianza interna entre los elementos de la coalición.

Hubo decisiones que pretendieron vaciar a la MUD de cualquier atribución para definir una estrategia política, limitándose a ser expresión de una estrategia electoral unitaria. La dirección estratégica quedaría entonces en manos de las direcciones nacionales de los partidos políticos miembros de la Mesa. Pero esto solo sería posible si existiera la voluntad política de coordinarse. Esta voluntad política de coordinarse se ha de sostener, primero, sobre la convicción de que la estrategia de cada partido solo es efectiva si cuenta con la colaboración de los otros; y segundo, si cada partido toma la decisión de confiar en el otro para hacer explícitas las estrategias para coordinarlas. Es posible que algunos de estos requisitos se hayan quebrantado, dejando a cada partido con una estrategia y a la MUD sin ninguna. ¿Por qué ha pasado esto? Busquemos comprender primero…

La corrosiva desconfianza

Hay una dinámica  macabra, una especie de círculo vicioso, con profundas implicaciones políticas, que va desde la pérdida de la confianza interpersonal, pasando por la incapacidad de articular y desarrollar una acción colectiva, que desemboca en la consolidación de un artefacto de control totalitario y autoritario sobre la sociedad.

Este fenómeno, este proceso, puede rastrearse en la instauración de los artefactos totalitarios en el siglo XX, y en diversas formas de consolidación de regímenes autoritarios hasta entrada la segunda década de nuestro siglo XXI. Esta licuación del tejido de redes sociales, del capital social, de las organizaciones de la sociedad, de sus emprendimientos colectivos, de sus iglesias, de sus partidos, sus movimientos, sus sindicatos, comunidades, clubes, hasta aislar a cada individuo en su drama personal, contribuye a instalar en cada uno la percepción de la propia impotencia, que es correlato necesario del poder omnipotente que aprisiona, encuadra, marca y determina.

Sin confianza no hay posibilidad de acción colectiva, el poder autoritario, y con vocación totalitaria, teme a la acción colectiva, y trabaja para disolverla, alimentando el miedo al otro, el aislamiento, la desconfianza, la cizaña, la hiperindividualización infructuosa. Esto opera a todos los niveles, desde la alta política hasta la vida comunitaria.

La violencia cotidiana es parte de este proceso de licuación. La actividad de la delincuencia, tolerada y aupada por el manto de impunidad selectiva del poder, siembra el miedo en la comunidad, llevando a cada quien a proteger su vida y la vida de sus afectos cercanos.

Sobre esto quiero que prestemos atención para tener un acercamiento al caso venezolano. Los autoritarismos se consolidan sobre una auto-percepción de impotencia sembrada, como un virus, en la conciencia colectiva de la sociedad sobre la que se impone el poder autoritario. El fenómeno totalitario durante el siglo XX se montó sobre “individuos aislados en masa” que se percibían a sí mismos como impotentes para torcer el rumbo de la realidad que los aplastaba.

Esta desconfianza insertada en la sociedad venezolana por el proyecto autoritario, que desprecia los acuerdos, que se burla de las palabras empeñadas, que apela al insulto fácil y al gesto soez para despreciar al otro, que empleó desde el inicio de su implantación el tono burlón para minimizar al diferente, para deshumanizar al adversario, para negar la legitimidad a su posición e intereses, ha desatado la desconfianza en la sociedad como signo de los tiempos presentes. Aquí nadie confía en nadie.

Recuperar la confianza: recordemos el futuro, el proyecto y el destino común

Una coalición solo es sostenible sobre la confianza entre sus partes. Ésta se construye a través del establecimiento de reglas claras, y del cumplimiento de estas reglas a lo largo del tiempo. Dichas reglas deben diseñarse de mutuo acuerdo de tal manera que todos tengan garantía de poder participar tanto en el diseño de la estrategia como en la ejecución de las acciones derivadas.

La Mesa de Unidad Democrática representó un avance importante sobre las prácticas de la Coordinadora Democrática y sobre los períodos de dispersión política previos. Se estructuró alrededor de reglas de juego claras, que implicaban la existencia de una Secretaría Ejecutiva. Hubo prácticas que fueron ajustando las reglas en el camino.

Foto: Panorama.

Evidentemente, el archipiélago de la oposición venezolana es diverso. El grueso de los sectores democráticos se fue aglutinando alrededor de la MUD porque estuvieron sus organizaciones dispuestas a superar sus legítimas diferencias para perseguir juntos un fin común, una salida democrática, pacífica, electoral y constitucional al régimen autoritario venezolano. Cuando decimos superar no quiere decir olvidar las diferencias –éstas siempre existen– sino dejar atrás, y disponerse a trabajar en conjunto. A las diferencias ideológicas hemos de incorporar diferencias en la lectura de la realidad venezolana –de diagnóstico, digamos– y diferencias en materias de consideración estratégica.

La reconstrucción de la confianza ha de pasar por discutir las diferencias de diagnóstico y de estrategia, porque éstas tienen ya una larga historia. No se ha reflexionado lo suficiente sobre los episodios del diálogo y revocatorio de 2003-2004, de la abstención de 2005, sobre las movilizaciones de 2014 y de 2016 y, ahora, sobre las movilizaciones de 2017. Estos procesos no conversados alimentan la desconfianza interna.

Otro elemento que ayuda a generar confianza es la capacidad para la autocrítica, así como la capacidad para entender lo que podemos aprender del otro. Hace unos años comentaba a un amigo que los radicales generalmente tienen una legítima indignación, buenas razones y principios, pero carecían de una estrategia efectiva, mientras que los moderados habían demostrado ser efectivos en su estrategia de acumulación de fuerzas expresadas electoralmente, y tenían una inmensa capacidad para sumar e integrar. De esta manera, los radicales debían aprender que los principios, los valores y la indignación no sustituyen a una estrategia, que los deseos no bastan y que la voluntad por sí sola no modifica la realidad.

Es una mentira monumental “que el bien siempre triunfa sobre el mal”, el voluntarismo choca irremediablemente con la realidad. Pero los moderados mucho debían aprender de épica, no todo en la política es pragmático, ni todo puede resolverse en una mesa de negociación. Es necesario presionar con dureza cuando te enfrentas a un régimen político liderado por criminales que están dispuestos a todo, y que no cumplen ninguna palabra empeñada. Los moderados han sido sorprendidos en su “buena fe” en demasiadas ocasiones en estos 18 años. Y con cada sorpresa se pierde credibilidad. Radicales y moderados, movilizadores y dialogantes, se necesitan mutuamente, porque la estrategia política de salida necesita de ambos elementos.

Unos y otros deben aprender que la lucha política contra la dictadura en Venezuela se está dando, en simultáneo, en varios tableros: el de la calle, con sus olas de movilización, con flujos y reflujos, en el terreno electoral, con sus hostiles condiciones, pero con un compromiso reiterado de millones de demócratas, dentro de las instituciones públicas –donde es más efectiva la expresión de la disidencia y más riesgosa–, en la esfera pública internacional con una claridad cada vez mayor sobre las dimensiones del autoritarismo venezolano, en la esfera pública interna –cada vez más censurada– en los espacios de negociación e interlocución política, y en la caja negra del tablero militar. Para jugar en estos siete tableros se necesita una sola estrategia política, con tácticas adecuadas para cada uno de los tableros. Y esa estrategia política unitaria tiene que ser decidida por la coalición, y ésta solo podrá definirse basándose en relaciones de confianza internas.

La desconfianza es inducida desde el poder, le interesa, la inocula, la cultiva, la diseña, incorpora cizaña en el ambiente, estimula los apetitosos microjuegos para que los actores se entretengan despedazándose entre sí, mientras pierden de vista el macrojuego.

Recordemos las palabras de Benjamín Franklin durante la lucha por la independencia de Estados Unidos: “Debemos mantenernos todos unidos, o lo más seguro, es que nos cuelguen por separado”. En la dinámica de la dictadura venezolana nadie se salvará solo, y quien se quiera salvar solo, se perderá. Estamos entrando en una etapa particularmente oscura, si queremos superarla, debemos permanecer juntos. Tienda su mano y confíe…

11 de agosto de 2017

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